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Señoras y señores, hermanos y hermanas, muy buenas tardes.

 

No podría comenzar mi Pregón sin la palabra gracias en la garganta reseca por la emoción. Gracias a esta asociación por haber pensado en mi para ilustrar la primera página de una pasión que estamos a punto de comenzar pero que llevamos soñando semanas, meses, varias estaciones, y que algunos cuentan con días, con horas. Gracias a la Cofradía de la Vera Cruz por abrir las puertas de este magnífico templo a la voz de la emoción y de la música, y gracias a Ana por devolverme los trastos en estas lides pregonantes a las que hoy me lanzo por primera vez, en casa, y arropado por hermanos y amigos. Me siento halagado por la petición que en su día se me hizo desde esta asociación, para pregonar nuestra semana santa, y hoy, en el momento de empezar es justo que lo agradezca.

 

Desde la Semana Santa, sus hermandades, sus templos, sus gentes, sus espacios vacíos, su larga cuaresma, sus ausencias y sus presencias, su vivencia a lo largo del año, sus brillos, sus luces y sus sombras podemos tomarle el pulso a la vida, y también a nosotros mismos. Siempre lo mismo, siempre profundamente distinto, como el ser humano, como la primavera que florece cada año en medio del frio de marzo para brotar a la vera de cada uno de nuestros pasos, a los pies de Jesús Nazareno, sobre las tallas de nogal o los respiraderos de plata para ornar el sufrimiento doliente de nuestras barrocas imágenes pero también para anunciarnos que el Resucitado pronto recorrerá las calles charras convertidas en caminos de romería por un día al son de la dulzaina y el tamboril.

 

No deja de ser sorprendente la presencia joven en la Semana Santa de Salamanca. El compromiso de la renovación vigorosa de lo que brota nuevo, sobre madera vieja, añeja, a veces astillada, otras bellamente patinada, siempre primorosamente labrada por las manos de los que pasaron delante de nosotros en la procesión santa de la vida. Renovación y modernidad junto a preservación y tradición. Una difícil ecuación que en Salamanca sabemos resolver con el cálculo del corazón de una ciudad que es capaz de aparecer nueva y reluciente para el estudiante de otra provincia que descubre en ella no solo el saber y las aulas, sino la vida, mientras que al mismo tiempo sabe mostrarse vieja, dormida e indiferente a aquellos recién licenciados que descubrieron la rana plateresca a tiempo, postrando, o no, sus apuntes ante el Cristo de la Agonía, y que corren en los primeros días de julio u octubre en busca de otros horizontes menos platerescos y más altos que el Soto de Torres. Creo que la Semana Santa Salmantina debe mucho de lo que es a la juventud y a las ganas de mejorar aquello que hace años eran “las procesiones de Semana Santa” y ahora van siendo más frecuentemente llamadas, “las cofradías o hermandades de Semana Santa”. Podemos estar satisfechos, pues este cambio significa mucho. Significa por ejemplo que hoy estamos aquí, acudiendo a la llamada de unos cuantos cofrades, que emplean su tiempo, escaso, me consta, en celebrar el preámbulo de la Pasión, significa que los que más recientemente nos hemos incorporado al mundo cofrade, por mero computo de edad, lo hemos hecho, entre otras cosas, con el deseo firme de que la hermandad como concepto sea una realidad que podamos vivir dentro de la casa de todos que son las cofradías. Que nadie vea una crítica en mis palabras a los más mayores. Todo lo contrario. Si hoy tenemos hermandades centenarias es porque muchos mayores, que también fueron jóvenes, supieron, mejor o peor, hacerlas llegar hasta nosotros, y más de lo mismo ha de ocurrir con todos los aquí presentes. Luces y Sombras, aciertos y errores, sabiduría e intuición, sueños y decepciones, buena fe y debilidades humanas son ingredientes esenciales en la mesa y con los que se aliña la vida. Es por esto que mi pregón lo quiero dedicar todos los mayores, porque alguna vez estuvieron al inicio del camino de la vida, y es la manera de dedicárnoslo a nosotros mismos, a todos los que escuchamos esta noche aquí y a un servidor que las pronuncia, estas palabras, porque seremos mayores algún día, unos más pronto que otros, como va siendo mi caso. Y veremos entonces que como la misma Salamanca, lo que antaño fuera nuevo y estimulante, quizá mañana parezca antiguo y olvidado, pero estaremos tranquilos sabiendo que renovar lentamente la savia y la sangre de la Pasión dorada ha llevado siglos, y somos un eslabón que quiere ayudar a esta ingente, dolorosa a veces, ingrata otras, pero sumamente hermosa e incomparable tarea; la de sacar a Jesús a la calle en el recuerdo vivo de su Pasión para permitirnos volver a tener un año más, primavera.

