INICIO PATRIMONIO PREGÓN DE LA SEMANA SANTA JOVEN

I PREGóN COFRADE DE LA SEMANA SANTA JOVEN, por D. Tomás González Blázquez

Parroquia de María Mediadora, Salamanca.

1 de abril de 2006 

Hubo una vez un joven que siguió a Jesús cuando más peligroso era hacerlo, cuando le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y nos amó hasta el extremo de dar la vida por nosotros.

Este joven de quien hablo estaba maravillado del poder de convocatoria de aquel maestro de origen tan humilde, asombrado ante sus prodigiosas curaciones. Se sentía interpelado por sus enseñanzas y esperanzado en las promesas de ese Reino suyo que iba a crecer como la semilla de mostaza.

Este joven de quien hablo comió la Pascua apresuradamente, tan deprisa como debieron hacerlo sus antepasados aquella noche de la liberación en Egipto, y salió de casa, porque sabía que Jesús la comería con los Doce en Jerusalén y quería estar cerca de Él en una velada tan especial. Se cubrió con una sábana y se puso en camino hacia Getsemaní, olivar frecuentado por el Maestro en sus visitas a la ciudad.

Allí le descubrió sumido en lágrimas, solo, arrodillado, musitando primero y casi gritando después: “Padre mío, para ti todo es posible: líbrame de esta copa amarga, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. El joven, encaramado a un olivo, se estremeció.

¿Es el Jesús que expulsa a los demonios, da vista a los ciegos y resucita a los muertos?

¿Qué quiere el Padre?

¿Cuán amarga es la copa que le hace llorar?

El joven se encuentra con Jesús en la oración del huerto.

Desconcertado por su aparente debilidad y admirado por su entregada oración, le ve venir envuelto en una marea verde y blanca, sobre las aguas terrosas de Getsemaní. Las rodillas contra el suelo. La sangre confundida con el sudor y con las lágrimas. La vigilia de un hombre y el sueño de muchos.

El joven contempla la escena desde lo alto de la tapia del Campo de San Francisco, donde tantas tardes de Lunes Santo había merendado el salchichón de la abuela haciendo tiempo para ver salir los pasos de la Vera Cruz. Ahora llega Jesús aterrorizado, en la intimidad de Padre e Hijo, en la encrucijada del Padre que entrega a su Hijo único por amor.

El joven se pregunta si alivia con su compañía la soledad de tantos hombres y mujeres que andan perdidos entre los olivos del mundo que se deshumaniza a cada instante, si se abandona a Dios confiadamente y se siente hijo del Padre que seca todas las lágrimas y cura todas las heridas.

El joven clava sus ojos en el Jesús orante y siente que la cofradía de sus amores tiene que ser escuela de oración, de diálogo sencillo con Dios y escucha de su Palabra. Que más allá del estruendo de los tambores y las cornetas, ha de hacerse el silencio para la contemplación del Misterio, para entonar un himno de gratitud, todas las voces humanas concertadas en la alabanza de su Señor.

El joven, todavía impresionado por la angustia de Jesús, pronto tuvo respuesta a sus preguntas. En apenas unos minutos, el galileo estaba encadenado y abandonado por los suyos. Un impulso irrefrenable empujó al joven a dejar su escondite y seguir de cerca la comitiva, armada con espadas y palos para custodiar al más pacífico de los prisioneros. Parece que él también les resultó peligroso: “Lo atraparon, pero él, soltando la sábana, escapó desnudo”.

El joven desnudo corría por las calles de Jerusalén mientras Jesús era conducido a la presencia del Sanedrín, reunido de manera extraordinaria en plena noche. Desnudo al fin el último de sus seguidores. Definitivamente solo Jesús.

¿Por qué he sido tan cobarde y he huido?

¿No dijo que el que quiera salvar la vida, la perderá?

¿Y que quien la pierda por su causa, la salvará?

¿No dijo que para ser su discípulo había que seguirle cargando la cruz?

¿La cruz? ¿Allí le llevan?

¡Tengo que seguirle!

¿Dónde está?

En poder de los romanos. Pilato ha ordenado castigarle para saciar la sed de sangre del pueblo, el mismo pueblo que aclamaba al Rey de los Judíos cuando entró a lomos de un pollino en Jerusalén y ahora pide a gritos su crucifixión.

El joven se encuentra con Jesús en la flagelación.

