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VIII PREGóN COFRADE DE LA SEMANA SANTA JOVEN, por D. Daniel Cuesta Gómez SJ

23 de febrero de 2013

Iglesia de San Benito

Una escalera se eleva hacia el cielo azul de Salamanca. Es esa escalera que todas las primaveras pide el cantar, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno. La escalera para subir a la Cruz. Una Cruz que está clavada en el Calvario salmantino del Patio Chico, escoltada por las de los dos ladrones, por una multitud de cofrades vestidos de azul y blanco y por tantos que no quieren perderse uno de los momentos más sobrecogedores de la Semana Santa salmantina.

Un cofrade asciende por la escalera para proceder al “desenclavo” previo al descendimiento. Con la retirada de los clavos de las manos de Jesús, sus brazos caen y su cuerpo es recogido por un sudario blanco, que contrasta con el color dorado de la piedra de Villamayor que sirve de telón de fondo a este acto. Poco a poco el cuerpo de Jesús comienza a descender de la Cruz ante la atenta mirada de los fieles, que no quieren perderse ni un detalle de este secular rito. El cuerpo de Cristo baja hacia el suelo. Allí le esperan su Madre, San Juan y la Magdalena, junto con un grupo de cofrades de la Vera Cruz que harán la labor que en su día hicieran José de Arimatea y Nicodemo. Las afiladas almenas de la Catedral Vieja, y las doradas cresterías de la Nueva son testigos mudos de tan emotivo momento, mientras las melodías de un coro devuelven la voz a los labios inertes de Cristo:

¡Pueblo mío! ¿Qué te he hecho?

¿En qué te he ofendido? ¡Respóndeme!

Yo te saqué de Egipto,

y por cuarenta años te guie por el desierto

Tú hiciste una Cruz para tu Salvador.

No, no se trata de una confusión de un no salmantino. -Bien sé que desde hace años el acto del Descendimiento se realiza en su histórico lugar: el Humilladero del Campo de San Francisco, frente a la Capilla de la Santa Vera Cruz-. Estas palabras son el recuerdo de mi primer acercamiento a la Semana Santa salmantina. Fue en el año 1996, por medio de un video que mi padre me regaló por sacar buenas notas en el colegio. Un video que vi una y otra vez con mis ojos de niño de nueve años, lejos de saber que algún día tendría el honor de pregonar la Semana Santa joven de la Ciudad del Tormes. Un video que hizo que aquella misma tarde convirtiera en articulados los brazos de uno de mis pasos de plastilina -esos pasos con los que tantos de los que estamos aquí hemos jugado en las largas tardes de Cuaresma-, para proceder así al Descendimiento con una escalera de “playmobil” y a la introducción del mismo en una pequeña caja de cristal, que hacía las veces de sepulcro.

Entre aquellas vivencias de niño y esta noche de San Benito han pasado muchos años, y se ha ido construyendo la imagen de lo que hoy es para mí la Semana Santa de Salamanca. Una imagen que trataré de reconstruir esta noche, haciendo un recorrido por los años y revelando -como si de una película fotográfica se tratara-, el caudal de sentimientos, vivencias, impresiones y sobre todo de fe que supone para mí la Semana Santa salmantina.

Porque en esta noche no he venido a hablar de costales, ni de andas (tampoco como segoviano hablaré de ruedas), sino que voy a hablar del drama de un hombre traicionado, abofeteado, azotado, despojado de sus vestiduras, crucificado, muerto y resucitado. Hablaré de Jesús de Nazaret, a quien a mí me han acercado las procesiones con sus imágenes, símbolos, músicas, inciensos y capirotes. Pues para mí la Semana Santa ha sido esa luz en la noche de la duda y la oscuridad de la fe. Ya que en sus procesiones he sentido que merecía la pena seguir caminando detrás de Cristo con la Cruz a cuestas, de su Madre la Soledad al Pie de la Cruz y de su cuerpo Yacente, camino del sepulcro. Y ese camino de seguimiento es el que hizo que dejara las calles de Segovia y recorriera las de Salamanca detrás de su imagen. Y el que hace que hoy pueda estar aquí pregonando su Semana Santa; la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo con el acento que pone en ella el color dorado de la piedra de Villamayor.