 

Pensar en lo que ahora está ocurriendo aquí ha ocupado mucho de mi tiempo, de mis ideas, y porque no decirlo, de mis noches en los últimos dos meses. Mis noches de cuaresma frecuentemente han sido agitadas, tanto más cuanto más se acerca la Semana Santa. Es una especie de tradición personal que a buen seguro comprenderán muchos de los cofrades aquí presentes. Comienza algo antes del miércoles de ceniza y termina con una tarde alegre y sentimental de Domingo de resurrección, alargando la Semana Santa todo lo posible, con los hermanos que quedan en pie, algunos familiares, en definitiva, un grupo de amigos, recordando lo que fueron los 10 días que ya se vivieron: aquel golpe de martillo, el hombro enrojecido, aquella saeta y la elegante cadencia de las faldillas de mi paso en calle de la Rúa; La comida de todos juntos el Domingo de Ramos, la del Jueves Santo, el potaje y los limones de mi madre, que son los mejores del mundo, esas llamadas de móvil en las que no hay palabras, porque no hacen falta, y si en cambio, se escucha una marcha de procesión que te regala un amigo que se ha ido este año a la Semana  Santa de Córdoba, la mano agarrotada de empuñar el cirio contra la fría madrugada y los pies hinchados que se niegan a dar un paso más... Y mientras vives tu cofradía paso a paso, día a día, hermano a hermano, no puedo dejar de sorprenderme con sentimientos y emociones que me asaltan desde hace años todas las primaveras: ver colgados los hábitos, limpios y planchados una semana antes de las procesiones, tras su obligada reclusión anual, la llegada de las cartas, boletines, cobros, noticias en el periódico, la creciente comunicación entre hermanos que viven alejados y que se reúnen estos días de frio, ternura, café y aguardiente.

 

Las habituales tertulias nocturnas no han tenido lugar para mí por la diferencia horaria, el chateo en los bares alrededor de la cofradía, tampoco. No he podido besar las manos ni los pies de Jesús, apenas he llegado a tiempo de subir a la carroza un ramo de flores para la virgen de mis amores. Pero poco importan ahora todo eso, cuando escucho resonar mi voz, y veo a tantos hermanos y amigos escuchando, sentados en los bancos que pronto removeremos para sacar las procesiones. Y poco importa la cofradía de la que seas, o cual es la imagen que te hace temblar. Cuando Salamanca se derrama por sus calles en procesiones, no hay excusa para no querer desgastar tus pantalones en las escaleras de la compañía esperando al Cristo Yacente, o para hacer de tripas corazón y aguantar a ver entrar la Soledad y cruzar el Patio Chico al Cristo de la Liberación, o esperar bien abrigado en un escalón de cualquier portal de la calle Meléndez a que pase la Piedad, otro que el frio que ni el más templado de los cafés, ni el más espeso de los chocolates logra nunca arrancarte del cuerpo hasta que el banderín del resucitado asoma por el dintel de la Vera Cruz.

 

Y todas las cuaresmas, son, como todas las Pasiones a las que preceden, distintas e inolvidables. Las cuaresmas de cuando era niño, no podré ya sepáralas de los recuerdos de mi hermano, pequeño como yo, y por entonces, el semanasantero mas entregado. Empleábamos bastante tiempo leyendo y releyendo noticias y recortes, programas de mano, dibujando itinerarios y aprendiendo casi de memoria el único libro que por entonces se había publicado de nuestra semana santa, el de Juan José Andrés Matías. Todo ello era guardado año tras año en los álbumes de su particular biblioteca, aprendiendo los nombres de cofradías y pasos, de pasos y escultores, de escultores y sus siglos. El siempre sabia más que yo, y me transmitió esta Pasión por la Pasión, algo que siempre le he querido agradecer. Y su Pasión, entonces infantil, ahora madura, me pareció y me parece el crisol perfecto a través del cual llegar a conocer a Salamanca y a sus gentes, su geografía, su arte y su espíritu, y su esencia, siempre difícil de hallar, que tanto más permanece escondido para aquellos que pregonan audaz, e irreflexiblemente que carece de sabor, cuando lo que pasa es que no se han detenido a mirar y a dejarse enamorar.

 

Semanas intensas estas de la cuaresma en que se culmina de puertas hacia dentro el trabajo de todo un año, los proyectos que con tanto esfuerzo se ponen en marcha, las novedades, los ensayos con los pasos, la foto del cartel, que este año es de mi cofradía, con las bandas, la elección de las flores de la Virgen, en la que se pone tanto empeño como si fuera una novia, al elegir el blanco roto más hermoso posible para sus calas y rosas, que aunque lucirán apenas unas horas en sus jarras, esmeradamente limpias, quedaran para siempre en el recuerdo de quienes entretuvieron muchas de sus tardes en su ornato, y en procurar al paso de Cristo que el manto rojo sobre el que camina, sobre el que se alza su cruz redentora, sea tan perfecto que no parezca hecho de flores, sino de color bermellón desbordado desde la paleta de un pintor colectivo que escancia sangre y aceite para lograr que el rojo clavel no solo sea pulcro, sino que de rojo, queme.

 

Hubo muchas cuaresmas en las que el canto, que iba a ser mi profesión, se iba haciendo cada vez más presente. Entonces, un joven músico aficionado que se esforzaba por aprender canto, participó mucho en actos de hermandad, ahora cantando, luego dirigiendo, otra vez cantando... y que siempre tendrán un hueco en mi memoria: Nos esmeramos mucho en 1994 cuando Garvín compuso el Himno de la Hermandad Dominicana y que estrenamos en la misa que ofició el Nuncio de sus Santidad en España en San Esteban, junto con su Misa Charra, siendo la primera vez que yo cantaba con una orquesta, aquella vez, desde el coro. Como lucía Nuestro Padre Jesús de la Pasión en lo alto del Altar Mayor, y la Esperanza, más guapa que nunca con el manto de los toreros resplandeciendo en la luminosa mañana de Domingo de Pasión, con San Esteban abarrotado y festivo, tan distinto de como se muestra cada miércoles de ceniza, cuando la procesión silenciosa y claustral del Cristo de la Buena Muerte escucha el canto destemplado de las voces jóvenes y mayores que entonan “Victoria tu reinaras” en el ocaso del Carnaval y el comienzo de la Cuaresma.

