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III EXALTACIÓN DE LA NAVIDAD

III.Toms-Durn-Snchez

“Vayamos hacia Belén…”(Lc 2, 15)

Pregón de Navidad

Iglesia de San Benito

11 de noviembre de 2010

Diócesis de Salamanca

Introducción.-

Amigos y amigas:

 

Muchas  gracias a la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo, especialmente en la persona de su Hermano Mayor D. Ángel Hernández Torres por haberme invitado a dar este Pregón de la Exaltación de la Navidad; muchas gracias, asimismo, a D. Álvaro Gómez Gómez por sus amables palabras de presentación.

 

Vengo ante vosotros, a realizar esta tarea, sin muchos méritos propios y un poco avergonzado ante los grandes y primeros pregoneros de la Navidad, que no fueron otros que los Ángeles enviados por el Señor mismo y los Apóstoles y Evangelistas, escogidos y llamados para pregonar la Buena Noticia del Evangelio. Ante ellos, mis palabras quedan cortas y pequeñas comparadas con la sublimidad de los cánticos e himnos evangélicos que narran, pregonan y cantan la Navidad. En ellos quisiera inspirarme para estas líneas escritas y leídas.

 

Por ello, con toda humildad, no puedo por menos de comenzar con uno de estos grandes pregones, como es el Prólogo al Evangelio de San Juan. Debemos imaginarnos cómo sonarían estas Palabras en aquellas primeras comunidades y en el Imperio greco-romano de aquel tiempo:

“En el principio ya existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La Luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y verdad. Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia, Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer”.[1]

Mis palabras se sitúan, asimismo, en esta querida Iglesia que peregrina en Salamanca, en el año del Señor de 2010, en el Adviento que prepara la Venida de Jesús y un mundo que celebra la Natividad del Señor con un doble peligro, según dan a entender algunos estudiosos[2]. Por una parte, se va imponiendo en la Navidad, desde hace mucho tiempo, un  aspecto mercantil que invade casi por completo estas fiestas. Ya desde varias semanas antes se desata la fiebre consumista y todos conocemos el desasosiego, el cansancio y el agotamiento que esto supone en muchas personas. Aunque podemos rechazar un tanto la profanación y el mal gusto de los símbolos de la Navidad, queda un cierto poso, un desagradable resabio de todo este trajín y ajetreo.

Por otra parte, está el peligro de reducir la Navidad a un mito que repetimos cada año, de una manera sensiblera y pegajosa, donde los personajes parecen de cuento; medio de verdad, medio de mentira; y el acontecimiento histórico y salvífico que fue el nacimiento de Jesús se diluye como si fuera un recuerdo de figuras divinas mitologizadas, que cada año aparecen ante nuestros ojos de una manera repetitiva y conocida.

 

Con estas premisas y de la mano de dos grupos de personajes, quiero acercarme al gran centro de la Navidad que no es otro que Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo de María, nacido de mujer[3] en Belén de Judá. Y estos personajes son los pastores “que dormían al raso”, en un primer momento de mi exposición; y, los magos “que venían del Oriente”, en una segunda parte; para acabar en la tercera y última parte, aterrizando en el “hoy” de la Navidad para nosotros.

Comenzamos, pues.

1. El camino de los pastores.-

 

Unos pastores[4] pasaban la noche al aire libre velando su rebaño. Los pastores, en aquellos tiempos, no eran gentes de buena reputación. Era gente extraña, rayando en la peligrosidad. Vivían al margen de la sociedad, se dedicaban a cuidar sus rebaños, y no sentían necesidad de acomodarse a los usos y normas de la convivencia. No tenían ningún escrúpulo en robar cuanto podían. Frente a los que tenían por norma la Ley y la Alianza del pueblo de Israel, para ellos no tenía ninguna importancia e interés.

Precisamente a estos pastores es a los que llega la gran Noticia del Nacimiento de Jesús. Gran Noticia que llega de labios de los ángeles, la gran noticia que produce gozo oírla año tras año, siglo tras siglo.

