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“Silencio de susurros”

Suena el silencio.

(Intro) Silencio. De pisadas, de cadenas, de susurros, de nervios. Suena con el primer silencio, mi taquicardia nerviosa, mis manos empañadas cuando el verdugo cae sobre el rostro, al sentir el primer varal del Jueves Santo sobre el hombro. Silencio de tu promesa, cofrade y siempre hermano. Silencio, tu silencio. Silencio roto por cada historia. Historias de cofrades que hoy y mañana mantienen viva la Semana Santa. Cada sentimiento que se encierra por debajo de cada verdugo, de cada capirote, de tus promesas. De tu Semana Santa. Silencio de historias anónimas que, de vez en cuando, muy de vez en cuando, salen a la luz para contarnos como Gaspar Escudero cada Lunes Santo tiene otro  brillo en los ojos. Como, a sus 84 años recoge su traje “azul” y se coloca allí, donde las miradas curiosas no puedan descubrirlo. Heredero de la Vera Cruz, de su “Caña” y de un Cristo de los Doctrinos al que dio la autorización definitiva hace 26 años para que saliera a las calles. Silencio cómplice de promesas que te empujan cada año a realizar un acto público de penitencia y por qué no catequesis en las calles. Silencio de oración y reflexión.  

Ruido. Ruido de lágrimas e impotencia por no querer mirar el tiempo, ni pensar que este año el Señor se vaya a quedar en casa. Ruido de pasos que se mecen sin música. Nos tocó en el 99. Crónicas imposibles de escribir cuando la lluvia arruina el papel y las palabras no salen de tu boca, al ver a cientos de cofrades que prepararon tu salida y que este año se quedarán en casa. Crónicas del Cristo de los Doctrinos, plagiadas de sentimientos de tristeza al chocar la lluvia contra los plásticos. A la altura de San Benito y con capas mojadas y un plástico envolviendo a las tallas de sus ancestros, Gaspar se resistía a volver a la capilla para escuchar las notas de “Reo de muerte”. Esa noche sonaban a réquiem. Sólo fueron 5 minutos.  Crónica de la Hermandad Dominicana. San Esteban y Catedral, dominicos y canónigos cuidando y refugiando a la Piedad de Carmona. Juan parando el paso. Palabras que no existen, pero que las encuentras. Mirada al velo y a los hombres y mujeres que este año se quedan en casa. Alegato para que esos hombres y mujeres, piensen en sus madres y puedan con esa levantada tocar el techo de la Catedral. Entre lágrimas, lo rozó. Tu Piedad, tu madre. Siempre a salvo. Lluvia que moja imágenes pero no corazones que desde la carretera de Ledesma preparan de rojo y negro a tu señor en la vigilia. Ellos, los que más han sufrido el cielo, son los que más agradecidos están de llegar a la Plaza Mayor para que todo Salamanca vea que un barrio obrero te saca a la calle.

Ruido de murmullos, entre capirotes que giran la cabeza para ver su sombra reflejada en la calle Compañía. Ruidos por no poder contener la emoción cuando Paco te aprieta la espalda y castañean las rodillas y te dice que no llores,  porque un año más ha vuelto a salir a las calles. Ruido en tu medalla. En tu Cruz cuando golpea el pecho. Ruido de recuerdos que reviven estos días más que nunca. Ruido de aquellos que se fueron y que hoy también tengo presentes cuando mi memoria trata de apretar los pocos  que tenía cuando te fuiste. Cuando hoy como yo tenías 27 años. Aunque no tengo recuerdos sobre si la Pasión castellana era parte de tu vida, lo es verdaderamente de la mía. De tu hijo.

Silencios y ruidos que vuelven cada Semana Santa y que este año me habéis concedido el privilegio de anunciar en San Juan de Mata. Gracias a Álvaro, Alejandro, la Hermandad de Jesús Despojado y a la Asociación de Avesal. El lugar en el que hace 14 años salía por primera vez con mi cirio y mi capirote, y que ahora, hoy, tengo el verdadero honor de llevar sobre mis hombros, junto a los mejores hermanos de carga que hubiera podido soñar jamás. Allí con mi madre caminando detrás del paso, sin ser aún cofrade, y con el cirio de la mano de Goyo, caminaba por primera vez junto a aquella pequeña imagen de Olot de una belleza para mí incomparable. Esa cara y ese sentimiento que nos dio el que cariñosamente apodamos “Chuchi” y que sigue recibiendo las oraciones de los que más lo necesitan en la capilla del Hospital de la Santísima Trinidad.