 

Domingos de Pasión en San Julián, que terminaba el triduo con nuestros cantos, ante el siempre espectáculo barroco del Paso del Encuentro, la joya de la familia churriguera, que son dos, cuando cruza la Plaza Mayor y el cíngulo del nazareno se mece suavemente para no hacer daño al divino cuello del Señor de Salamanca. Y de San Julián a San Esteban, para celebrar al Pasión. Y de ahí algunos años, a la Misa del Cofrade, a cantar en San Pablo a Jesús Rescatado, solemne, hierático en su hornacina, Dios de todos los Salmantinos.

 

No puedo dejar de referirme a la cuaresma quizá más intensa de todas las que hasta ahora he vivido, aquella en la que alguien pensó que yo era capaz de dirigir un paso. No era un paso cualquiera, aunque ahora el nombre es lo de menos... Yo no llevaba muchos años cargándolo, pero no corrían buenos años en la carga de la cofradía, y en particular, de uno de sus pasos. Mientras otras imágenes contaban con dos turnos, nosotros a duras penas lográbamos completar la procesión año tras año, lo cual, aunque con la comprensible amargura, nos llenaba en el fondo de satisfacción y orgullo. Los que íbamos debajo sabíamos muy bien lo que costaba aquello. En uno de aquello años en que el siglo cambió, casi nos quedamos en casa el Jueves Santo; Como venía siendo habitual, habían acudido menos hermanos de la cuenta, pero en ese momento ni tan siquiera se podía levantar del suelo. De repente, y ante el trance de no sacar el paso en la procesión aquel año, con la calle llena de público y todo listo para empezar, una decena de improvisados cargadores nos decidimos a que el paso saliera, costara lo que costara. No fue merito mío, ni mucho menos, sino de la generosidad de los hermanos y hermanas que sacrificaron sus hombros, su salida procesional al lado de otra imagen y sus promesas para ayudar al paso... que terminó siendo el paso de todos nosotros. Y así fue. Salió muy dignamente, y aun es más, ese día bajo las andas hice amigos verdaderos. Es preciso que recuerde a mis hermanas, Lourdes, Henar, Isa, y todas las chicas de la seráfica que siempre han estado con la mejor voluntad para ayudar, para lo que haga falta. Aquella fue la primera vez, pero después hubo más, incluso se lanzaron a ayudar a otra cofradía a sacar uno de sus pasos. Y eso se llama hermandad, y para gestos así, no existen palabras de agradecimiento. Solo uno sabe lo que se siente al encontrar la mirada de un cargador, o de una hermana de paso, bajo el capuchón, desde dentro del cajón, cuando el paso sube por la cuesta y sientes que es la unión de todas esas personas lo que hace posible el momento místico en que un grupo escultórico se mueve en silencio, rezando a cada zancada, pisando las piedras que componen la Vía Dolorosa charra que es coronar cargando la Calle Compañía. Los recuerdos bajo el respiradero aquel año son imborrables. Poco importaba que supieras o no cargar o que fueras hombre o mujer... lo importante era Cristo y la sensación intensa de estar haciendo cofradía y unión. Fueron las horas de hermandad más intensa que he vivido nunca. Al año siguiente, los problemas de carga comenzaron a ser menores, hasta desaparecer. Fue entonces cuando me encargue del paso. Yo era más, joven, inexperto y animoso, con ganas de aprender y más ganas aun de salir airoso de la difícil tarea que se me encomendaba y que gustoso acepte. Sacar el paso y además, reconfigurar la carga en un momento difícil. Iba a todos lados con papel y bolígrafo, por si podía hacer un alta, repasaba mentalmente la reducida lista que me había dado Santiago, por entonces secretario de la cofradía, y contaba y recontaba, y me salían escasos 22 hermanos de carga... y necesitábamos por lo menos 40... No sé muy bien como lo hice, pero conseguí tener 38, entre los amigos a los que les pedí el favor, el amigo del primo del cuñado de no sé quién y dos que se dejaron caer por las Úrsulas el día del montaje. Imprescindible tener cerca en esos meses de duro trabajo cofrade a Paco, Santiago, José Carlos, Pepe, Arturo, Goyo, Leopoldo y Vaz y por supuesto, mis hermanas que siempre tenían la palabra de aliento precisa. Aquel año de mi estreno al martillo mi única preocupación era que todos terminaran contentos como para repetir al año siguiente y que el paso volviera a las Úrsulas. Los dos huecos que llevábamos se llenaban sobradamente por las ganas por sacarlo... y vaya que sí que lo sacaron. Cuando vi al Jesús cruzar el dintel del convento la emoción nos invadió a todos, pero sobre todo a José Carlos, quien lo había puesto a hombros diez años antes, y lloraba como un niño. Para rematar la dicha, aquel fue el primer año que paso salió con Banda de Música, y allí estaban Manolo, Carlos padre y Carlos hijo, Oscar y el resto de la banda, dispuestos a cargar el paso también, pero a base de labio, de golpe de muñeca y de digitación rápida, haciendo que el “Prendi” se meciera como lo que es, uno de los grandes. Al terminar, el Cristo que tallara en Granada la recia mano de Don Damián Villar, nos sonreía a todos. Ni que decir tiene que lo que vino fue una hermosa experiencia de hermandad en los años sucesivos, en las que se sucedieron cenas, reuniones y lo más importante, el inicio de los cultos a Nuestro Padre Jesús en su Prendimiento, con su besamanos, que resultó todo un éxito, y nuevas caras, otros que antes eran pequeños y que sin darse cuenta habían llegado al banzo, Germán, Álvaro, Alex, Rubén y tantos otros.