 

“Había unos pastores en la zona que velaban por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos se aterrorizaron. El ángel les dijo: ---No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Al instante se juntó al ángel una multitud del ejército celeste, que alababan a Dios diciendo: --- ¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que él ama! Cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían: Vayamos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor. Fueron aprisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María lo conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado.”. [5]

Hay otro momento en que también los ángeles anuncian una Buena Noticia que cambia la historia. Justo treinta y tres años después, también de noche, sentados en una piedra de un sepulcro, los ángeles se dirigen a unas mujeres diciendo:

 

“Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado, no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba”[6].

“No temáis”, es como decir ¡alegraos!, es una buena noticia, es un pregón: La débil, dura y perpleja historia humana ha cambiado. Dios está aquí, Dios ha venido a vivir entre nosotros y ha tomado la vida de cada hombre y de cada mujer, de cada niño y de cada anciano con la venida de Jesús. Con el nacimiento del Salvador, Dios se ha acercado a cada hombre y ha hecho de nuestras vidas parte de la suya. Sobre todo se ha acercado, preferencialmente, a aquellos que menos cuentan: los pastores de las cercanías de Belén y, con ellos a todos los que quedan en la parte baja del cuadro tan bien pintado de nuestro mundo. Los dos “no temáis”, el de Belén y el del sepulcro, se convierten en uno sólo, pues es una Buena Noticia que trae alegría e inauguran una vida nueva.

El evangelista Lucas entreteje un relato lleno de detalles que nos muestran la manera de cómo Dios quiere compartir la condición humana.

 

“Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”[7].

 

¡Qué lugar para encontrar a Dios hecho hombre!

 

Pender de un leño, traspasado el pecho 

y de espinas clavadas ambas sienes,

dar tus mortales penas en rehenes

de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

pero más fue nacer en tanto estrecho

donde, para mostrar en nuestros bienes

a dónde bajas y de dónde vienes,

no quiere un portalillo tener techo.

No fue esta más hazaña, oh gran Dios mío,

del tiempo, por haber la helada ofensa

vencido en flaca edad con pecho fuerte

(que más fue sudar sangre que haber frío),

sino porque hay distancia más inmensa

de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

Luis de Góngora

No cabe en la  lógica humana que a Dios se le encuentre en la debilidad de un recién nacido, que es igual y va vestido igual que los demás niños pequeños, y que además no tenga una cuna mínimamente digna sino que haya tenido que ser colocado en un pesebre, en el lugar que comen los animales. La señal del Dios que se hace hombre son éstas: un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Pobre, desnudo, sin fuego,

quien con fuegos nos abasta,

está aquí el Niño. Un pesebre

de humildes bestias por cama[8].

Y todo esto es la gran noticia; y, no sólo una gran noticia, sino que se convierte en un cántico:

¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que él ama![9]

 

Jesús nació en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la Gloria del cielo. La iglesia no se cansa de cantar la gloria esta noche:

La Virgen da hoy a Luz al Eterno

y la tierra ofrece una gruta al Inaccesible.

Los ángeles y los pastores le alaban

y los magos avanzan con la estrella.

Porque Tú has nacido para nosotros,

niño pequeño, ¡Dios eterno![10]

 

Y es que contemplando esta forma de actuar de Dios vale la pena decir y aclamar: ¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que él ama! Y por eso, a la vez, ahora, decir y aclamar “Gloria a Dios en el cielo” es ya también decir y aclamar el cumplimiento de los mejores deseos de la humanidad: ¡”en la tierra paz a los hombres!. Ahora, tierra y cielo, el hombre y Dios, están definitivamente cerca. Y la Gloria de Dios es  la paz para los hombres. Y el motivo de todo, el motivo que desde siempre lo ha ido guiando todo, lo explican también los ángeles de esta manera sencilla: porque Dios ama a los hombres. Porque todo, desde siempre, es la obra de Dios que no tiene mejor definición que ésta: amor.

Por eso la iglesia exulta[11]:

Hermanos, Dios ha nacido

sobre un pesebre. Aleluya.

Hermanos, cantad conmigo:

“Gloria a Dios en las alturas”.

 

Desde su cielo ha traído

mil alas hasta su cuna.

Hermanos, cantad conmigo:

“Gloria a Dios en las alturas”.