Ha quedado con unos amigos para dar una vuelta y les ha pillado la procesión en la Plaza de las Agustinas. Los capirotes azules de la Vera Cruz se confunden con el cielo despejado de una preciosa tarde de primavera. Los niños devoran barquillos, algunos grupos atraviesan la hilera de cofrades y las abuelas hacen comentarios de desaprobación pero nadie les hace caso. El joven ve que sus amigos pretenden incrementar el mosqueo de las abuelas, pero decide permanecer quieto, en su tercera fila, mientras se aproxima el paso del culo colorao, el mismo que de niño era su preferido cada Viernes Santo, cuando no tenía que pagarse los barquillos, o incluso hace un par de años, cuando pagaba sus barquillos y los de la novia.

Porque todos tenemos un rey mago y algunos, además, tenemos un paso. El joven era de Melchor y de culo colorao, y no iba a traicionar sus días de infancia por mucho que aquella pandilla que pasaba de procesiones cruzase por delante de su paso como si allí no estuviera ocurriendo algo trascendental.

Jesús, atado a la columna y azotado, le mira como siempre lo hizo cada tarde de Viernes Santo.

Era maltratado, y no se resistía ni abría su boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante sus esquiladores, no abría la boca.

 

Jesús se lo dice todo con la mirada tierna y el silencio elocuente. Le deja claro que no ha de avergonzarse de sus preguntas ante aquella escena de una tortura moldeada en la madera que se abre paso entre abuelas indignadas y migas de barquillos por el suelo.  Le invita a ir en busca de sus amigos y traerlos junto al paso, y entonces contarles la buena noticia de que Cristo vive hoy entre nosotros y nos está diciendo que no pasemos de largo ante Él. Es decir, ante todo  aquel que necesita que tú, que yo, le miremos y sin decirle nada, se lo digamos todo. Ante todo aquel que nos pide a gritos sin abrir la boca que le liberemos de la esclavitud de su columna y pueda abrazarse con nosotros a la libertad de la cruz.

Todos nosotros, como ovejas, andábamos errantes, cada cual siguiendo su propio camino. Y el Señor ha hecho recaer sobre él la perversidad de todos nosotros.

 

Tomás preguntó: “Señor, ¿cómo vamos a seguirte si no sabemos adónde vas?”. Y Jesús respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

El joven no se explicaba la sucesión de los acontecimientos: el sufrimiento del huerto, la sangre de los azotes, y Pilato mostrando a la muchedumbre a un Jesús desfigurado, buscando quizá conmoverla y salvar la vida de aquel pobre hombre.

Despreciado, desecho de la humanidad, hombre de dolores.

 

He aquí el hombre.

 

Mezclado con la turba, el joven se sentía pequeño, desarmado de razones, desbordado por la realidad de los hechos. Era reo de muerte el que resucitaba a los muertos. Era carne de cruz y todos, casi todos, aclamaban la condena.

¿Yo también apruebo esta barbarie?

¿Y qué ha hecho para merecerla?

¿Quién es este que nos muestran con el rostro ensangrentado?

El joven se encuentra con Jesús en su presentación al pueblo.

 

Contempla el Santo Entierro desde un balcón de la calle Libreros, un primer piso, a la derecha las Escuelas mayores y las menores, a la izquierda la Pontificia. Suele ver la procesión grande en la Compañía, que está muy bien, desde luego, pero este año se la deja a los pregoneros de la Semana Santa y se presenta en el piso de sus tíos, que hay que aprovecharlo al menos una tarde al año.

La altura le obsequia con una perspectiva muy particular que le sobrecoge hasta encogerle cuando transita ante el moderno balcón de sus tíos un balcón del siglo XVIII, el balcón de Pilato convertido en humilladero de un hombre que dice ser Dios. Jesús sufriendo el dolor del hombre  y sobreviviendo por el amor de Dios. Esto no lo había visto tan claro en la Compañía. Esto no lo había aprendido de los más nombrados catedráticos en las aulas que llenan Salamanca a uno y otro lado del balcón. Esto no se lo ha desvelado ningún ensayo de laboratorio ni lo ha descubierto en ningún archivo.

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

 

Esto se lo está confesando el mismo Cristo que descubre abajo, en la calle, entre los hombres, en la lección magistral del amor de Dios derramado desde el principio de los tiempos hasta el examen final cuya única pregunta ya conocemos.

¿Has amado?

Y entonces el examinando no habrá de responder, sino mostrar sus manos vacías y el corazón lleno de nombres.

Una vez que Cristo fue sentenciado, el joven de la sábana quiso alejarse de la multitud, salió de la ciudad por una de sus puertas y comenzó a dar vueltas intentando hallar una explicación a lo sucedido. No lo logró. No comprendió la sangre, los golpes, los insultos… No entendió nada hasta que, como quien no quiere la cosa, los pies le llevaron al camino que conducía al llamado Monte de la Calavera. Fue allí, en el sendero del Gólgota, cuando obtuvo la respuesta.