 

Han pasado algunos años, y la vida me ha llevado a vivir lejos, muy lejos, de Salamanca. Allí donde nadie pertenece a una cofradía, donde nadie saca pasos, donde ni tan siquiera es la misma hora que en España, y las estaciones del año son distintas en duración e intensidad, allí uno se siente más cofrade que nunca, mas charro, mas español y más europeo. Es entonces, cuando me puedo preguntar por el valor de la hermandad, el valor de lo que aquí hacemos desde hace tantas generaciones, y vuelvo a mis percepciones y sentimientos primeros. Ahora tocan cuaresmas de espectador, de no poder bajar por la cofradía, de esperar como cuando niño para disfrutar del olor a capuchón de seda recién planchado, y dejarme sorprender por una marcha de cuyo nombre me cuesta acordarme, pero que siempre suena en mi memoria, anclada en la calle libreros.

 

Estas noches de cuaresma, lejos de Salamanca, a la hora en que en Salamanca probablemente amanecía, las brumas del sueño llegaban a mi evocando el olor a incienso que este año no me ha atenazado el estómago en la primera bocanada, han llegado envueltas en el color dorado de esta capilla que hoy acoge mis palabras, y en el morado del terciopelo de solera que dentro de pocos días ayudaré a colgar de las carrozas de mis pasos. Y aun así, lejos, he tenido a las cofradías muy cercanas, gracias a esos lazos de hermandad, que te hacen sentir en casa, estés donde estés. Este año no ha habido tertulias semanasanteras que tanto me gustan, y de las que este año he estado prácticamente privado, más que por la lejanía, por la incompatibilidad horaria entre Estados Unidos y España. Por suerte estaban los correos electrónicos de Tomás, que tan cumplidamente nos manda a los cofrades, la correspondencia con Álvaro acerca de este pregón, la blogsphera, Ana, el Messenger (a cuenta gotas), los mensajes de móvil de Jesús y Paco y las ganas de volver a casa para la Pasión, conocer las novedades y poder vivir, aunque sea fugazmente, un poco de hermandad.

 

Me debo estar haciendo mayor, y tiendo a pensar que aun voy corriendo detrás de las filas de público con mi primo persiguiendo a mi hermano, que va con los del Perdón en la Borriquilla, o que persigo al barquillero antes de que llegue la Hermandad Universitaria a la Rúa, o que compramos pirulís esperando a que pasen los Pizarrales por Monterrey.

 

Han pasado un puñado de primaveras, y de ellas conservo algunas fotos e instantáneas, a menudo como pequeñas frases, pequeños gestos... recuerdo las noches del domingo de Ramos cuando bajábamos el Camino de las Aguas para encerrar a Jesús del Perdón, con los pies destrozados después de casi 5 horas de procesión, y con un examen en el instituto a la mañana siguiente... no puedo afirmarlo científicamente pero algo tuvo que hacer aquella mañana desnuda de procesiones de Lunes Santo, Jesús del Perdón con la Química y Física aquel año... otra fotografía mental imborrable son las procesiones del Cristo del Amor y de la Paz, siempre de recogida, pues nuestros deberes seráficos nos impedían verla en otro momento. Hubo un año mágico en que un hermano de paso del Cristo (único paso de la procesión entonces) alargó su mano para darle un caramelo a mi hermano, todavía con la túnica blanca del jueves santo, pues hacía frío. Era muy tierno ver un capuchoncito tan chico viendo procesiones con sus padres a esas horas... diremos la verdad, era el capuchoncito el que nos llevaba a ver las procesiones a nosotros. Parece ser que yo hice algo parecido poco después, y hoy estoy aquí, hablando de Semana Santa y de recuerdos. Me consta, el capuchoncito sigue saliendo, lo más atrás en la fila, y lo más cerca que puede, con la Virgen de Montagut.

