INICIO

Iglesia San Julián y Santa Basilisa.

“Al principio ya existía la Palabra…” Así comienza el Evangelio de San Juan. No recuerdo como fue la primera vez que ella se encontró con Él. Sí recuerdo el gesto, los ojos, la caricia, los besos, la ternura… Recuerdo esa mirada emocionada que miraba al cielo del calvario buscando esos ojos cerrados que tal vez estarían soñando con ella. A sus pies, su silencio se encarnaba en una Palabra que solo ella era capaz de escuchar, que tenía un acento en su policromía; sus letras, en cada mano que estaba crucificada a ese madero negro que cuelga de un muro de la Vera Cruz. Cada beso a esos pies desgastados, se convertía en agua fresca que revitalizaba las riveras secas de su vida, que tan extraños caminos siguieron para desembocar en nuevos y antiguos ríos. Llegó el dolor, el silencio se hizo más denso, la Cruz que cargaba se hizo más dura. Pero Él seguía allí, su Palabra seguía resonando, su promesa seguía firme a pesar del bache que había

encontrado en su camino. Tal vez otros fallaran, pero Él no, Él nunca.

Si nuestras palabras a veces son como las huellas que dejamos en la playa, que llega la marea alta y las borra, una vez fue pronunciada una Palabra que dicha no pasará. Aunque esté Crucificada, aunque aparentemente se nos muestre sin vida, el Cristo de los Doctrinos es una Palabra que el alma siempre está dispuesta a pronunciar. Estando en su Cruz, sentado en el último banco de la capilla, es la voz perfecta para todos aquellos que se sienten en la cuneta de la vida. Éste Dios que está al alcance de la mano, espera para ser la palabra de todos aquellos que necesitan palabras, que necesitan ser oídos y que al final, piden un abrazo de Aquel que muere en la Cruz.

Sed todos bienvenidos a este pregón de la Asociación Juvenil y Cultural Salamanca Cofrade, que en esta edición he tenido el honor de ser yo quien preste su voz a la Pasión salmantina. Muchas gracias a la Junta Directiva de la Asociación por este nombramiento. También agradezco poder ofrecer este pregón en un marco inigualablemente bello y cofrade como es esta iglesia de San Julián y Santa Basilisa, tan cerquita del Nazareno que es una de las advocaciones históricas de la ciudad. Y nuevamente, agradezco a Tomás su presentación.

Doy la bienvenida a las autoridades que hoy nos honran con su presencia y cuya asistencia es el mejor apoyo a las iniciativas de asociaciones y hermandades que buscan el mayor esplendor paranuestra Semana Santa, y por tanto, para nuestra ciudad. También doy la bienvenida a todos los representantes de las hermandades aquí presentes y a todos los cofrades, especialmente a los más jóvenes, que hoy habéis tenido a bien asistir.

Cuando me planteé qué iba a escribir para los jóvenes de la Semana Santa de Salamanca se me ocurrieron decenas de párrafos sueltos que como un puzle todavía sin juntar se me fueron apiñando en el lienzo digital y blanco que era este pregón. Tenía la idea, pero no sabía darle forma. Veía que mi visión de la Semana Santa de Salamanca era más bien un cristal roto con decenas de reflejos que necesitaba un cuerpo y una unidad. Y qué mejor forma que partiendo del Evangelio escrito a partir de las experiencias de un joven Apóstol.

En un pregón así no puede faltar una reivindicación de nuestro papel en las hermandades. Más que nunca dos estereotipos amenazan la juventud distorsionando lo que somos y lo que podemos ofrecer al resto de la sociedad: el del joven caprichoso, irresponsable, el que molesta por las noches el justo sueño de los mayores, y el del joven eternamente bello y eternamente perfecto que nos vende la publicidad y que obsesiona a muchos de nosotros por no ser capaces de ser como esos disfraces huecos que vemos en la tele. Frente a estas dos visiones tenemos que revelarnos. Los jóvenes podemos comprometernos, podemos ser generosos, desprendidos, respetuosos, podemos ser profundos, cultos, creadores, críticos. Y en nuestras cofradías podemos ser uno más arrimando el hombro, sacando adelante nuestras hermandades y a la vez aportar dinamismo e ilusión, integrando lo que aprendemos de los más mayores y lo que creemos que debe ser mejor. Los jóvenes a día de hoy somos cofrades de base que portan su cirio, su hachón o su vara, después de haber acompañado con una palma a Jesús Amigo de los Niños; estamos debajo de los pasos, llevando sobre nuestros hombros la devoción de todos; participamos en nuestras asambleas y cabildos, incluso formamos parte de nuestras Juntas Directivas. También asistimos a nuestros cultos, a cualquier convocatoria en la que se nos precise, social o cultural. Y no podemos olvidar uno de los oficios más intregados, el de la música, poniendo sones al caminar de nuestros pasos por las calles de Salamanca. Estamos presentes, queremos seguir estando y queremos ser como verdaderamente somos, dentro de nuestras cofradías y ofreciendo lo mejor que somos y que tenemos. Si antes mencionaba esas dos formas de ver a los jóvenes, en la Iglesia tenemos un espejo mucho mejor y más verdadero en el que reflejarnos. En el Calvario, junto al Cristo de los Doctrinos, junto a Nuestra Madre de la Amargura y María Magdalena, hay un muchacho cuya figura no tiene parecido a ninguna otra en toda la historia que narran los evangelios. Él es nuestro patrón, el patrón de la juventud.