El joven se encuentra con Jesús con la cruz a cuestas.

La joven está frente a la rana y lo que la rodea. Buen plan, una escapada en Semana Santa para visitar ciudades: el jueves, Toledo; el viernes, Salamanca; mañana, Ávila… Trabaja en una oficina que no cierra en Semana Santa, pero este año ha surgido la oportunidad de alejarse unos días de los atascos y aquí está, en pleno Patio de Escuelas, prestando atención a una procesión de esas que no es fácil encontrarse en la gran ciudad. La religión no le quita el sueño, desde luego, pero de vez en cuando reza, y si se casa algún día, será de blanco y por la Iglesia, no faltaba más. Lo cierto es que le conmueve este paso que transita delante de la Universidad, es una imagen de Cristo con la túnica morada, la cruz sobre el hombro derecho y la mirada mansa, casi sonriente. Otro Jesús fue certero en sus palabras: Las manos no agarran la cruz, la abrazan, apenas sus dedos sí la tocan, pero lo hacen con delicadeza, con cariño, con suavidad, como sólo las manos de un carpintero saben agarrar la madera”.

La joven escucha voces femeninas envueltas en el redoble de los tambores y el murmullo del público, que se animan en el esfuerzo de llevar sobre los hombros al Cristo que en el hombro derecho soporta el peso de la Historia.

La joven se pregunta por qué no puede ser ella una de esas mujeres que se unen al camino doloroso de Jesús, qué hay de convencido en sus plegarias, qué hay de profundo en sus inquietudes…

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto por su sangre
como varón que pisa los racimos?

 

La joven se responde que hay mucha verdad en aquel monte de rojos claveles, de racimos triturados, hechos vino nuevo para los odres nuevos que va esparciendo el Nazareno en su paseo doliente y triunfante por las calles de Salamanca.

La joven vuelve al estrés, a las prisas y a los tubos de escape reconfortada por el hombre de la cruz a cuestas, reencontrada a sí misma en las mujeres que le acompañan al atardecer y seducida por el Dios de sus sencillas oraciones.

 

¿De dónde, con pies sangrantes, avanzas tú, Lagarero?

Del monte de la batalla y de la victoria vengo;

rojo fue mi atardecer, blanco será mi lucero.

 

El joven no pudo alejarse otra vez de Jesús, que a duras penas aguantaba la cruz, atosigado por los soldados y afrentado por los que no hacía mucho le pedían milagros y le aclamaban como el Mesías esperado por el pueblo.

Jesús cayó por enésima vez, y fue esta la ocasión para que un hombre mayor que parecía venir de trabajar la tierra tomase la cruz y compartiese el madero con el condenado. Escapando de la rígida vigilancia de la tropa, una hermosa mujer también consiguió alcanzar la cercanía de Jesús y enjugar su rostro ensangrentado con un pañuelo. El joven no supo quiénes eran pero sí entendió que Jesús no estaba solo, que debía armarse de valor y acompañarle hasta un final que parecía inevitable.

El joven se encuentra con Jesús en la caída.

 

El joven se pregunta por qué este año ha venido a ver la procesión de los catorce pasos, esa en la que nunca salen las cuentas de pasos, precisamente a la calle “matacanónigos”, que sin ser canónigo el viento frío también hace estragos en uno, mucho más después de salir de capuchón en un par de procesiones. Chirrían las maderas de La Caída tras la bajada de Calderón de la Barca y una vez trazada la curva de la Catedral de aquella manera tan espectacular en que trazan las curvas las carrozas de ruedas de la Vera Cruz. Sí, he dicho carrozas.

El joven se pone a pensar en su cofradía, en los jóvenes de su cofradía, en todas las hermandades de Salamanca, en todos los jóvenes de las hermandades de Salamanca… La Caída va tan embalada que ya debe andar por la Casa de las Conchas, pero al joven de los pensamientos le ha bastado con la imagen fugaz de Jesús ayudado por el Cireneo y confortado por la Verónica para poner patas arriba su cofradía y todas las demás.

¿No empezó esto de las cofradías para ayudarnos los unos a los otros? ¿No se fundaron para atender las necesidades de los más pobres, para aliviar los dolores de los enfermos, para estar al lado de los que a nadie interesaban?

¿No hay, en nuestro mundo, en nuestras calles, en nuestra cofradía… pobres, enfermos y marginados?