Pero, ilustrísimas autoridades civiles y eclesiásticas, Junta de Cofradías de la Semana Santa de Salamanca, Junta de Gobierno de la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de vestiduras y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, cofrades y hermanos todos, es momento de abandonar los preámbulos y comenzar a hablar de mi experiencia directa de la Pasión salmantina. Lejos estaba yo en aquel Jueves Santo de 2007 de desear conocer esta Semana Santa a la que después he llegado a querer como si fuera la mía. Era el año en el que había sentido con fuerza la llamada de Jesús “deja todo y sígueme” en la Compañía de Jesús. Y dejarlo todo, aquella Semana Santa implicaba acudir a un retiro a Salamanca junto al resto de los prenovicios y por tanto, perderme la primera salida a hombros del Santo Cristo de la Paciencia, por la que la Junta de Semana Santa de la parroquia de San Andrés llevábamos luchando durante casi dos años. Prácticamente a la misma hora a la que Cristo salía a las calles de Segovia, salíamos nosotros de la que ahora es mi casa de Salamanca, dispuestos a buscar procesiones por la ciudad histórica, después de haber orado y celebrado el Lavatorio de los pies y la Última Cena de Jesús.

En la Plaza del Corrillo nos encontramos con la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Agonía, que con paso rápido y sus imágenes envueltas en plásticos intentaba protegerse de la lluvia en su retorno a la iglesia de las Úrsulas. Delante de nosotros se paró el paso del Prendimiento, y el plástico no impidió que viera en la cara de Jesús una mirada de paciencia. En el gesto de Pedro la rebeldía y la rabia que no podían contenerse ante la traición del amigo, que narra el Evangelio y que este paso traduce al lenguaje del pueblo, al igual que hace nuestro romancero castellano:

Judas entra con su gente

Y el Señor con gran paciencia

Díjoles ¿a quién buscáis?

Ellos dieron por respuesta:

¡A Jesús el nazareno,

Buscamos con diligencia!

Al decir Jesús “Yo soy”

Todos cayeron a tierra.

Más luego se levantaron,

Porque Dios les dio licencia,

Entró Judas el traidor

En su santo rostro besa,

Le dio una gran bofetada

Y a casa de Anás le lleva.

Y pregonando en madera esa “Pasión según el pueblo” que es la Semana Santa, el paso del Prendimiento se puso en pie y continuó su marcha penitencial por el Corrillo. Precedido por el instante que narra la conversación de Jesús con Pilato y seguido por el Cristo moreno de la Agonía y la Virgen Dolorosa, reina y madre de las Úrsulas.

Poco después nos encontraríamos con la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz. Sus hábitos monacales y sus pasos estaban detenidos en la Puerta de Ramos, después de haber hecho su estación en la Catedral, pidiendo a Cristo la paz y a María su madre que cubriera a Salamanca bajo ese manto de color pureza que cada Jueves Santo cruza las aguas del río Tormes.

Tras dos años de noviciado, en los que la Semana Santa no tuvo procesiones, sino pasos vivientes compuestos por enfermos y necesitados, vine a vivir a Salamanca y tuvo lugar mi reencuentro con la Semana Santa castellana. Fue una tarde de Domingo de Ramos, después de haber contemplado por la mañana a la popular Borriquilla -un paso y una procesión que hay que mirar con ojos de niño. Fue en la iglesia de las Bernardas, junto a otros compañeros jesuitas representando a la parroquia del Milagro de San José. Pues el Cristo del Perdón iba a salir a las calles del barrio de la Prosperidad.

La agrupación musical tocaba los sones de la marcha Perdón, y Jesús comenzaba su ascensión por el Camino de las Aguas, mientras la tarde iba tiñéndose de rojo y la noche comenzaba a cubrir Salamanca. Allí estaba Él, el mismo al que yo había acompañado tantas veces en Segovia. Otra advocación, otra imagen, otros colores, otra música, pero él era el mismo. Quien había cambiado era yo, después de dos años. Había cambiado de ciudad, de lugar en la procesión y de modo de vida, pero él parecía decirme –con su mirada elevada hacia los Cielos- que seguía conmigo, que contaba conmigo y que me necesitaba, para continuar extendiendo su Reino.