San Juan Evangelista y Apóstol, custodio de Santa María, fue protagonista de primera línea en los hechos que cada año acompañamos y representamos en nuestras calles. Cuando San Pedro le negó, cuando Judas le traicionó, cuando todos los demás huyeron, solo uno se mantuvo firme, precisamente el más joven de

todos. ¿Acaso no es la mejor forma de reivindicar nuestro papel dentro de nuestras cofradías? Su Evangelio, siendo el más elevado, el más místico, no deja de ser el eco de todo lo que vivió al lado de Jesús cuando apenas comenzaba a ser un hombre. Por esta razón, he considerado que el mejor hilo conductor de este pregón era su Evangelio, los hechos que él nos narra traducido a la madera de nuestros pasos y a las emociones de nuestro corazón. Hablando de San Juan, no puedo empezar si no desde el amor, la esencia del mismo Dios y eje central del Evangelio del Apóstol. Dice el Señor: “Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros”. El Jueves Santo se convierte así en el día del amor fraterno, la jornada en la cual recibimos el mandato más importante. En él, Cristo se entrega sin reserva ninguna, y nos enseña a todos a imitarle. Atardece a la orilla del Tormes como lo haría en la Jerusalén del siglo primero. Salamanca escucha a su Maestro que cena con los suyos, y como discípula obediente, se viste de blanco y pone en práctica las palabras del Señor. Ha aprendido que la hija del amor es la paz, y las une en la noche del Jueves Santo. Amor y Paz se dispone a tomar una ciudad que mira el reflejo de la Luna de Nisán mientras expectante ve subir el cortejo blanco que escala Tentenecio. Los cofrades del Arrabal traen prendidos en su silencio la paz de un olivo que crece en la Cruz, mientras al paso de su marcha penitencial el río chapotea entre los cimientos del viejo puente y queda ensimismado mirando el espejo de sus aguas que reflejan la escena. Y ahí sube, a hombros de los suyos, el Cristo del Amor y de la Paz, para darle a Salamanca la limpia doctrina de su Calvario. Suenan las notas de la banda, y la inmensa nave de su paso llega al corazón de la ciudad, latiendo entre acera y acera, entre piedra y piedra, elevando al cielo el silencio de un Cristo muerto que pende del madero. Entre faroles, entre flores rojas de sangre, precedido por sus hermanos que también llevan su Cruz, ama el Señor hasta el extremo, hasta el último aliento que se disipa en la tarde charra. Sueña el calvario en mitad de la noche con un Cristo del Arrabal que cosquillea entre las callejuelas a una humanidad que más que nunca le necesita. Ahí está la única verdadera revolución del mundo. Ahí llega, el amor que mueve al orbe. Ahí nos conmueve, Cristo escoltado por la blancura de una humanidad que a tropel suplica paz, que en procesión grita amor. Blancas palomas echan a volar al cielo, pero solo una quedará a ras de suelo, que entre los reflejos blancos de su manto y las túnicas inmaculadas de sus hijos, viste de dolor su pureza tras el Crucificado. Sus mujeres, sus muchachas, rezan la letanía con el sacrificio de sus hombros y como piropos ascienden a consolar María, nuestra Madre: alba blanquísima que amanece tras el río, nieve de altas cumbres, algodón purísimo para las heridas del alma, plata repujada del Creador, blanca paloma de Amor y Paz. Pasa de puntillas la joven madre del Arrabal, que tras su Hijo se convierte en bálsamo de dolor para la noche del Jueves Santo. Deja caer un mechón de pelo entre las orlas de su tocado, y mira al cielo, cómo buscando entre las estrellas a quien ya duerme sin vida entre los hombres. Casi sin darse cuenta, ha subido ya Compañía, y entre las viejas rúas de una ciudad que ya sueña que es Viernes Santo, se despide entre silencios cruzando el río Tormes que la saluda a su paso.