 

La Música desde siempre estuvo presente en mi vida, y desde edad temprana ligada a la música de Semana Santa. No podía dejar de presentar en este día, mis respetos a los profesores de la Banda de Música de Ayuntamiento de Salamanca, que sin ellos saberlo agrandaron en mi la curiosidad por la música, música instrumental, música viva que sonaba en tristes y cadenciosos acordes cada tarde de Jueves y Viernes Santo, detrás de las Dolorosas de Salamanca, las de Montagut y de la Vera Cruz, tan distintas y tan idénticas, acompañadas por las mismas músicas durante años; la una, erguida, sin llanto, serena, caminando al son de los maestros de la marcha de procesión tan netamente española, con brío, ganas, fuerza, y señorío. La recuerdo viva, con aliento, casi jadeando apurada subiendo la calle compañía en busca del hijo; y no la entendía escultura cuando la miraban mis ojos de niño, gracias al ímpetu de los hombros de sus hombres de paso, con sus letras griegas bordadas en el pecho de su mortaja blanca, que entraban y salían de las faldillas moradas que ya pertenecen a otro siglo, bajo la arquitectura neo renacentista que una mano maestra, y artesana, tallara para ensalzar la obra de la mano sublime y artista, que el siglo de hierro quiso regalar a Salamanca en forma de poesía académica: Montagut, y la Dolorosa de los comerciantes. Doña Romana Serra le regalo su rostro y la señorita Andrea Núñez las manos, esas manos que se clavan con fuerza descuidada en la corona de espinas sin importar el dolor mientras sus ojos azules se clavan en la noche barroca de Jueves Santo. Porque la Dolorosa tiene los ojos azules, pero se los ofrece al cielo templado del Jueves Santo Salmantino, ocultándolos de cuantos la admiran. Está tan viva y es tan musical que siempre me pareció que la Dolorosa canta, y de sus labios entreabiertos surge la melodía inaudible y misteriosa que enamora al que sin poder oírla, la escucha, y pone en sus labios el nombre hermoso y rotundo, como ella, que Salamanca le regaló: La Ramona, expresión máxima de cariño y popularidad mundana entre los charros, de la imagen divina y exquisita. De aquellos años de procesión, que ya van quedando lejanos, quedaron en mi retina la imagen de los profesores de la banda del ayuntamiento, con su puñado de marchas en el atril, con el papel amarillento de haber sonado tantas y tantas veces, detrás de la presidencia. Y llegaba el momento mágico cuando Pastor se giraba a la percusión y les decía “Nuestro Padre Jesús”... y aquella era la primera vez que iba a sonar aquella Semana Santa, ya que por entonces la Municipal era la única banda de viento que salía, y la primera procesión que hacían era la de los comerciantes, con sus abrigos largos y su gorra de plato cerrando la procesión de la airosa capa blanca. Revuelo de particellas, pinzas para que no se volaran, y entonces, atrasado en la fila pude leer de la partitura, cuando la procesión discurría a la altura de los Capuchinos, “Nuestro Padre Jesús, marcha de procesión sobre motivos andaluces, del maestro Cebrián”. Cuatro pasos más de marcha lenta regular, el aviso, y... sonaba la música que me esforzaba en memorizar cuando los discos de marchas de procesión eran escasos y no se encontraban por Salamanca, en ningún lugar. Y la recordaba durante todo el año, haciéndome compañía en las tarde de cuaresma en que se acercaba la Pasión.

 

Al terminar la procesión, la banda tocaba el himno nacional, para que entrara la virgen, siempre delante del Cristo: “las señoras primero” como se escuchaba entre las filas. Y ese era el final del concierto sacro que significaba escuchar todas aquellas magnificas composiciones, algunas de ellas perdidas hoy para la semana santa pues ninguna banda las incluye en su repertorio. Por último, Paco Pastor se volvía a dar la vuelta hacia la banda, con el cuello del abrigo levantado, pues la madrugada se estaba revolviendo, diciendo escuetamente “hasta las 5 de la mañana” a su banda, segundos después de que Pepe hubiera encerrado a la Dolorosa de mis amores, sencilla y humana, sin lágrimas, y sin corona que aliviase su pena infinita, entre las filas de hermanos de luz, tan bien dirigidos por la vara maestra de Julián, mientras los mas ya pensaban en cambiar el hábito de lana por el de lienzo para que dentro de un rato, honrar a la Virgen de la Esperanza con la música de Cebrián, de Pascual, de San Miguel o de Texidor.

 

La otra de mis Dolorosas, en mi niñez, iba elegantemente portada a ruedas, tan levemente que casi volaba, con una distinción que salía, ahora lo sé, de los siglos de devoción sincera de las gentes sencillas, que siempre encuentran en su pequeña capilla el espacio silencioso y recogido para los momentos en que uno necesita encontrarse a solas, consigo mismo, o con ella. Iban cuatro hermanos empuñaban con dulzura los tiradores, como para no hacerle más daño en el corazón con el movimiento del paso, ya que las espadas plateadas se mecen agitadas con el viento recordándole el Dolor que se desliza por su rostro en forma de lágrimas, mientras sus destellos argentinos hacen que su tristeza y amor infinito se claven profundas en quien tiene el privilegio de verla, caída a los pies de la cruz, pero erguida en su dignidad abandonada, casi rococó, sobre los dorados retorcidos de su paso que embriagado de amargura reza en latín, “Venite et videte si est dolor sicut dolor meus”...“venid y ved si hay dolor como mi dolor...” En una de aquellas sombrías tarde noche de viernes santo aprendí que la diferencia entre una banda y una orquesta estribaba en la presencia o no de violines, cellos y otros instrumentos de cuerda. Me pareció raro que una música tan especial no tuviese violines, que para un niño como yo eran algo así como la aristocracia del sonido, además de ser la diferencia entre la música clásica que escuchaba en los discos, y toda la demás. Mi padre me sacó del error, aclarándome que una banda no llevaba cuerdas, pero que en cambio tenía instrumentos que no tocaban en la orquesta como el bombardino o el requinto. Mientras, la Dolorosa se iba perdiendo por la Calle Quintana camino de la plaza Mayor... algunos años más tarde, esa misma tarde de viernes santo, me encontré bajo lo banzos de la virgen, y aún recuerdo como ver aquellas letras doradas ornando la carroza, aquel rezo eterno desconsolado, ayudaron a seguir hacia adelante en la noche de carga, como ahora me ayuda cuando estoy en un trance difícil.