Y ahora ¡hagan silencio! Que una larga teoría de penitentes con cruces al hombro se ha extendido por la Calle Libreros. Visten hábito negro sin capirote –igual que los feligreses de San Andrés de Segovia, por lo que quizá el que les habla les tiene especial cariño-, llevan sobre el pecho los colores de las añejas facultades de la universidad más antigua de España y dejan sus pies casi a la intemperie de la noche con sus sandalias de esparto. Siguiendo una cruz de madera seca, tan sencilla como aquella en la que murió el Hijo de Dios, se dirigen al Patio de Escuelas. Rompe la negrura de la noche y del negro de sus vestidos penitenciales el dorado de la piedra de Villamayor de la fachada de la Universidad. Desde ella, reyes, emperadores, héroes y papas son testigos mudos de algo inenarrable, de un hecho inaudito: la Luz que en sus aulas se enseña se encuentra clavada en una Cruz, y la Madre de la Sabiduría contempla entristecida a aquel del que un ángel le dijo que sería grande.

Oraciones, juramentos de silencio y cantos penitenciales, si. Pero les he dicho que hagan silencio. Pues en aquel patio, quien afina el oído puede oír dialogar a Cristo y a su Madre, con las palabras que un día escribiera Lope de Vega:

Los mejores Madre e Hijo,

porque son Cristo y su Madre.

Tiernamente se despiden,

tanto, que en solo mirarse,

parece que entre los dos

se están repartiendo el cáliz.

Hijo, le dice la Virgen:

¡Ay ¡ ¡Si pudiera excusarte

de esta llorosa partida

que las entrañas me parte!

Para llevaros a Egipto hubo quien me acompañase, más para quedar sin Vos, ¿Quién dejáis que me acompañe?

Dulcísima Madre mía

vos y Yo dolor tan grande

dos veces los padecemos,

que lo padecemos antes.

Yo siento más que mi muerte

al ver que el dolor os mate,

que el sentirlo y padecerlo

en mí son penas iguales.

No sólo la lluvia, también las obligaciones y tareas pastorales se interponen a veces en la agenda semanasantera y hacen que sin apenas notarlo, llegue la tarde de Viernes Santo. Una tarde en la que toda Castilla entierra a un Cristo que ha sido desenclavado y descendido de la Cruz. Una tarde en la que un sinnúmero de pasos recorren las calles de Valladolid, Zamora, Segovia, Medina de Rioseco, Palencia, León y Salamanca. Una tarde de luto y duelo oficial de las ciudades por su Señor. Una tarde que en Salamanca es tarde de la Ilustre Cofradía de la Santa Vera Cruz del Redentor y de la Purísima Concepción de la Virgen su Madre, las Congregaciones de la Trinidad y de Nuestro Padre Jesús Nazareno y la Cofradía de la Oración en el Huerto. Una tarde de fe, dolor y penitencia. Una tarde en la que doce pasos de factura artística sin igual recorren las calles de Salamanca y narran en madera la historia de la Pasión que ha sido proclamada en la Celebración litúrgica en las iglesias, pero que el pueblo necesita traducir a su lenguaje por medio de pasos de gran devoción como Jesús Rescatado. De barroquismo, movimiento y belleza extrema como Los Azotes, La Caña y el Jesús en la Calle de la Amargura. Y de dramatismo y piedad como el Nazareno Chico y la Virgen de los Dolores. Una procesión de solemnidad castellana, que puede describirse con las palabras que Unamuno le dedicó a su homónima riosecana:

Era la misma procesión de antaño. El anciano cree ver la que vio de niño, y el niño, aún sin darse de ello cuenta, espera ver la misma cuando llegue a anciano… si llega.

Cuando los ecos del Santo Entierro se están apagando y la Madre Dolorosa entra en la Vera Cruz, un río de color negro se desborda, traspasando los muros de la Catedral Nueva, donde a diario tantas personas acuden para rezar a la Virgen de la Soledad. En esta madrugada de Sábado Santo es la Virgen la que sale a recoger las plegarias de todos los salmantinos que se agolpan por las calles deseando ver aparecer detrás de los capirotes negros, el palio bajo el que se encuentran sus ojos misericordiosos, llenos esta noche de lágrimas por la ausencia del Hijo.

Un Hijo que sale momentos después de la Capilla del Arzobispo Fonseca. Escoltado por lutos charros y por sombríos hábitos monacales, anunciando que la Liberación nos la trajo con su muerte. Escena ésta, tan íntima, tan sencilla y tan profunda, que parece haber sido contemplada por Lope de Vega cuando así describía el Entierro del Señor:

En el doloroso entierro

de aquel justo ajusticiado

que por culpas y no suyas

quiso morir en un palo.