El Evangelio de Juan relata la Santa Cena de una forma particular. No hace referencia explícita al momento de la consagración del pan y el vino, pero las palabras que recoge están cuajadas de símbolos eucarísticos. Además, nos permite conocer ese momento íntimo de la despedida de Jesús, así como sus últimas disposiciones y enseñanzas para sus apóstoles y para toda la Iglesia. La referencia al Espíritu Santo es constante en estos últimos discursos. Y para mí, decir Espíritu Santo, es decir sabiduría, ciencia, Universidad, y me viene al recuerdo las horas que dejé grabadas en las piedras del antiguo claustro de la Universidad Pontifica. La Hermandad Universitaria del Stmo. Cristo de la Luz y Nuestra Señora de la Sabiduría, sienta cátedra cada Martes Santo en la majestuosa iglesia de los jesuitas. La Cruz de Cristo se convierte así en el saber que no se aprende; se ama, se adora, se venera. Y Ella, Madre de la Sabiduría, nos antecede como aprendiz y alumna en el Calvario que se hace universidad, en el Stabat Mater que pasea la Hermandad por las callejuelas de la ciudad. Él es el maestro, Ella quien aprende. Él el sol, Ella el espejo. Él, Dios encarnado, Ella la esclava del Señor. Él, la razón última, Ella la pregunta en medio del dolor. Él, la llaga abierta para la salvación, Ella el corazón doliente. Madre e Hijo, Dios y criatura, Cruz y angustia, trinidad santa y alma de mujer. Entre silencios, el Patio de Escuelas se convierte en un relicario de promesas, mientras los cofrades vestidos con sus túnicas sencillas dirigen sus rezos al Doctor de los Doctores, a la única sabiduría que es eterna y universal, que traspasa el tiempo como verdad inmutable e inamovible. Mientras el mundo gira, la Cruz permanece en el corazón de la ciudad.

Los relatos de la Pasión continúan con la visita que hace Jesús al Huerto de los Olivos, y que Salamanca venera en la procesión del Santo Entierro abriendo el desfile de cada tarde de Viernes Santo. En este misterio, los Apóstoles duermen a los pies del Señor que habla con el Ángel que sellará la Voluntad de Dios con la

total aceptación y renuncia de Jesús. San Juan es parco en palabras para describir este momento, mientras que el hecho del prendimiento lo describe con todo lujo de detalles. Damián Villar talló para la Seráfica Cofradía un misterio que transcribe a la madera cada letra del Evangelio. Sobre el paso, Getsemaní cobra vida y un olivo susurra con el viento las penas de un amigo que es traicionado por quien compartió tantas veces su mesa. El Señor no aparta al discípulo, no lo empuja, no lo culpa. El Jesús moreno de las Úrsulas acoge al amigo sabiendo que tras él la muerte pide turno, y entre lirios, baila con ella bajo el cielo de Salamanca. Pero guardad silencio, escuchad la escena: “¿A quién buscáis?” dice el Señor “¿A quién buscáis?”, repite Jesús. A ti, mi Señor, yo, que no te conocía en tu balcón de piedra de tu convento. A ti, mi Señor, que no te había visto pasear tu túnica amarilla por las horas del Jueves Santo. A ti, mi Señor, que te había negado cada Semana Santa, que no te había llorado cada noche a la vera de las Catedrales, que no había presenciado tu marcha por los arcos de la Plaza, ni tus últimos pasos

por Monterrey, ni tu entrada por el dintel de la Anunciación. Sí, mi Señor, te buscaba sin conocerte, y ahora mientras anudo la cuerda que te arrastrará por el enlosado, cuando te presente ante Pilatos, cuando te clave en la Cruz de tu Agonía, no me olvides Señor. Que en este huerto de traiciones, quede para siempre la amistad entre Tú y yo, y aunque te niegue por mis debilidades, aunque te entregue por mi pecado, que sean esos tus ojos de Jueves Santo los que nunca me abandonen.