Tradición. De tus mayores y de ti. Aquella que recuerda que una madrugada de 1836 las monjas Isabeles escondieron tu Cristo de la Agonía Redentora para llevarlo oculto hasta la Catedral. Allí bajo el crucero observa con su larga melena su destierro, esperando cada madrugada de Jueves Santo volver al hogar de donde nunca debió salir. Siglo y medio después, tras el ofrecimiento del Cabildo, renunciaron a tenerlo en su convento, para que los salmantinos pudieran rezar a diario a su Cristo custodiado en el crucero. Hoy 25 años después, saldrá tres veces a las calles con tu Madre Aurora esperándote en sus noches de insomnio y reflexión. Bajando Tostado, la melancolía de su rostro infunde todo el clamor de un pueblo que olvidó, como también olvidamos, que un día Él murió por nosotros. Tradición de Agustín Ríos que mantiene los oficios en la Universidad para recordar la importancia de la liturgia mientras que en las calles se mantiene una catequesis popular que no llena iglesias, pero llena corazones. Sosteniendo el caliz de plata, Agustín se resiste a que la modernidad y los nuevos tiempos hagan olvidar su ofrenda por los más pobres y por aquellos que pelearon por mantener vivos los oficios en la capilla de la Universidad. Allí, antes que tú y que yo, Gaspar dirigía los pasos de la Vera Cruz para que hicieran su parada obligada en la Universidad, a la que nos acercamos en su octavo centenario. Tradición de padres a hijos que se mantiene cuando recuerdas que más allá de los siglos de antigüedad y los 250 años que se cumplen de que Carmona talló a su Piedad y a Jesús Flagelado, tú has conseguido que esa imagen se convierta en madre capaz de consolar y en padre capaz de acoger. Tradición que sin tu sentimiento quedaría vacía.

Sentimiento. De ojos vidriosos cuando ves tu piedra, tu Salamanca volcada en la Pasión. Sentimiento que traspasa nuestras fronteras regionales y convierte a la Semana Santa salmantina de Interés Turístico Internacional. Calle Candelario abajo y las últimas mecidas llevan a la imagen de Nuestro Padre Jesús del Vía Crucis a casa. Desde la ventana, ella escucha costalero. Sale al balcón, traspasado Candelario. Aún no sabía que se enamoraría de por vida. Mira. Primero de reojo, con miedo a mirar directamente a los ojos. Ve la entrada. Coge un clavel rojo y uno blanco y en la intimidad se confiesa ante él. Desde Francia, Catherina tacha en rojo el Jueves Santo para no faltar a su cita con la Semana Santa y sus hermanos trinitarios. “Mirando al Cristo, las lágrimas cayeron sobre mis ojos y se llenaron de compasión y fe. No sentía mis piernas y mi cuerpo, y sólo oía la palabra: “Ven”, confesaba. O también para ti, que preparas el color y los acordes de tu saeta. En la Salamanca más castellana, el Flagelado con su sobriedad y elegancia se mece ante tu voz. En tu Salamanca más castellana, la Vera Cruz sonríe cuando 500 años después y acompañando a Nuestro Padre Jesús con la Cruz a Cuestas, a tu “Nazareno chico” se le reza por saetas. Las saetas en tu Salamanca más castellana también cortan el viento. Sentimientos. Que no puedes explicar cuando el banzo se clava en el hombro y pides la ayuda del himno para sacarlo adelante. Tu saeta. Tu silencio. Tu ruido de cadenas. Sentimientos entrelazados por los mismos adoquines de tu Salamanca.