 

Aquel año mágico, en que muchos parecían desear que la Dolorosa tuviera que volver a usar las ruedas, otros que, maliciosamente miraban nuestra joven e inexperta carga, aquel año los antaño dulces compases de la Banda Municipal se convirtieron en la tremenda expresión del peso del paso sobre los jóvenes que ahí estábamos, pero también valiosa ayuda para “tirar parriba” orgullosos de que la reina de esta pequeña y única capilla volviera a salir a hombros llenando la Rúa Mayor con su esplendor. Mi corazón de hombre de paso, de hermano de carga, había nacido, de la mano de una marcha procesional. “Mater Mea” fue la composición que la Municipal tocó para la Virgen cuando esta volvió a las calles a hombros de devoción. Allí estaban José Carlos, Javi, el Señor Matías, Luís, y tantos otros. Al salir de la Vera Cruz cansado, casi derrotado, pero contento, me encontré con Willy, mi amigo inefable, que me hizo una de sus preguntas, de estas con las que me suele retar, lizas de las que casi siempre sale ganador él, además con justicia, pero aquella vez yo sabía la respuesta: “Quien compuso la marcha MEKTUB”? “Mariano San Miguel, Willy” “anda, sí que te la sabes, pero... a que no sabes qué significa?” “Todo está escrito” le dije yo, “Muy muy bien, si señor...” mientras ya estaba pensando la siguiente pregunta y me felicitaba por la puesta a hombros de la Vera Cruz...

 

Hubo otras cuaresmas en que ya siendo músico, trabaje mucho, como aun lo hago, y espero hacerlo más, en los días previos a la Pasión, en que el público demanda obras sacras a modo de preparación artística para la Semana Santa. Pienso con especial cariño y tristeza en los pórticos de Pasión en que se celebraba la el Ciclo de Música Antigua y religiosa de Salamanca.

 

Con cariño, pues fue uno de mis primeros escenarios artísticos en mi campo, el de la Música Antigua, y tuve la suerte de estar en programas con músicos de relieve internacional, que trajeron sus voces e instrumentos hasta Salamanca para poner música a los escenarios silenciosos de nuestras iglesias: San Pablo, Capilla Universitaria, Espíritu Santo, San Blas... Durante varios años cante en el coro varias obras, todas pasionales, que aún me emocionan en el recuerdo. La Pasión según san Marcos de Káiser, compositor alemán del S. XVIII es especialmente recordada por los músicos que la interpretaron en aquella ocasión. Como siempre, intenté conjugar en mis quehaceres más de los que podía abarcar, y literalmente me fui con las manos manchadas de la tornillería que sujeta los sayones al paso, a dar el concierto. La sensación del metal, la madera, el contacto con Jesús y el resto de imágenes, hacía aún más viva la sensación vívida y sensorial de la música que narra la Pasión con la precisión realista con que lo hacen nuestros pasos procesionales. El Barroco protestante dejo para el deleite del oído lo que el católico lego para gozo visual. Así, en vez de Pasiones cantadas en las que el texto estremece, nosotros construimos pasos procesionales; ellos, tienen a su comunidad preparando el concierto sacro, nosotros, la cofradía que escenifica el descendimiento de cristo y el duelo santo de viernes de telas negras y doradas. Hoy en día, todo ello es conjugable para mayor loa de lo celebrado en los días santos. Otro año, la programación concertística se solapo por un día con la procesional. Yo, con el alma dividida no sabía a qué asistir... ¿cómo iba a perderme la procesión? ¿y cómo iba a no escuchar el maravilloso concierto? Al final, decisión salomónica en mi lucha interior. Escuché la primera parte del concierto pensando a que esquina habría llegado ya la cofradía, y en el intermedio me fui corriendo a ver la Procesión, pensando en que el “Alma Redemptoris” estaría sonando cual música celestial... y cambié la magia de Monteverdi por los platos, los tambores y el bamboleo del paso que se perdía en la noche camino de la Iglesia.

 

Pero también recuerdo aquellas cuaresmas tan musicales con tristeza porque ya no tenemos ese magnífico pórtico. Es cierto que hay muchas actividades y se programan conciertos, pero no es el nivel de aquel ciclo, que iba camino de poner a Salamanca en el mapa de la Música Antigua en el mundo, y de las Semanas Santas con interés cultural y musical, en las que se aderezan, además de la labor de las hermandades, actividades de primera fila para todos los públicos, y eso para mí significa música sacra... La suspensión indefinida del ciclo supuso una gran tristeza para muchos, y total indiferencia para la mayoría, acostumbrados como estamos a no mirar en general y a poner la lupa sobre lo individual. Como siempre, perdimos todos, aunque siempre queda la posibilidad de ir a Zamora, o a Cuenca, que si tienen sus magníficos ciclos musicales, de renombre internacional.