¿No vemos acaso al Jesús caído en el mendigo de la esquina, en el enfermo desahuciado, en el que es tan pobre que sólo tiene dinero?

¿No vamos a ser nosotros, cofrades jóvenes con ganas de cambiar el mundo, Cireneos y Verónicas de los Cristos caídos de hoy?

¿No somos conscientes de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos? Esto último se lo ha leído el joven al Papa Benedicto en la encíclica Deus caritas est.

No había Papa ni encíclicas todavía cuando el joven se dio de bruces contra la muerte. Era el mediodía, más o menos. Jesús y los dos ladrones que iban a ser ejecutados con él llegaron a la cima del Gólgota. Permaneció prudentemente alejado, pero sin apartar la vista de los maderos dispuestos para cumplir la pena. Por allí andaban María, las otras mujeres que siempre seguían a Jesús y uno de sus discípulos, el más joven de todos ellos, Juan. La escena era terrible. El silencio de Jesús, los llantos de su Madre y de María Magdalena, la rudeza de los verdugos… Por unos minutos dejó de ver la figura del Maestro. La recuperó ya crucificada, elevándose hasta el cielo triste de Jerusalén.

El joven se encuentra con Jesús en el Calvario.

 

El joven sale de los oficios en su Parroquia y la procesión se le ha cruzado en el camino a la altura de San Martín, con lo poco que le entusiasman las cofradías. Este año no ha podido irse a la típica Pascua Juvenil que organizaban por ahí, en algún pueblo, todo muy auténtico y muy profundo; y estos de las cofradías, ¿qué manera de celebrar la Pascua es desfilar por las calles? Si esta gente, el resto del año, ni está ni se la espera, vaya folclóricos…

Aguantará hasta que acabe porque ya se ve el paso del Crucificado y debe quedar poco. Llega Cristo en la Cruz acompañado por María, Juan y la Magdalena. ¡Cristo en la Cruz! Cristo en la Cruz por las calles. La Cruz por las calles. La Cruz atrayendo las miradas, tirando del mundo hacia sí, la Cruz hecha trono para el Salvador. Al joven se le ablanda un poco el corazón: pero si estos cofrades díscolos y “procesioneros” son de los suyos, de los de la Cruz…

Son de los que ante la Cruz se admiran y de los que a la Cruz se entregan.

Son de los que dicen, como Ricardo, que Cristo nos enseña a perdonar y a buscar disculpas para nuestros ofensores, y así abrirles la puerta de la esperanza.

De los que entienden, con Lola, que es el perdón de Jesús el que da paso a una vida nueva, con alegría de corazón a pesar de todas las dudas.

 

Son los mismos que coinciden con Mar en que se abrazarían a la Madre para buscar en Ella a aquel que libera verdaderamente al hombre, sin medias verdades, sin ofertas ilusorias, sin más verdad que la verdad: Él mismo.

 

Son también como el bueno de Carlos, cuando dice que si entendemos que solamente podemos acceder al Padre a través del dolor de su Hijo, que es la luz, la verdad y la vida, tendrá pleno sentido el Calvario y la Cruz que nuestro peregrinaje por este mundo nos determine y lograremos traspasar ese último grito de dolor de la vida como Él y tener esperanza en el mundo futuro.

 

Es de los suyos Ana, que siente que Dios tiene sed del amor del hombre y que pensemos ante la Cruz de Cristo entregar la propia vida a calmar esta sed. 

Es también de los suyos quien cree en una Iglesia orgullosa de la Cruz que se reúne ante ella para descubrirse como fruto del costado de Cristo.

Lo es otro Tomás postrado ante el último aliento de Jesús, vuelto al Padre desde nosotros, llevándonos en Él a nosotros.

Son los ecos de una noche íntima y joven  junto a la Cruz, y tan cofradiera como toparse con el paso de Los Doctrinos anochecido el Viernes Santo. El joven ve la Cruz izada por los cofrades y recuerda unas palabras del Papa Juan Pablo: “Donde surge la Cruz, se ve la señal de que ha llegado la Buena Noticia de la salvación del hombre mediante el amor. Donde se levanta la Cruz, está la señal de que se ha iniciado la evangelización”.

Cristo murió. El joven se mantuvo en la lejanía, deslumbrado por la cruz y empapado por la tormenta.  No pasó mucho tiempo hasta que algunos hombres buenos llegaron junto a la Madre y descolgaron el cadáver de Jesús, poniéndolo un instante en su regazo. Después tomaron el cuerpo y lo envolvieron en una sábana, emprendiendo aprisa el camino para enterrarlo. María se aferraba a la Cruz y se desvaneció a sus pies mirando a lo alto y llevándose la mano derecha al corazón, o más bien al alma…

 

El joven se encuentra con Jesús en el Sepulcro.