Miradas. Que contagian y que son tuyas. Miradas que no se olvidan. Que pasa el tiempo y en tu retina quedan grabadas, a fuego. Mirada del Nazareno, penetrante, sólida y humilde que desde San Julián recorre la ciudad en el día de la Pasión, con las muescas de los que año tras año te han cargado, y que, cuando por fin se reúnen contigo se lleven la túnica de mortaja cada Viernes Santo para que les acompañe en el último viaje. Miradas cómplices de hermanos de carga que en silencio, te animan a seguir hacia delante. Hasta el final del camino. En Sevilla un monumento de Antonio Perea hace un homenaje a media ciudad que ha puesto su costal para llevar los pasos que centran las miradas de medio mundo. En Salamanca su denominación es la de hermanos de carga pero las miradas son las mismas por llevar sobre sus hombros el peso de Jesús o su Madre. Mirada de La Piedad a su hijo. Mirada de madre, de nuestras madres, que con dulzura acaricia a su hijo, consciente de una muerte no por anunciada, menos dolorosa. Mirada de los niños que miran con envidia como sus mayores preparan al Cristo con sus mejores galas. No les privemos nunca con la excusa de la tradición de que puedan poner los clavos a su Cristo, y los mantos y los bordados a su Virgen porque la Semana Santa del futuro está en ellos. Miradas que atraviesan a las cinco de la madrugada San Esteban cuando Nuestro Padre Jesús de la Pasión sale vestido de blanco y entre el reflejo de los cirios y la noche descubres que Él también te está mirando. Mirada de Mario al rosario que cedió a su “Borriquilla” antes en Salamanca y ahora en Ledesma. Mirada de esfuerzo, de tesón y de sacrificio para poder acompañar a la imagen que cada año ha guiado sus muletas. Siempre cerca de ella. Siempre acompañando el paso. Con tan sólo cuatro años, en medio de la procesión, Mario abandonó la silla que le permitía moverse y realizó el camino desde la iglesia del Arrabal hasta la calle Tentenecio apoyado tan sólo de unas muletas.  Eso sólo lo podía hacer por “su burra”. Con una mirada.

Sueños. Desde la otra orilla del Tormes donde ves la Catedral iluminada y el Puente Romano dibuja instantáneas inolvidables te pones a soñar. Allí donde el fresco de Genaro de No permanece mudo ante obras e intentos valdíos de un museo inerte, sueñas con utopías de cofrade, de salmantino. De tus sueños. Sueñas porque no con una Semana Santa unida, donde sus cofrades piensen en una pasión salmantina, sueñen Salamanca y no sueñen en una hermandad. Sueñas con que tu madrugada preferida siga siendo Dominicana, tu Santo Entierro salga perfecto, sin que nadie luche por sobresalir. Sin tarjetas rojas, ni amarillas. Que triunfe la Semana Santa de tu tierra. Sueñas no mirar con envidia a Sevilla y Zamora. Sueñas con que tus varales se labran con la misma madera y el mismo tesón que aquellos que recorren Triana o que atraviesan el puente de piedra de Zamora. Sueñas con que tu tierra ha labrado una tradición a golpe de 500 años.//  La Semana Santa salmantina sueña con  que la defiendas.// Sueña con que no vuelva a haber reuniones, ni secciones, ni caras largas, ni cafés a escondidas. Sueñas con que los errores del pasado no se vuelvan a cometer y que la Junta de Cofradías vuelva a tener el verdadero peso coordinador que la atesoraba. Sueñas con que los hermanos pueblen las calles. Porque no haya pereza. Que el hábito no quede planchado en casa. Que tu salida penitencial no sea rutina.  Sueñas con que tu Iglesia no se aparte de las cofradías, ellas son parte del futuro. Sueñas con que José Cornejo nunca pierda la pasión por la Semana Santa y por que sus ideales utópicos, sean realidades hoy y mañana. Sueñas con que los años de esfuerzo sirvan para que dentro de unos meses la imagen de Zafra pueda salir por las calles y tener a una Virgen también obrera que acompañe al Ecce Homo de Antonio Malmierca, mi gran amigo. Desde la otra orilla del Tormes, donde hombres y mujeres consiguieron levantar la Semana Santa y cada año sueñan desde El Arrabal hasta la Catedral por la paz, tu también sueñas despierto, consciente de que los sueños en una ciudad mágica como Salamanca, a veces se cumplen.