Tras el Hijo, la Madre, la Dolorosa de Montagunt que sigue la estela de la pasión de Jesús. De pie, sin Cruz a sus espaldas, de blancas manos entrelazadas sobre una corona de espinas, camina María con pies descalzos. Ella, cirinea y nazarena, corredentora al lado del Hijo, silenciosa presencia y sacrificio, entrega incruenta y bella flor en el calvario. Ella, de rostro y manos de mujeres de carne y hueso, es en su conjunto icono verdadero de la Madre de Dios. Ellas pusieron el molde, Ella el alma y la inspiración, pero siempre mujer elevada a la enésima potencia, perfección inmaculada y culmen del alma femenina. María de Nazaret cierra la procesión de los Comerciantes, y guarda en el Convento sus dolores y sus porqués. El Evangelio de Juan continúa detallando la larga noche en la cual Jesús será sentenciado a muerte. Primero, lo llevan a la casa de Anás, donde es interrogado, y después será Caifás como Sumo Sacerdote quien continúe con el proceso. A él, el Evangelista lo hace autor de la frase “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. Aunque la imagen represente un momento posterior, al oír estas palabras me viene a la cabeza la imagen de Jesús del Vía Crucis, con su rostro apenado que lleva a la compasión. Él dará la vida por todo un pueblo, y cada año, por esta ciudad, con sus manos atadas, con su capa de rey sin reino, y desde su barrio, desde San Juan de Mata, sube el vía crucis de sus desdichas que le llevarán a la Cruz. Él es el cordero inocente que con cada estación va supurando la redención. Pilatos también lo interroga, quiere saber quién es Jesús y no hacer ni una sola concesión a los judíos. Nunca sabremos el por qué de su voluntad, pero quedará para siempre el diálogo que tuvo con el Señor, al preguntarle qué era la verdad y si era rey. Salamanca también pregunta a Cristo cada Viernes Santo. También le interroga: “¿Eres tú el rey de los judíos, Nazareno Rescatado? ¿Eres tú, cada Viernes Santo, el redentor que tuvo que ser redimido? ¿Acaso eres la verdad, Tú prendido, Tú maniatado, Tú herido? ¿Es tu corona esos espinos, es tu cetro esas cuerdas, es tu reino esa gente? Dime, Señor, ¿es Salamanca tu reino, es la ciudad tu trono?” Y Jesús Rescatado responde en la tarde de la Cruz cuando atraviesa el umbral de su templo: “Mi reino no es de este mundo, mi Salamanca está en el cielo. Mi pueblo son esos corazones que me visitan cada tarde, son esos besos que mi pie reverencian. Yo la verdad, ellos mi libertad. Yo su fe, ellos mis manos. Yo sus notas, ellos mi música. Soy su plaza donde se encuentran, su luz cada noche, su Dios cuando me necesitan, su escalera para subir al cielo, su preso para liberarles. Sí, soy su rey, para eso nací y en San Pablo habito. Por eso llevo estas cuerdas, por eso esta corona de espinos, por eso esta túnica morada. Por eso vine de más allá del mar, de otro continente, porque soy su Rey rescatado” Así, cada Semana Santa, el pueblo dialoga con Cristo, cuando la tarde se levanta y la procesión del Santo Entierro comienza a formarse. Jesús Rescatado escucha… no perdamos la oportunidad de hablar con Él. Pilatos inventa una treta para intentar liberar a Jesús. Escoge lo peor que tenía en sus cárceles y se lo ofrece al pueblo. ¿O Barrabás o Jesús? O un culpable evidente o quién por lo menos movió multitudes por los caminos de Israel. Algún amigo le quedará, alguna compasión tendrá el pueblo. Pero no, no es así. La memoria flaquea cuando el odio invade el corazón. Pilatos manda azotar a Jesús.

La procesión del Santo Entierro llega a la Plaza. La Oración en el Huerto atraviesa los arcos y el primer tramo de la Vera Cruz se detiene en el umbral. Bajo los banzos, reina la oscuridad tras las rejas de la carroza y el cuerpo empieza a clamar en su fatiga que es ya noche de Viernes Santo. Llama el jefe de paso. Primer golpe, todos preparados en su sitio. Segundo, la izquierda adelante, la derecha atrás. El cuerpo en tensión para cargar el paso. Tercera y última, todos a una y el