 

Hoy mueren todos los odios

y renacen las ternuras.

Hermanos, cantad conmigo:

“Gloria a Dios en las alturas”.

 

El corazón más perdido

ya sabe que alguien le busca.

Hermanos, cantad conmigo:

“Gloria a Dios en las alturas”.

 

El cielo ya no está sólo,

la tierra ya no está a oscuras.

Hermanos, cantad conmigo:

“Gloria a Dios en las alturas”.

Con toda seguridad los pastores se sintieron asustados, sobrecogidos y sin saber muy bien de que iba la cosa. Ellos no estaban acostumbrados a las cosas de Dios, vivían al margen de la Alianza del Pueblo de Dios. Pero la fuerza de aquella Buena Noticia les llega al corazón y lo único que podían hacer es lo que realmente hicieron:

“Cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se decían: Vayamos hacia Belén, a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor”[12]

 

La presencia de este Niño en la tierra es la gran noticia para los humildes y los pobres que corren a su encuentro. Es la alegría que encuentra el Señor en el anuncio del Evangelio a los pobres[13]. Es la alegría mesiánica[14] esperada en la ciudad y en la familia de David. Son los dos grandes títulos cristológicos que aparecen en el anuncio de los ángeles:

“Hoy os ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor”.[15]

 

Todavía hoy seguimos paralizados por nuestros miedos y preguntas. No comprendemos que ha estallado la alegría de Dios; que su Paz nos inunda. Continuamos preguntándonos por qué Dios no nació en una casa y por qué el acontecimiento cumbre de la historia pasó desapercibido para los grandes de la tierra: ni siquiera se enteraron las autoridades de Belén.

Veamos el camino de los pastores en aquella primera noche de Navidad. El texto del Evangelio nos ayuda:

 

“Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre”[16]

Los pastores no se lo pensaron dos veces. La gente sencilla no calcula, se mueve más por corazonadas que por raciocinios. A veces, las corazonadas tienen su recompensa:

“Se volvieron glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído. Y daban a conocer lo que les habían dicho de aquel niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían” [17]

Este humilde pregonero se daría por satisfecho si sus palabras suscitaran en los oyentes la misma actitud que en los pastores: ponerse en camino, acercarse a contemplar el Misterio. Y, luego, convertirse en pregoneros de la Buena Noticia.

Los poetas cristianos de todas

las patrias y tiempos han cantado ese excelso misterio,

han exultado de íntimo y derramado gozo

y han ensayado transmitir

a sus versos la infantilidad,

la alegría, la ternura y la luz

de estas noches y estos días

del mas claro invierno que jamás se conoció.

Gerardo Diego

 

Ya son vivos nuestros tiempos

muertos nuestros temores;

de otro sol se sirve el mundo,

la luna de otros colores”.[18]

 

Para terminar este camino de los pastores oigamos al actual Papa Benedicto XVI en la Homilía de la Navidad del  pasado año:

“Ante todo, se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje. Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes…Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios. Así despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que él quiere guiarnos, para los múltiples indicios de su presencia”.[19]

 

¿No os parece asombroso el Misterio de la Navidad? El camino que hicieron los pastores, desde el anuncio del Ángel, hasta la Adoración y posterior proclamación a todos de lo visto y oído, revela el camino de todos nosotros, los creyentes, en la Navidad. Nadie queda excluido del gozo de la Nochebuena, ni siquiera los pastores, marginados y pecadores, últimos de aquella sociedad. A todos nos acoge Jesús, a todos y a cada uno nos ofrece la posibilidad de hacerse hijos de Dios, independientemente de nuestra condición, edad, oficio o méritos; todo depende de la fe.

Con toda seguridad muchas fueron las ofrendas de los pastores al Niño de Belén. Yo no sé que traéis en la mochila del corazón. Lo que si sé es que todos estamos llamados e invitados a envolvernos en el manto de ternura y de gracia de la Navidad, a sentir el milagro de ser iluminados por el resplandor más puro de la luz de la Navidad.