Viste el sol bayeta negra,

y la luna monjil basto,

capuces la tierra y el cielo,

que son del cielo criados.

Las hachas son amarillas,

que los celestiales astros

como vieron su luz muerta

amarillos se tornaron.

Llevan al difunto Dios

en los dolorosos brazos,

con lamentables suspiros

tristes lágrimas llorando.

La Semana Santa termina, y llega la espera de todo un año. Espera que en el año 2011, como ocurre año tras año, terminó en la tarde del Viernes de Dolores en la Capilla de la Santa Vera Cruz. Capilla central para la vida cofrade de Salamanca, y capilla importantísima en mi vida salmantina. Sólo la Dolorosa y yo sabemos cuántas mañanas he bajado desde la Universidad para rezar ante ella. Allí, en presencia del Señor Sacramentado, junto a la imagen de San Juan y teniendo delante a la Virgen de los Dolores, he realizado importantes discernimientos y he compartido con ella las alegrías y las penas, los éxitos y los fracasos del día a día, en el silencio de su capilla.

Pero el Viernes de Dolores no es día de quietud en la capilla, sino que es día de tránsito, nervios y agitación. La Madre va a salir a la calle, inaugurando de manera oficial la Semana Santa de Salamanca. El paso de la Virgen se sitúa frente a la puerta, a pocos metros de la calle. Algunos tenemos el privilegio de situarnos detrás de ella, en el angosto espacio que queda entre los varales traseros del paso y la pared barroca de la capilla. Una voz pide silencio e introduce una oración. La oración de los hijos a su Madre, la plegaria que recorre todos los sufrimientos de este mundo y pide a la Virgen de los Dolores que consuele a sus hijos con su mano de Madre y que nos ayude a nosotros a socorrerlos como hermanos suyos que somos.

El momento es solemne y todos los oídos se concentran en una pequeña campana que va a inaugurar la Semana de la Pasión. La espera cuaresmal termina con el tañer del metal que hace que la Virgen se levante y salga a la calle mirando al cielo y clamando con aquellas palabras que se encuentran escritas a poca distancia de sus pies: Attendite et videte si est dolor sicut dolor meus, ¡Oh vosotros!, los que esperáis en la Calle Dominguez Berrueta, en Tahonas Viejas o Compañía, ¡miradme y decidme si hay dolor como mi dolor!

El rito procesional continúa durante los días de Pasión, siempre antiguo y siempre nuevo, y se detiene de nuevo junto a la Vera Cruz en la tarde del Lunes Santo. Día este de silencio castellano y capirote azul en que salen a la calle el Cristo de los Doctrinos y la Virgen de la Amargura. En esa noche, Salamanca hace un silencio que impresiona al que lo contempla por vez primera. Pues tras el aviso del muñidor, los labios enmudecen para dejar que hable el Señor. Cristo de los Doctrinos, imagen castellana rodeada de cardos, velas y una calavera como adorno. Andas de cadencia lenta y paso firme que se dirigen hacia la Catedral. Hachas de cera color marfil que iluminan el corazón de las rúas en medio de la noche. Noche de la Vera Cruz. Y Vera Cruz que se echa a las calles para acompañar a Jesús y consolar a María bajo la blanca luz de la Luna de Parasceve.

Cuando parece que apenas acaban de cerrarse tras la entrada del Cristo de la Luz y Nuestra Señora, Madre de la Sabiduría, las puertas de la Clerecía vuelven a abrirse y en su umbral aparece la Cruz de guía de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Flagelado. Tras el primer tramo de hermanos con túnica negra y capirote color eminencia aparece la imagen que Luis Salvador Carmona labrara para la sacristía de la Iglesia del Espíritu Santo. Talla destinada a la intimidad de la sacristía, que contemplaron y ante la que oraron tantos jesuitas antes de salir a celebrar la Eucaristía a la iglesia y que hoy sale en procesión por las calles de Salamanca, recreando las palabras que el jesuita Álvarez de Paz escribiera en el siglo XVII:

“Desatado de tu columna, Tú caes en tierra, a causa de tu debilidad. Estás tan rendido por la pérdida de tu sangre, que no puedes sostenerte sobre tus pies. Las almas piadosas te contemplan, arrastrándote sobre el pavimento, barriendo tu sangre con tu cuerpo, buscando, acá y allá, tu vestimenta”