misterio de los Azotes vuelve otra vez a tener pies, a caminar, a ser Evangelio en movimiento. La Plaza espera y la muchedumbre se siente. Y entonces, como si de un amanecer se tratara, de oriente a occidente, cruza la luz dorada de la piedra de Villamayor la clausura que encierran los banzos, amanece en el interior de la carroza, mientras a cada paso el Jesús azotado del rostro que irradia pena y levanta olas de compasión, navega en mitad de los silencios de una banda no sonora de pies que arrastran horas. Cada vuelta que da el paso lo hace al ritmo de los corazones de sus cargadores, mientras se musita una oración que reza y da cadencia al misterio que se carga sobre los hombros. Llega la Vera Cruz a la Plaza Mayor y un año más esperan los cofrades y los pasos para volver a la capilla dorada. Cada Miércoles Santo, de la vieja iglesia jesuítica, el Flagelado cubre la ciudad con su túnica blanca. De la columna a las calles que presencian su paso, Nuestro Señor cubre las vergüenzas de la ciudad con sus vestimentas sin costura, mientras él nos muestra su inmaculada desnudez para que reconozcamos atónitos que quien en verdad estamos desnudos de toda piedad y misericordia somos nosotros. La imagen que descansaba en un retablo entre espejos, en la clausura de una sacristía, ahora apenas se eleva entre las miradas de aquellos que recorren las amplias naves de la Clerecía. Ahí, tan cerquita, el Señor reparte su gracia, y así, encorvado, nazareno sin Cruz pero cuya espalda ha probado ya el precio de la salvación, sigue buscando con sus ojos a quien eleve por su dolorido cuerpo una oración que sea bálsamo para su inmenso dolor, para su triste soledad solo rota en la distancia por la dulce Madre de las Lágrimas que musita algún viejo salmo al Dios de los Ejércitos. Cuando es subido a su carroza, cuatro angélicos infantes pregonan el duro penar del Salvador por las calles de Salamanca. Como cuatro chiquillos asustados, lloran sin consuelo la pena de Aquel que estaba atado a la columna. Vuelve el Flagelado a la Clerecía, dejando a su paso un pueblo que besa sus heridas con el alma, y retorna a su altar para seguir clavando esos hermosos ojos en algún corazón descarriado.

Nuevamente Pilatos quería contradecir a los judíos y volvió a presentarlo al pueblo tras haberle azotado. Pero ahora lastimado, dolorido y humillado, Varón de Dolores que Alejandro Carnicero nos los narra en madera rodeado por la más fea maldad, por la mala fealdad de dos judíos feos y malos. Y Pilatos, como si fuera un Saladino entregando Jerusalén a los impíos. Ahí está el hombre. Y nos mira a nosotros, y sin quererlo, mientras cruzan los cofrades azules de la Vera Cruz, gritamos, ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo! Las piedras que no se callaban el Domingo de Ramos alabando a su Dios y al paso de Jesús triunfante, ahora enmudecen ante el balcón de Pilatos. ¡Pero si es inocente! ¡Crucíficalo! ¡Quítalo de en medio! ¡No tenemos más rey que el César! ¿Eres enemigo del César? Y Jesús no contestaba, cordero inocente que camina por las rúas de la vieja ciudad. He aquí a vuestro rey. No encuentro culpa alguna. Vosotros, sí, vosotros, lo crucificaréis.

San Juan continúa el relato diciendo que Jesús cargó con la Cruz hasta el Calvario. La muerte en la Cruz no solo era la forma de ajusticiar a los que se consideraban malhechores. No solo era una muerte física. Primero había que humillarle ante el pueblo, que el vulgo aprendiera lo que ocurría cuando no se cumplía la ley. Y muchas veces, el propio pueblo era el verdugo de esa condena, ejecutando con sus desprecios, con sus burlas, la escasa dignidad que le restaba

al reo, el último paso antes de perder la vida. Entre todos los malhechores condenados a muerte ¿quién atraviesa la noche, quién las primeras luces, quién la calle enmudecida que tirita de frío con los primeros suspiros? ¿Quién es luz en la Plaza, quién madera en la piedra de Salamanca? ¿Quién lleva su Cruz por Palominos, quién saluda a su Bendita Madre frente a las Catedrales? ¿Quién lleva la gracia gitana de su tez morena bajo las espinas de una corona de zarzas? Tomó la Cruz y la llevó con señorío, de San Esteban a San Esteban, de la Plaza al Calvario, de la Piedad a la Esperanza. Señor de la Pasión, llévanos contigo cuando cargues la Cruz de nuestras miserias, mira a Salamanca que te contempla a los pies de tu solemne presencia, llévanos, da igual cómo, en la estela de oraciones que dejas a tu paso o en el espejismo que anuncia tu llegada. Llévanos, Señor, prendidos en tu túnica blanca de desprecios, bordada en burlas del Herodes al que le regalaste tu silencio o en esa otra morada, lisa en piedad y fe de tu pueblo que te llora. Tú que nos miras desde tu monte de claveles, bendícenos y no olvides que en una amanecida estuvimos a tu vera haciendo de cirineos con los ojos del alma. Que no te llore Salamanca, que llore por sí misma, que llegará el día en el cual digan que bendito el leño seco que no dio hijos. Ahí va, Él, el Hijo del Hombre, el Hijo de Salamanca. Dice el Apóstol que cargando su propia Cruz, llegó al Calvario y la tradición añade que en San Julián, en la calle de la Amargura, Dios se detuvo para consolar a su Madre. Nuevamente, Jesús y María, frente a frente, entre los faroles que iluminan los siglos. Dulce Nazareno que camino de la Vera Cruz va recogiendo oraciones, va tocando corazones, va levantando suspiros. Va cargado el nazareno la ternura de un hijo que ve a su madre llorando, lleva en sus espaldas la Cruz y el mundo, el hambre y la guerra, el dolor y la pena, y de sus ojos cuelgan la piedad y el perdón que riega cada calle, cada trecho de vía crucis que recorre la escena del encuentro entre Dios y su Madre.