2. El Camino de los Magos de Oriente.-

Los relatos del nacimiento de Lucas y Mateo son muy diferentes, no tienen casi puntos en común. Los dos primeros capítulos de cada uno de estos dos evangelios – que forman lo que se denomina “evangelios de la infancia” – recogen escenas muy variadas que destacan aspectos diversos de lo que significa la venida al mundo del Hijo de Dios.

En el Evangelista Lucas, ya lo hemos visto, los destinatarios son los pastores. Una gente que contaba muy poco, y que si acaso contaba, contaba para mal. El Evangelista Mateo no habla de pastores. Pero sí de otros personajes que tienen un rasgo común con ellos: no pertenecen a los círculos sociales ni religiosos de Israel, sino que son “extranjeros”. Dios, tanto para Lucas como para Mateo, nos dice en definitiva que se encuentra mejor con los que no tienen las cosas muy claras ni muy seguras, y que por tanto tienen capacidad para abrirse a la novedad, para cambiar de mirada, para apuntarse a caminos nuevos y desconocidos. Gente que no piensa en Dios como alguien que sirve para asegurar que todo ya está bien como está, sino que tiene ganas de un Dios que llame y haga caminar hacia adelante.

Los pastores eran almas sencillas, que fueron los primeros en acoger al Señor porque estaban cerca. Hoy, la mayor parte de los hombres modernos nos encontramos lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido con nosotros. Vivimos en negocios y ocupaciones muy lejanas al pesebre del Nacimiento.  El camino del hombre de hoy hasta Dios es largo; por eso, el camino de los magos es de mucha actualidad para nuestros tiempos.

Ciertos teólogos han llamado a la Fiesta de Epifanía la “segunda navidad”, y es que esta fiesta nos remite a “los primeros hombres que desde tierras lejanas, a través de todas las peripecias del viaje, como peregrinos errantes, buscaban al niño que era su salvador. Por tanto, este día es la fiesta de viaje feliz del hombre que busca a Dios en la peregrinación de la vida, del hombre que encuentra a Dios porque Él lo buscaba” (K. Rahner)[20]

”Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes. Por entonces sucedió que unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: --- ¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Vimos su estrella en el oriente y venimos a rendirle homenaje. Al oírlo, el rey Herodes comenzó a temblar, y lo mismo que él toda Jerusalén. Entonces, reuniendo a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, les preguntó en qué lugar debía nacer el Mesías. Le contestaron: ---En Belén de Judea, como está escrito por el profeta: Tú, Belén, en territorio de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe, el pastor de mi pueblo Israel. Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, les preguntó el tiempo exacto en que había aparecido la estrella; después los envió a Belén con este encargo: ---Averiguad con precisión lo referente al niño. Cuando lo encontréis, informadme a mí, para que yo también vaya a rendirle homenaje. Oído el encargo del rey, se marcharon. De pronto, la estrella que habían visto en oriente avanzó delante de ellos hasta detenerse sobre el lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de una inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con su madre, María, y echándose por tierra le rindieron homenaje; abrieron sus arquetas y le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra. Después, advertidos por un sueño de que no volvieran a casa de Herodes, regresaron a su tierra por otro camino”[21].

 

La historia de los magos[22] es mas extraña a nuestra fe que la de los pastores. ¿Quiénes son estos personajes? ¿Qué quiere decirnos su presencia? Dice un Villancico popular:

“No sé si eran reyes,

no se si eran tres;

lo importante es que fueron a Belén”.

La estrella de la Epifanía puede aplicarse a sí misma el Texto de Juan: “La luz brilla en la tinieblas y la tinieblas no la vencieron[23]. Pero algunos si la recibieron. Y éstos, los Magos de Oriente, llegaron a ser hijos de Dios, testigos de la luz, convertido ellos mismos en estrellas.

Confiada mira la luz dorada

que a ti hoy, llega, Jerusalén:

de tu Mesías ve la alborada

sobre Belén.

 

El mundo todo ve hoy gozoso

la luz divina sobre Israel;

la estrella muestra al prodigioso

rey Emmanuel[24].

 

Fueron unos Magos de Oriente. Era una estrella limpia y hermosa, parecía pequeña, pero seducía. De ella habían hablado los profetas: “Brillará el sol de justicia con la salvación en sus rayos”[25] ; “de Jacob avanza una estrella[26]; “nos visitará una luz nacida de lo alto[27].