 

Vaya desde aquí mi apoyo incondicional para quienes tan duramente trabajaron en aquellas deliciosas y edificantes programaciones, con el deseo expreso de recuperar un ciclo que Salamanca tiene el derecho a disfrutar y el deber de promover.

 

En los últimos años he sido yo quien ha ido a distintas pasiones en los días previos a ramos, a cantar en sus ciclos sacros, pudiéndome acercar a sus cofradías, que ultimaban detalles al tiempo que yo hacia la prueba de sonido, el último retoque, antes del concierto. Así pude ver “por dentro”, casas de hermandad, capillas, conocer a cofrades, admirar pasos y cantar para ellos en lugares como Málaga, Pilas, Marbella, Madrid, Ferrol, A Coruña, Palencia, Zamora, Badajoz, Burgos, Logroño o Murcia, todos tan distintos pero tan iguales en cuanto a sentimiento y dedicación. Partituras, canto, cera, habito y mantos dolorosos han convivido en mi durante muchas cuaresmas de este modo.

 

La obra más reciente, que aún resuena en mi cabeza, es la Pasión según San Juan de Bach... que he estado interpretando estos días. Poco puedo decir de una de las obras cumbres de la historia de la música, sobre la que casi todo se ha dicho... pero seguramente los musicólogos alemanes, holandeses o norteamericanos no han reparado en las enormes similitudes que existen entre esta representación barroca de la Pasión y muerte de Cristo, en que la palaba y la música son los vehículos para acercar al pueblo el evangelio, y la labor fecunda de nuestras cofradías castellanas y barrocas, que con sus pasos procesionales representaban y aun representan la pasión de cristo, con todos los actores de madera necesarios para su comprensión, junto a las imágenes devocionales de mayor relieve. Música y escultura, las dos caras de la moneda de la escenificación la Semana Santa.

 

Así, cuando el Evangelista comienza la narración en la partitura a través del hermoso y austero recitativo, es fácil imaginar las iglesias llenas en Alemania, en un lluvioso viernes santo de principios del S. XVIII, donde la procesión era imposible e impensable, siguiendo la sacra historia con el silencio y devoción con que el pueblo castellano admira la llegada de la cruz de guía de una procesión al caer la noche. Cuando el primer aria del Alto se inicia tras los sobrios corales luteranos, y el virtuosismo vocal hace gala de su exuberancia y su particular horror vaccui, es fácil pensar en las delicadas hornacinas en que descansas nuestras imágenes... pero el evangelio avanza en su narración, y las escenas más dolorosas se aproximan al espectador, y entonces para mi es inevitable que aparezcan en mi mente los rostros feos y malvados de los sayones, los judíos que en la obra de Bach, cantan de forma ridícula y perversa:

 

Wir durfen nieman toten, “no podemos castigar con la muerte”, pidiéndole a Pilato que sea el quien ejecute la pena al Nazareno, y es que parece que Juan de Juni, Gregorio Fernández o Carnicero escogieran el mismo modelo humano que Bach con sus rostros feos y retorcidos, al igual que las notas musicales entregadas al coro en ese momento; Resulta fácil traer a la mente al Catalán, el Jesuita, el Español o a Bocarratonera, los sayones feos de Salamanca al escuchar las agrias palabras del coro en “Sei gegrusse lieber Juden konig!, Salve, O rey de los Judíos! en la escena de la Coronación de espinas y de la mentira cuando estos exclaman “No tenemos otro rey más que el Cesar!” “denn wer sich zum konige machet der ist wider den Kaiser!”.

 

Cuando el Evangelista relata los azotes con una partitura exigente, muy difícil, ¿quién, conociéndolos, no va a pensar en las manos atadas y el tirón de pelo que sufre el Jesús de los Azotes?

 

Aquellos tallaron la madera, pero Bach tallo la partitura barroca con el mismo primor que emergen los paños de la dolorosa alrededor de su cara, que los clavos atenazan los pies del Cristo Dormido de los Doctrinos, que la gubia que entreabre los labios de San Juan, o el primor de la túnica que recoge Jesús Flagelado, mientras el barítono canta “de las espinas de tu dolor brotan los más dulces frutos...” y la soprano hace una elegía a la flauta que hace brotar las lágrimas del creyente al igual que aquí lloran nuestras dolorosas. Y el momento cumbre, el duelo con que finaliza esta maravillosa procesión musical, se entona “Ruht Wohl”, que significa “Buen Descanso”, casi como una canción de cuna en el deseo del despertar del Domingo de Pascua y que me es más fácil de entender al contemplar a Cristo Nuestro Bien en el Santo Sepulcro y su cama con bordados, con el deseo de que sea una cama de la que poder levantarse y no una lápida eterna, la que cubra el cuerpo atormentado de Jesús. Protestante una, católica otra, ambas coinciden en el sentimiento, la imagen y la fe en la resurrección, acunando a Jesús en un lecho de triste dulzura, con una nana esperanzada, en la noche de Viernes Santo.

 

FINAL

A base de años y de coleccionar semana santa de aquí y de allá, uno se forma una idea acerca de cómo debe ser un pregón, pero la libertad de este, por ser joven, y por ser yo, me parecía, y aun me parece, no tener fronteras. El camino a seguir, el del recuerdo de unas cuantas semanasantas ya vividas, y la ilusión por aquellas que han de venir. El marco, Salamanca, porque no sabría estar en Semana Santa en un lugar donde el pueblo no lo celebre a su modo, y el cuándo, en ese tiempo infinito que media entre pascua y ramos, el de todos los hermanos que lo son todo el año, y donde las promesas cofrades y personales ganan fuerza a medida que uno se hace mayor.