Camina el mejor barroco procesional mientras suenan las notas de Nuestro Padre Jesús, y entonces todo cobra sentido, todo tiene su lugar. Barroco el paso, barroca la carroza, barroco el entorno, hasta barroco el sentimiento. Barroco San Julián, de grandezas e historia, de Salamanca hecha madera, emoción y fe. Que el barroco mude el nombre y se llame San Julián. Entonces, la historia continúa cuando Jesús alcanza el calvario y allí, es despojado de sus vestiduras. A día de hoy, una cofradía ostenta esta advocación, pero tendremos que esperar algunos años hasta que este misterio abra las puertas de la Clerecía para proclamar el Evangelio en la calle y llenarla de caridad y consuelo. Una vez que la humillación de Cristo ha sido consumada, es crucificado en la Cruz.

Salamanca puede presumir de la hermosa colección de crucificados que tiene, desde los que ya no desfilan, como el Cristo de la Agonía de Capuchinos o el muy antiguo de las Batallas, a los que todavía hoy nos bendicen desde su Cruz, como el Cristo del Perdón, el de los Doctrinos o el de la Vela. “Todo está cumplido. E inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” En la Catedral Nueva se alza un calvario de dolores y soledades. Un solitario crucificado agoniza en el monte de la calavera. Otras cruces parecerán más suaves, otras más dulces, en otras casi parecerá que Cristo duerme y el devoto pasará casi de puntillas para no despertar al durmiente. Pero en este calvario, la Cruz es realmente cruel, como crueles son los clavos, la corona y hasta la muerte. El Cristo de las isabeles no oculta el drama, no ablanda la dureza de su fisionomía. Las heridas son heridas, la carne se abre al mundo, y Cristo gesticula como aquel que muere entre el peor de los dolores. Quien reza a los pies de este Cristo lo hace ante la humanidad doliente y derrotada de Dios que clama al cielo entregando el Espíritu. Pero quien conoce bien los límites de la madera de este Cristo de la Agonía Redentora, sabe que guarda un secreto, sabe que en mitad del sufrimiento, como rosa de los hielos, aparece un gesto de inmensa ternura: Jesús llora en la Cruz. Crucificado a la madera, nuestro Dios llora, tanto como sufre, tanto como solo se encuentra, tanto como esos clavos de plata que atraviesan su carne. Llora al grito de su abandono, pero también llora por esta ciudad reunida a su paso, por esta humanidad que lo contempla camino de su antigua casa, donde recibía las oraciones de sus monjas y que en las primeras horas de Jueves Santo, abren sus puertas para recibirle. Si antes de haber nacido no había posada en Belén, Salamanca abre las puertas de un humilde convento para acoger a Cristo en la Cruz. Tal vez por eso, llore el Cristo de la Agonía Redentora y sus lágrimas sean la acción de gracias porque cuando estuvo en su agonía unas mujeres lo acogieron en su casa. Y llegó su Muerte, su Buena Muerte. La grandiosidad de San Esteban mira al pequeño crucificado que guarda como un tesoro. Como un gigante Goliat, se deja vencer por el pequeño David crucificado. San Esteban es devoción a los pies del Cristo de la Buena Muerte, y ésa noche, ésa mañana, daría todas sus piedras para poder hacerse penitente y vestir el capirote negro de la Dominicana. Cuando el Señor de la Buena Muerte camina por Salamanca, San Esteban se queda sin alma. Él se lleva la esencia de la oración dominicana que entre cuatro hachones alumbra la noche de nuestra redención. Ya murió, ya expiró, la humanidad ya solo tiene un Dios silencioso, callado, verbo que no habla, palabra que ya no se pronuncia, verdad que ha quedado nublada. Cristo ha muerto, la Pasión está ya consumada. Al ser la celebración de la Pascua, explica San Juan, los cadáveres no podían quedar expuestos en tan sagrado día, y una vez que se certificó su muerte, fueron bajados de la Cruz. Pero antes de abrazar el seno de la tierra, la Madre tenía que acariciar el ya vacío templo que fue el cuerpo de su Hijo. El calvario será la escena del doloroso encuentro. Dos imágenes de la Piedad concentran en sí este misterio ajeno a los Evangelios, pero querido por la devoción popular. Él y Ella, juntos después de la tragedia. Nstra. Señora de las Angustias abraza a su Hijo Rescatado, y en silencio, mientras busca las respuestas en el inerte cuerpo, se despide entre sollozos. Busca sus ojos, ya sin vida, ya sin respuestas, y mientras cae la noche, el Sepulcro llama a la muerte.