 

Los Magos son gentes que tenían ganas de ver esta Luz y al descubrirla se han puesto en camino para seguirla. “Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que «tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio[28].

Podemos ver en el Camino de los Magos los siguientes verbos que nos ayudan a comprenderlo[29]:

Vieron la estrella. Vieron porque miraron. Vieron porque querían ver. Vieron porque buscaban. Vieron porque tenían hambre y sed de luz, de belleza, de verdad. Eran hijos de las Bienaventuranzas.

Siguieron la estrella. Siguieron porque confiaban. Siguieron porque se dejaron llevar del corazón. Siguieron porque eran pobres y desprendidos, no estaban atados al pasado ni al presente, ni a sus conocimientos ni a sus posesiones. Eran libres y vivían en esperanza. Eran hijos de las bienaventuranzas.

Preguntaron. Preguntaron porque eran humildes y aceptaban el consejo de los demás. Preguntaron porque sabían que ellos no poseían toda la verdad. Eran hijos de las bienaventuranzas.

Se alegraron inmensamente. Se alegraron porque se vieron iluminados en sus búsquedas. Se alegraron porque encontraron lo que tanto habían buscado en lo hondo de su corazón. Se alegraron porque todo su esfuerzo se vio recompensado por la luz que viene de lo alto y vieron en aquella luz un signo de la claridad de la Gloria. Eran hijos de las bienaventuranzas.

Cayendo de rodillas, lo adoraron. Lo adoraron como los leprosos del camino al verse curados, cayeron de rodillas delante de él. La postración que rinden los Magos ante el niño de Belén es una visión anticipadaza de la adoración que mas tarde se tributará a Jesús resucitado[30]. La adoración es la forma suprema de oración, es caer de rodillas ante el Misterio y, en silencio, darse, ofrecerse y entregarse al Amor nacido en Belén. La adoración es lo propio de los limpios de corazón. Eran hijos de las bienaventuranzas.

Le regalaron sus dones. Eran generosos y ante la luz que les había inundado el corazón y los ojos le ofrecieron lo mejor que tenían: oro, incienso y mirra. Le regalaron los dones de su tierra y con ellos su vida y su existencia; las alegrías y las esperanzas del camino y de sus búsquedas. Eran hijos de las bienaventuranzas.

 

Se volvieron por otro camino. Fue tan grande el cambio de su corazón, que buscaron otra senda para volver a sus casas. Habían sido peregrinos de la Luz y se volvían en testigos de la luz para los demás. Iniciaron así una marcha que aun no ha terminado. Benditos estos Magos, verdaderos hijos de las bienaventuranzas.

Escuchamos, de nuevo, al gran teólogo del siglo XX[31]: “Mira, los magos se han abierto. Pues un corazón ha peregrinado hacia Dios, mientras sus pies corren hacia Belén. Le buscaban a Él, pero Él los dirigía ya, cuando lo buscaban. Son los que ansían al Salvador con hambre y sed de justicia, y no creen que quede dispensado el hombre de dar un único paso, por el hecho de que Dios tenga que dar mil para que ambos se encuentren. Le buscan a Él, la salvación, en el cielo y en el corazón. En el silencio y entre los hombres, aun entre los judíos y en la  Escritura santa” (K. Rahner).

La estrella que seguían y a la que acabaron adorando, cayendo de rodillas, no era otro que Jesucristo, el Hijo de María. Y el mayor regalo que recibieron, no fueron como los que ellos dieron, sino el regalo que Dios les hizo, que les regaló a su Hijo Jesucristo. Como para los pastores, también para ellos el encuentro con Jesús fue de una alegría inmensa. Siempre, encontrarse con Jesús es de una alegría inmensa. Una alegría que está tejida de ternura, de sentimiento de compañía, de paz a pesar de los dolores, de decisión de caminar, de anhelo por una vida mas digna, de apasionamiento por la fraternidad, de confianza en el Dios presente y vivo que nunca abandona. Es la gran alegría del Evangelio, que desborda todas las previsiones humanas. Es la gran alegría que, como dirá Jesús, comprenden y viven los sencillos.