Sueñas con que las agujas y la hora de cierre no detengan tu fe en tu Semana Santa. Una Semana Santa que narran Abraham y Eva, como nadie.  Desde el sentimiento y el corazón de la juventud y la confianza de que lo que lees está escrito por personas con un corazón de oro.  Tenemos fallos, innumerables, pero os aseguro que los periódicos de Salamanca rezuman a Semana Santa por gente como ellos. Cofrades de corazón, sin papeleta ni fecha de salida, arrodillados frente a una saeta, corriendo entre cruces labradas para escuchar el pacto de silencio universitario, afinando el oído o robando con la mirada la partitura del último corneta. Tratando de explicar en dos páginas cada ruido y cada silencio que pregona el Santo Entierro. De cómo Salamanca se para literalmente para volcarse en su Semana Santa. De cómo cada detalle se convierte en importante y por qué no de cómo agobiamos también a cada uno de los 16 hermanos mayores los días de la Semana de Pasión. Con las agujas clavadas del tiempo del cierre de la edición, nuestras crónicas reflejan lo que tú ves y lo que yo siento. Lo que tu viste y me contaste y lo que yo vi y sentí. No es nuevo. Un 26 de marzo de 1921 la primera crónica de Semana Santa de la Gaceta ya narraba así el Viernes de Pasión: “Banderas a media asta, como homenaje al Hombre- Dios, que por nosotros murió. Tristeza en el ambiente. El sol, que el día antes brilló luminoso se esconde a ratos entre los crespones de las nubes. También en el cielo están de pena. Las estrellas quizás no brillen por la noche, guardando sus luces para el día siguiente, día de alegría, de júbilo por la profecía realizada. Al día siguiente Jesús resucitará”.

Regreso. Pisando el adoquín de vuelta a casa. Con miedo a pisar los pies desnudos de Buji. Con el cansancio empezando a hacer mella pides perdón a Alberto y Alejandro por no haber dado una respuesta instantánea a este pregón. Recuerdas a los que te han acompañado sin creer y que cada año te susurran por qué quieres tanto a tu Semana Santa, pero que no les ha importado hoy estar aquí conmigo. En el regreso, te acuerdas y agradeces que LA GACETA haya sido capaz de mantener viva una parte de la Semana Santa todo el año. Haber permitido que en pleno mes de noviembre, el nuevo palio de La Esperanza abriera la página 8 del periódico. Haber dado libertad a este redactor para que con cariño contara los pequeños secretos que encierra la Semana de Pasión. En el regreso, recuerdo también a todos los que decepcioné. En el regreso miras fijamente la Cruz.

Olvidos. Entre crónicas rápidas y teclados fundidos. Olvidas. El hábito recién planchado, tus cirios en fila. 50 centímetros, no más. Desfile penitencial perfecto. Tu imagen impoluta. Tus claveles dorados, rojos y blancos. Tu agrupación no desafina con las partituras de viento y de percusión. Llegada a la Plaza Mayor. Levantada. Cambio de cofrades y suena “A la gloria”. 80 hermanos de carga llevan el paso. 1.200 en fila, que no falte nada. El mechero dispuesto, la cera apartada del hábito y mirada al frente. Pies desnudos o zapatos limpios. Ojos cansados. A veces, sólo pocas veces, entre crónicas dibujadas con palabras bonitas y carreras, olvidas que tu Semana Santa está mucho más cerca y no dura 7 días. Estandarte bordado con hilo de oro presidiendo, novedad de este año, junto a 4 faroles guía, que lo acompañan. No olvides las siete palabras. Llegada. Sólo para el barrio. Sin fotografías, ni periodistas. Con la imagen acompañada sólo de tus cofrades. Levantada, Reo de Muerte e Himno Nacional. No te olvides del que está más cerca. Recogida, cansancio, limones. Pensar en el año que viene. A veces sólo a veces, olvidas la Cruz. Y no valen promociones, ni 12 módulos de publicidad, ni horarios de máxima audiencia, ni conciertos. Limpieza de varales, recogida, cinta y papel. Cruces que no importa que se defiendan. Cruces que escribió mi presentadora, a la que admiro “La cruz del Cristo en el que creo no necesita defensores, ni imposiciones, ni detractores, ni jueces, ni sentencias. La cruz del Cristo en el que creo no necesita muros ni sabe de deshaucios. Podrán quitarla de las aulas, podrán borrarla de los libros, podrán utilizarla como una espada. Pero vendrá la primavera. Y los niños aprenderán a trazar su signo como una caricia. Y Cristo doliente volverá a las calles abrazando desde la cruz para que después, en la soledad de la capilla, alquien bese sus pies, arranque sus clavos y lo devuelva de nuevo a la mar”. A veces, olvido, olvidas, porque estás en la calle. Y entre la tinta, se te olvida escribir la razón por la que Salamanca tiene sólo un día de luto y 364 de alegría.

Muchas gracias.

 

 

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