Se acaba la procesión del Santo Entierro. El joven es hermano de paso de la Virgen de los Dolores. Van llegando chicos altos a la carga y le han terminado por mandar a los banzos delanteros, con lo que disfrutaba dentro de la caja… Lo bueno es que ahora puede ir viendo a Cristo Nuestro Bien, el yacente tras el cual solloza en silencio la Dolorosa. Ella en silencio y los hermanos de paso cantando el Ave María en el Paseo de las Úrsulas. El joven canta pero, sobre todo, se fija en la solemne urna acristalada que sirve de descanso eterno a Aquel que ha sido bajado de la Cruz horas antes en el Campo de San Francisco.

Los pasos entran en la Vera Cruz. Los cofrades se van poco a poco, alguna flor de recuerdo, alguna hora para quedar mañana, algún guante extraviado entre los bancos…

Se vacía el templo lentamente. Se acerca el joven de la Dolorosa a mirar por última vez al Cristo muerto que ha sido su compañero toda la procesión. Se detiene, se recrea, se ensimisma hasta asustarse. Se asusta hasta escaparse y olvidar la túnica en algún rincón de la Capilla.

El joven se fue a casa repasando mentalmente las últimas horas, tantas emociones acumuladas le habían hecho perder la noción del paso del tiempo. La última imagen de su retina era la losa del Sepulcro ocultándole para siempre a Jesús. Fue bonito mientras duró.

Aquel sábado fue el sábado más largo de su vida. En su casa preferían no comentar lo ocurrido el día anterior, optaron por el silencio, mejor no ponerse de parte del galileo… El primer día de la semana madrugó como no solía hacerlo y camino de sus tareas dio un rodeo para pasar junto al Sepulcro donde habían puesto a Jesús. Vio movida la losa y estuvo a punto de echar a correr, pero logró vencer su impulso.

¿Huir otra vez? No.

Veamos qué ha ocurrido.

Se acercó temblando a la roca y se asomó al interior de la sepultura. Sólo fue capaz de ver que ya no estaba el cadáver y salió despavorido. Junto a la losa, reparó en una túnica blanca que parecía preparada para él. Supo que tenía que ponérsela y, quitándose la vieja sábana que le cubría, se vistió con ella. Revestido de blanco, entró en el Sepulcro y se sentó sobre una piedra a la derecha, casi tocando el sitio donde debía estar el cuerpo de Jesús.

Entonces entraron en el Sepulcro unas mujeres, las que habían estado con la Madre de Jesús y con Juan junto a la Cruz. Al verle se asustaron, pero el joven puso voz a lo que sintió dentro de su alma.

No os asustéis. Estáis buscando a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. Id y decid a sus discípulos y a Pedro: “Él va a ir a Galilea antes que vosotros. Allí le veréis, tal como os dijo”.

 

El joven se encuentra con Jesús Resucitado.

El joven cofrade de la Vera Cruz lleva buscando la túnica todo el Sábado Santo, y no aparece por ninguna parte. No la ve nadie. Ni los que devuelven La Dolorosa a su camarín, ni los que llevan claveles en procesión de un paso a otro, ni los que ingeniosos y afortunados en igual medida logran la heroicidad de montar el Lignum Crucis… Nadie encuentra la túnica.

El maratón de trabajo y la búsqueda infructuosa dan paso a la Noche Santa en que se reúnen los cofrades en la Vigilia.

Las cuatro carrozas de Resurrección se muestran particularmente bellas cuando reciben la tímida luz del Cirio Pascual. El joven escucha la Creación, el sacrificio de Isaac, el paso del Mar Rojo… A ratos se distrae y piensa en la túnica, ¿cómo va a salir si no en la procesión del Encuentro?

Concluye la celebración y el joven se para otra vez, como el Viernes, ante la Urna, ahora abierta y vacía…

No, vacía no, porque perfectamente doblada encuentra allí una túnica blanca, su nueva túnica, su túnica, la túnica que lleva buscando todo el día, la túnica que lleva buscando toda la vida.

Él no lo sabe, pero es la túnica de un joven que hace ya tiempo no se deja caer por la Vera Cruz, y aunque le echamos de menos porque le queríamos incluso los que no le vimos nunca,  y aunque no sabemos exactamente su paradero, estamos orgullosos de él porque sabemos que andará por ahí, recorriendo el mundo, dando la buena noticia que proclamaba con nosotros cada primavera: “Ha resucitado”.

Tomás González Blázquez

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