Cada Madrugada de Viernes Santo, Salamanca te contempla mientras la luz y las tinieblas se descuelgan entre tus brazos amansados por la dulce nana de tu silencio. ¿Piedad o Dolores? La fe te nombró mientras el corazón se deshacía en lágrimas, porque si el latido hablara, te llamaría dulzura. Sí, Madre, dulce es tu nombre, dulce tu estampa, dulces tus manos, dulces tus ojos, hasta dulce es la muerte si nos visita en tu regazo. ¡¿Cómo es posible, Señora, que sea el Calvario manantial de ternura y dónde solo existía el dolor ahora reine la belleza con solo tu humilde presencia y esos ojillos chicos que lloran pero no lloran porque el dolor como la procesión cruzan tu apenado pecho?! Sostienes al hijo con sacerdotal piedad, y sin elevarlo, lo ofreces como sacrificio en el Altar de tu calvario. Pasas casi de puntillas, sin estridencias, sin levantar destemplanzas a tu paso. Muere la noche aunque no amanezca cuando caminas por Calderón, cuando Libreros te reza, cuando Compañía te guarda. Será después tu soledad quien te cante cuando por el Tostado subas al cielo de la Catedral y allí reposes tras tu Sagrario. Tú, Él, la Cruz y nadie más. Ése es el cuadro de tu pena, ése es el drama de tu madera, que cada Semana Santa se convierta en devoción callejera entre dos luces, una que muere con la noche, otra que nace con el día; luna llena en la noche, aurora que pregona la mañana y estrella que ilumina al mismo sol, Piedad de Dolores, María Santísima de la Dulzura Tras la escena de la Piedad, Cristo es llevado a enterrar con un duelo fúnebre que va cerrando la procesión del Santo Entierro. Dice el Evangelista que José pidió el cuerpo y Arimatea preparó los ungüentos que perfumarían el cuerpo del Señor. En esta misma iglesia podemos ver el paso que representa la escena de este traslado, de esa pena por el amigo y maestro muerto que además tiene que ser llevado al sepulcro casi con prisas. Las mujeres se revelarán ante este último acto de agravio al Señor, y en la mañana después del Shabat volverán para hacer más digna la sepultura del Señor.

Cerrando la procesión, llega el Santo Sepulcro, la Urna que dicen en mi tierra, la tumba que el pueblo cristiano imaginó casi más como una cuna que como las sepulturas excavadas en piedra cerradas con una pesada losa. Cristo, Nuestro Bien, viene acunado entre oropeles e inciensos, bien tapadito entre sabanas bordadas como si su Madre lo hubiera arropado antes de salir de la Vera Cruz. La Cruz de Piedra del Campo de San Francisco es el recuerdo perenne de que allí murió Cristo, que allí descendió para volver a nosotros y que de allí comienza el fúnebre cortejo que llora por su Señor y enseña al pueblo la historia de un hombre bueno que además fue Dios. Pero antes, viene María, la Virgen de la Vera Cruz, mujer de Dolores, ya sola, sin nada que perder, implorando por las calles lo que ya nunca podrá recuperar. Clama el pueblo para que se alcen las doradas piedras de Salamanca a su paso; que la noche le arrope como un manto de terciopelo; que esa Cruz sea su lanza para herir el cielo y ese velo el palio de su desconsuelo. Que sean esas espadas que le atraviesan el alma, las armas de un ejército incruento, y esas lágrimas, el rocío de una mañana de invierno. Que sean sus venerables manos, las que nos acunen cuando anochezca nuestro cielo, y sea su estampa de Madre la que selle nuestro último aliento. Que calle la ciudad entera ante su Stabat incompleto, y se llene su alma de las caricias que perdieron. Sea su pena un río y Salamanca su valle, tiriten de pena las estrellas al contemplarle, y todo el orbe mundo llore el drama al mirarle.