Reyes que venís por ellas,

no busquéis estrellas ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas.

 

Mirando sus luces bellas,

no sigáis la vuestra ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas.

 

Aquí parad, que aquí está

quien luz a los cielos da:

Dios es el puerto mas cierto,

y si no habéis hallado puerto

no busquéis estrellas ya.

 

Ya no hallaréis luz en ellas,

el Niño os alumbra ya,

porque donde el sol está

no tienen luz las estrellas[32].

La estrella se alza para todo el mundo, nadie queda excluido de su claridad. Pero hay quienes no la quieren ver. Que no tienen ninguna gana de verla… ¡que no tenemos ganas de verla! ¡Nos pondría en peligro tantas ventajas que tenemos!

De nuevo el gran teólogo K. Rahner nos ilumina[33]:

“Pregúntate a ti mismo: ¿No brilla secretamente la estrella en el firmamento de tu corazón? ¿Es pequeña? ¿Es lejana? Pero está presente. ¡Es pequeña porque tienes que correr todavía mucho! Es lejana porque a tu generosidad se le va a confiar un viaje infinito ¡Pero la estrella está ahí! También el ansia de libertad del hombre interior, el ansia de bondad, de felicidad y también la pena de ser un hombre débil y pecador, es una estrella. ¿Por qué empujas tú mismo las nubes delante de la estrella, las nubes del tedio, de la decepción de la amargura de haberse negado, las nubes de desdeñosas o resignadas palabras sobre los desilusionados sueños de la esperanza feliz? Deja de resistir, ¡la estrella brilla! La hagas o no estrella polar de tu navegación, siempre está en  tu cielo; ni tu miseria ni tu debilidad la apagan ¿Por qué no queremos ya peregrinar? ¿Por qué no hemos de mirar la estrella en el firmamento del corazón? ¿Por qué no ir tras la luz? ¿Tal vez porque hay hombres, como los sabios de Jerusalén, que conocen el camino a Belén y no van? ¿Porque hay reyes como Herodes para quien la sola noticia del Mesías supone una perturbación de sus planes políticos; reyes que todavía hoy buscan la muerte del Niño?, ¿porque la mayor parte, con la tediosa prudencia de sus estrechos corazones, se quedan en casa sentados y tienen por niñerías esos viajes arriesgados del corazón? Dejemos a éstos y sigamos la estrella del corazón…Ponte en marcha, corazón, y anda: brilla la estrella. No puedes llevar muchas cosas para el camino. Y muchas las perderás en él. ¡Camina! Ya tienes el oro del amor, el incienso del deseo y la mirra del dolor. Él los aceptará. Nosotros le encontraremos” (K. Rahner).

Los magos son gente que tenía ganas de ver esta luz. No pretendamos ahora investigar qué ocurrió realmente: en estas páginas evangélicas no hay que buscar la preocupación del historiador sino el gozo del creyente que explica la buena noticia. Y para Mateo, la gran noticia incluye esto: que en las tierras lejanas de oriente, mucho mas allá de las fronteras de Israel, unos hombres anhelantes de algo nuevo han descubierto una luz y se han puesto en camino para seguirla. En otras palabras: no es necesario pertenecer a ninguna raza concreta, ni a ninguna manera de pensar determinada, ni proceder de este o aquel ambiente; el Dios que viene a compartir la condición humana quiere llegar a todos los hombres, absolutamente a todos; únicamente hay que estar dispuestos a tener el espíritu abierto y el corazón preparado para el camino.

El Santo Padre Benedicto XVI hace una conexión entre Epifanía, Babel y Pentecostés digna de meditar:

“La llegada de los Magos de Oriente a Belén, para adorar al Mesías recién nacido, es la señal de la manifestación del Rey universal a los pueblos y a todos los hombres que buscan la verdad. Es el inicio de un movimiento opuesto al de Babel: de la confusión a la comprensión, de la dispersión a la reconciliación. Por consiguiente, descubrimos un vínculo entre la Epifanía y Pentecostés: si el nacimiento de Cristo, la Cabeza, es también el nacimiento de la iglesia, su Cuerpo, en los Magos vemos a los pueblos que se agregan al resto de Israel, anunciando la gran señal de la “iglesia políglota” realizada por el Espíritu Santo cincuenta días después de la Pascua[34]

El texto de Mateo nos relata que los magos después de adorar al Niño “volvieron a su tierra por otro camino”.