Si, Jesús, las almas piadosas te contemplan cuando caminas por la Rúa sin que tus andas rocen el suelo. Y les resulta difícil mantenerte la mirada cuando pasas ante ellas, pues los sentimientos están a flor de piel y hasta los corazones que te tienen más olvidado, esa noche de Miércoles Santo se apoyan impresionados contra la pared del edificio que les escolta, recordando con Unamuno que “ellos también te amaban”. Después, al término de la procesión, muchos olvidan esta mirada hasta el año próximo, como el joven rico del Evangelio. Pero otros muchos recuerdan tus ojos en la noche salmantina, como Juan los recordaba a las cuatro de aquella tarde de Galilea.

Noche solemne esta del Miércoles Santo de Salamanca. Que lejos de llegar a su final, todavía tiene que ver bajar por Tostado el luto blanco que acompaña al Cristo de la Agonía Redentora, camino de su antigua casa, el Convento de Santa Isabel.

Pasó la Semana Santa, pasó la Navidad y en el segundo mes de 2012 llegó Jesús Despojado. Y con su proyecto de Hermandad, Evangelización de los jóvenes y Caridad consiguió atraer hacia él a este corazón castellano, que por encima de costales y hombros busca llevar a la Vida que Él nos mostró.

En su primera “levantá” de Domingo de Ramos parecía que iba a tocar con las espinas de su corona las bóvedas pétreas de la Purísima. Después salió el Señor a la calle, haciendo que los que estábamos allí asociásemos ya para siempre este momento con los primeros acordes de la marcha Reo de muerte. Comenzó su andadura hacia la Catedral entre la emoción, las palmas y los vítores de la gente. Una explosión de euforia que algunos mirábamos extrañados por lo inusitado de la misma en estas tierras. Y a la que estoy seguro de que el Señor nos contestaba repitiendo con su mirada aquellas palabras del primer Domingo de Ramos de la Historia: “Os digo que si éstos callaran, empezarían a gritar las piedras”.

Probablemente nunca olvide esta primera Estación de Penitencia de la Hermandad de Jesús Despojado que nos congrega en esta tarde en torno a la imagen del Señor. Gracias querida Junta de Gobierno, gracias hermanos todos por tantas oportunidades de encuentro con Dios como me habéis dado y como ofrecéis y queréis seguir ofreciendo a los que se acercan a su imagen. Que Él bendiga siempre la andadura de esta joven Hermandad.

Voy llegando al final, y sé que son muchas las vivencias que no he tenido en vuestra, o en nuestra Semana Santa. Quiera Dios que un día no muy lejano contemple la Pasión que lleva a la Buena Muerte y que llena de Piedad y Esperanza este Vía Crucis de Vela y Silencio. Y que resucite con vosotros a la puerta de la Vera Cruz y en una abarrotada Plaza Mayor recuerde aquellos versos de mi tierra:

Quitadle el manto de luto

y ponedle el de alegría

Quitadle el manto de luto

a la Princesa María

Quitadle el manto de luto,

porque el luto es muy pesado

Quitadle el manto de luto

¡Que Cristo ha Resucitado!

Por ello, después de haber recorrido con vosotros mis vivencias de la Semana Santa de Salamanca. Con la licencia de las autoridades civiles y eclesiásticas aquí presentes, Junta de Cofradías y Junta de Gobierno de la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, te pregono a ti, joven que me escuchas:

Que ya se acercan los días de la Semana Santa. Que volverás a cubrir tu rostro con los hábitos de la penitencia y a escuchar el crujir de las puertas de madera de la sede de tu cofradía al abrirse para que comience la procesión. Que volverás a salir a las calles con Él en medio del silencio o escuchando esas marchas que llevas meses oyendo. Que sentirás como él viene detrás de ti, si es que no sientes el peso de ser sus pies para que camine por las calles. Y sobre todo, ojalá que sientas esa mirada suya que se clava en lo más profundo de tu ser y que impulsa a seguirle más allá del itinerario de la procesión. Haciendo de tu vida un anuncio de su Evangelio y entrega a los que más te necesitan.

¡Salmantinos!

¡Llega la Semana Santa!

¡Salid a las calles para acompañar al Señor y a su Madre!

He dicho.

A.M.D.G.

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