Pero no ha terminado el luto. No ha llegado a su fin la interpretación del duelo por Cristo Jesús. Madre e Hijo seguirán recorriendo las viejas calles de la ciudad en esta noche de Viernes Santo. Desde la Catedral, las manos que acarician a todo un pueblo, que guardan como un tesoro el alma creyente de esta ciudad mariana, explosiona las puertas de una Catedral que palpita en las últimas horas de esta noche, tan santa como largo ha sido el día. Los negros caperuces atraviesan el dintel del templo, y las mujeres enlutadas testimonian una devoción popular y hogareña, transmitida en las casas de Salamanca en la misma intimidad de los dormitorios. Desde Fonseca, los silencios se recogen junto a Cristo muerto, ya liberado de su mundanal ruido. Junto a su catafalco, duerme el amor y la paz que predicó, y busca rincones de ensueño callejeando donde todavía quede alguien a quien amar. Las capuchas monacales esconden el rostro de los que oran ante el silencio de Dios, mientras las mujeres visten el luto charro y la fría brisa de la noche cerrada juega con las borlas que acarician su rostro. Mientras, el palio negro

de la noche contempla el cielo oscuro de la Madre que Benlliure talló para Salamanca. La muchedumbre porta entre lutos a los ojos que miran a toda una ciudad, y abrigada en su manto bordado, da calor a las gentes que no quieren dejar sola a su Soledad. La multitud consuela el triste penar de María, y entre sus varales, las miradas de las gentes se convierten en rosas que adornan sus pies. Misticismo en Liberación, devoción mariana en la Plaza, muerte que calla a la vida, vida que casi muere por soledad, terciopelo para quien llora y cielo abierto para quien muere. La ciudad contempla el contraste, y se estremece mientras la Semana Santa agoniza. Si en un costado las flores llueven sobre una ciudad emocionada, en el otro, las añejas rúas susurran sus silencios y penitencias mientras es portado un Cristo muerto. Como dos almas, un solo corazón que late a distinto ritmo, con distinta sonoridad. Son los rostros de la noche de la Cruz que comienza a soñar con la amanecida. Solo desde Pizarrales quedan unas últimas notas de Pasión, en la tarde del Sábado Santo, donde el Cristo de la Vela y Nuestra Señora del Silencio todavía pongan caperuces en su largo discurrir por Salamanca. Ya termina, un año más, y parece que fue ayer.

“El Domingo por la mañana, muy temprano…” dice el Apóstol Juan en su Evangelio. Calles de la ciudad, ¿conocéis el rumor de la vida tras la muerte que llenarán los silencios de vuestras esquinas? ¿acaso, viejas rúas, habéis oído con el amanecer que Dios ha sentenciado a la muerte? ¿Sabe el cielo de Salamanca, en su azul resplandeciente, que Cristo Jesús ha traído la primavera? ¿Lo saben en el Arrabal, tras el Tormes que vio como el Hijo del Hombre abrazaba a la muerte en una Cruz? ¿Lo saben en San Esteban, lo rezan las Barnardas despertando a su Cristo del Perdón para ver la amanecida más bella que vio la humanidad? ¿No lo han cantado las Úrsulas con los pasos todavía en sus carrozas? ¿No viste ya la Soledad el blanco pascual que rompió la ausencia del Hijo? ¿No suenan las campanas de San Juan de Mata, de San José Obrero, no repican las de San Pablo y las del Carmen de Abajo? ¿Qué dicen en las Catedrales en su solemne mutismo, cuando ayer se encendió el cirio que anunció la vida? Que no se guarden todavía los capirotes ni las túnicas, ni las medallas ni las varas, que todavía no guarden las bandas las notas de sus marchas. Que salgan las gentes todavía a hacer filas esperando los pasos, y abarroten la plaza por que todavía María no ha visto a su Hijo. Todavía hay un luto que acaricia un rostro expectante, todavía unas manos que tiemblan y lloran. La Plaza se convierte en templo para ver el sacro encuentro. Cristo viene de la parte antigua, María, de la nueva. Y ambos dos, juntos en el centro, hacen una sola Salamanca, ya eterna, ya invencible. La promesa se cumplió y juntos vuelven a la ermita de la Vera Cruz para guardar entre los bisbiseos de la iglesia la esperanza de una nueva Semana Santa.

Llego al final de este pregón y estas últimas líneas las quiero reservar para mi gente, para los que hacemos cofradía durante todo el año, en la capilla, en la cochera, entre Zamora y Salamanca, en la misa y en la mesa, con la oración y los buenos ratos entre risas y bromas. Porque al final, lo que queda cuando llegan los momentos difíciles, son los amigos con los que se comparte banzo y fila y también horas por las calles hablando de lo nuestro. No hacen faltan los nombres, aunque están dichos tras las palabras que han resonado en esta iglesia. Para todos vosotros, por todos vosotros, cada línea de este pregón.

Y sin más, agradecer a todos vuestra presencia. Muchas gracias a todos por haber estado aquí.

Pregonero: D. Alberto García Soto.

patrimonio_01

patrimonio_03

patrimonio_05

patrimonio_07

patrimonio_09

patrimonio_11

patrimonio_13

patrimonio_15

Altar de Insignias

Cultos

Estación de Penitencia

Proyectos

Normas Donaciones