El encuentro verdadero con Jesús produce, en quienes lo hallan, un cambio de vida, un cambio espiritual y un cambio de camino. Aquellos hombres[35]:

-          vinieron por caminos peligrosos, volvieron por caminos seguros.

-          vinieron por caminos viejos, volvieron por caminos nuevos.

-          vinieron por caminos de ambiciones y violencias, volvieron por caminos de fraternidad.

-          vinieron por caminos oscuros, volvieron por caminos iluminados.

-          vinieron siguiendo una estrella, volvieron transfigurados en estrellas para los otros.

Para terminar, con un poco de humor, este apartado del camino de los magos quiero recoger unos versos, de una gran mujer, que nos enseñan que lo más precioso que nosotros podemos ofrecer al Niño de Belén es nuestra propia vida con toda la pobreza que tiene. No son los regalos caros los que el Señor desea, sino la humildad del corazón y la sencillez de los pobres.

“El camello cojeando,

mas medio muerto que vivo,

va despeluchando su felpa

entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,

Melchor le dijo al oído:

- Vaya birria de camello que

en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén

al camello le dio hipo.

¡Ay que tristeza tan grande

con su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra

a lo largo del camino,

Baltasar llevaba los cofres,

Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba

- ya cantaban pajarillos -

los tres reyes se quedaron

boquiabiertos e indecisos,

oyendo hablar como a un hombre

a un niño recién nacido.

- No quiero oro ni incienso,

ni esos tesoros tan fríos,

quiero al camello, le quiero.

Le quiero, repitió el niño.

A pie vuelven los tres reyes

cabizbajos y afligidos,

mientras el camello echado

le hace cosquillas al niño.

Gloria Fuertes.

3. El hoy de la Navidad.

“Hoy – cantamos con el salmo la noche de Navidad – nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Y en la misa del Alba lo repetimos: “Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor”.

Y así es[36]. Cuando los cristianos, cuando la iglesia, nos reunimos para celebrar los Misterios de nuestra salvación, no es sólo un recuerdo lo que nos congrega, sino la realización para nosotros de aquello que celebramos.

Este “hoy” resuena en nuestros oídos como la actualización real del misterio de la Navidad.

“Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador, alegrémonos. No pude haber lugar para la tristeza, cuando acaba de nacer la vida; la misma vida que acaba con el temor de la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida” (San León Magno).

Cuando la comunidad de Jesús se reúne y hace memoria, ¡realiza el memorial!, y celebra que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, este acontecimiento se hace realidad en el presente. Jesús, el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, el Dios con nosotros, nace nuevamente entre nosotros, se muestra nuevamente a nuestra humanidad y desvela en su rostro el rostro de cada hombre y cada mujer del mundo, y de una manera especial los de aquellos que más viven su debilidad amorosa hasta la muerte.

Probablemente las fiestas de la Navidad son las que mejor faciliten el vivir este “hoy” de una manera más sensible y directa. No tengamos miedo de asombrarnos y llorar de alegría con el corazón ante el “hoy” del nacimiento de Jesús, pues la alegría es de Dios mismo.

Hoy grande gozo en el cielo

todos hacen,

porque en un barrio del suelo

nace Dios.

¡Qué gran gozo y alegría

tengo yo!

 

Mas no nace solamente

en Belén,

nace donde hay un caliente

corazón.

¡Qué gran gozo y alegría

tengo yo!

 

Nace en mí, nace en cualquiera

si hay amor;

nace donde hay verdadera

comprensión.