 

Fue emocionante imaginarlo, pero más aún es vivirlo: alzar la voz en la capilla de mis hermanos, de los de ahora y de los antes, de aquellos que vieron llegar a la Dolorosa en procesión desde Madrid, a comienzos del S. XVIII, aquellos que fueron a buscar las imágenes del Culo Coloroao cuando las acababan de pintar para montarlas en el tablero, aquellos que regalaban las rosquillas en el novenario de la Virgen, al terminar el rezo, entre cohetes... y de todos los salmantinos que aquí se apiñaban hace siglo y medio para escuchar el Stabat Mater Dolorosa que la orquesta de San Eloy interpretaba, podríamos decir, a modo de pregón, en presencia de la Virgen.

 

Solo quedan dos días. Dos días para que estas andas de desperecen, la madera dorada cobre vida, las palabras grabadas al rededor del paso, recen en silencio por las calles cercanas a esta capilla el viernes de dolores... y habrá llegado el momento de entre todos, por mi más anhelado. El momento en que Salamanca se hará silencio para acompañar a Cristo y a la Virgen de la Soledad, que hemos de llamar de la Amargura, porque solo en silencio se puede escuchar la fe de un pueblo, el peso de la historia, y la conciencia. El Silencio, el bien más preciado para el músico, pues sin él su arte se hace imposible. El Silencio, que hace incómoda la presencia de quien llena sus vacíos con demasiados palabras... es el momento que yo espero en cada día de la pasión, cuando este se hace presente, aunque sea en un solo instante, y la esencia de Salamanca, breve, se desborda para sus amantes. Y desde el silencio el corazón grita, y ese grito arrasa los oídos del que sabe o puede escuchar cuando las cruces de la hermandad universitaria construyen un claustro penitencial en las escuelas menores, cuando los hermanos de paso toman aliento para cantar cargando el padrenuestro a Jesús Flagelado, ¡¡salamanca canta bajo sus pasos!!, cuando la Hermandad del Vía Crucis reza cada una de sus estaciones, y cuando el Gólgota salmantino, San Francisco y su escenario de piedra para la anual conmemoración del Entierro aguarda angustiado a que los hermanos saquen los clavos de las muñecas a Jesús, o cuando el coro entona el último motete en la calle desierta del entierro charro, contrapunto de paño moreno al amor ruidoso que inunda de flores, luz, festejos y algarabía la soledad de María.

 

Un deseo para el futuro: que renovemos este encuentro ascético y estético, espiritual y cultural año a año, siendo jóvenes siempre, con la mirada inocente del niño, con la sabiduría de lo que por siglos ha sido para nosotros atesorado, y lo entreguemos, sin temores, a las generaciones de hermanos que nos han de seguir, igual que nosotros lo recibimos. Diría aún más, lo entreguemos mejor que lo hallamos, pues a ninguno de nosotros pertenece. Que la aportación personal sea insignificante, pero que arrimar el hombro a la colectiva sea imprescindible. Y que la unidad signifique saber a lo que estamos, y no hacer que los demás se unan a lo a que a nosotros interesa. Porque más bien es al revés, es la ciudad dorada, quien hace posesión de todos nosotros, haciéndonos cómplices, actores, fotógrafos, espectadores, hermanos de su Semana Santa, universal y compleja como las letras que la biblioteca universitaria encierra.

 

Gracias a todos los que me habéis escuchado, a todos los que he omitido por falta de espacio, que no por olvido, y que sois mi semana santa, gracias a Ana por los trastos, y gracias a esta joven asociación y a esta antigua cofradía: por estar unidas hoy en este acto, y por permitir que mi voz se alce entre notas y palabras barrocas hacia las columnas retorcidas y el sudario en movimiento de la cruz verdadera del retablo, al cielo de Salamanca.

 

Como conclusión a este pregón, cuya protagonista es siempre la palabra, quiero terminar con palabras hechas música, pues no sabría terminar de otro modo. El rezo maravilloso está en el canto hecho oración, una de las más antiguas expresiones de todas las culturas. Cantar rezando. Rezar cantando... la Pasión hay que cantarla y rezarla para sentirla profundamente en el interior del corazón, en el culto, o debajo de un paso, mientras lo ves alejarse por una calle que parece nunca volverá a recorrer... por eso quiero terminar cantando con mi coro, el coro al que he dirigido en tantos lugares, que ha cantado para tantas cofradías, que me ha dado la vida en muchos momentos, con el que cantamos para el Cristo de la Liberación en Viernes de lluvia y frio, para el Cristo de la Agonía, para la Vera Cruz... permítanme que me despida con ellos, con tres motetes, que son tres pasos procesionales musicales, tres momentos de la Pasión, La traición de Judas, Cristo en la Cruz y el Entierro, y tres cantos a María, tres esculturas armónicas, melódicas y rítmicas, la Luna a los pies de la Inmaculada, estrella de los mares, y desde hace siglos, Estrela do día.

Muchas gracias

Antonio Santos García

Salamanca, Marzo 2008

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