¡Qué gran gozo y alegría

tiene Dios![37]

 

“Hoy nos ha nacido un salvador”. Y nosotros, como cada año, nos acercamos a verlo con ojos nuevos y mirada de estrenar, a celebrarlo en el “hoy” de la liturgia de la Iglesia, compartiendo la alegría de este recién nacido débil, como los demás niños, en brazos de María y al lado de José – y calentado por el aliento del buey y la mula, que aunque no figuren en ningún relato evangélico seguro que estaban allí en el establo - . Nos acercamos cada año como un “hoy” nuevo y actual, a escucharlo y verlo presente en la palabra de los profetas, y en la palabra de los apóstoles, y en la Palabra de los evangelios.

Pero la liturgia no se detiene en la contemplación del Verbo hecho carne. Nos invita, en el “hoy” del nacimiento de Jesús, a contemplar quien es Él para nosotros. Y Juan nos dirá

“La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros[38]

Por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y se encarnó por obra del Espíritu Santo y se hizo hombre en las entrañas de la Virgen María. Con su nacimiento Jesús se ha realizado la plena revelación[39] del Padre y nos ha dado su vida, la que nos hace hijos de Dios:

En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. A todos los que la recibieron les dio poder para hacerse hijos de Dios”[40].

En Navidad no sólo celebramos el nacimiento de Jesús, sino también nuestro propio nacimiento. ¿No os parece asombroso el misterio de la Navidad? Nadie está excluido del gozo de la nochebuena, ni siquiera el pecador. A todos nos acoge Jesús, a todos y a cada uno nos ofrece la posibilidad de hacernos hijos de Dios y participar de la naturaleza divina[41]. Independientemente de la edad o los méritos, sólo depende de la fe, como bien nos enseña en silencio San José.[42]

El Hijo de Dios, al hacerse hombre, se ha identificado con el hombre, se ha hecho en cierta medida[43] de todo hombre un sacramente suyo[44], especialmente del pobre, del hambriento, del inmigrante, del encarcelado y del perseguido por trabajar por la justicia. Por eso hemos de acertar bien con el camino que lleva a Belén.

A Belén se va y se viene 
por caminos de alegría, 
y Dios nace en cada hombre 
que se entrega a los demás. 
A Belén se va y se viene 
por caminos de justicia, 
y en Belén nacen los hombres 
cuando aprenden a esperar.
 
Lo esperaban como rico 
y habitó entre la pobreza. 
Lo esperaban poderoso 
y un pesebre fue su hogar. 
Lo esperaban un guerrero, 
y fue paz toda su guerra. 
Lo esperaban rey de reyes, 
y servir fue su reinar.
 
Lo esperaban sometido, 
y quebró toda soberbia: 
denunció las opresiones, 
predicó la libertad. 
Lo esperaban silencioso: 
su palabra fue la puerta 
por donde entran los que gritan 
con su vida la verdad.
 
Navidad es un camino 
que no tiene pandereta, 
porque Dios resuena dentro 
de quien va en fraternidad. 
Navidad es el milagro 
de pararse a cada puerta 
y saber si nuestro hermano 
necesita nuestro pan.
        
       La mirada hacia el Dios con nosotros - Emmanuel - nos conduce también a considerar la manera como los creyentes, la Iglesia, debemos mirar al mundo. De que modo hemos de ser hombres y mujeres al lado de los demás hombres y mujeres. La manera como hemos de ser Buena Noticia para los que no conocen o no comparten nuestra fe. 
 
       Las señas del Hijo de Dios que se hace hombre son inequívocas, ya las conocemos: un niño envuelto en pañales, recostado en un pesebre. El Hijo de Dios nace “como un hombre cualquiera”[45], como dirá S. Pablo en el himno  a la carta a los Filipenses. 
 
      “Te vaciaste a ti mismo. Tu mismo ser era el ser Hijo, vuelto al Padre, en el aliento común de su ternura entrañable.
       En ese mismo aliento te volviste a nosotros en absoluta libertad…Tú…que eres la absoluta gracia, renuncias y te despojas del ser que es tuyo, del ser que eras por entero desde siempre”.[46]

Este será el estilo de la Encarnación. Esta será la manera cómo el Hijo de Dios viene para ser luz para todos los hombres. El estilo de la humildad…Jesús no pasa por los caminos de Palestina dando ninguna lección a nadie. Sino que Jesús entra en contacto con la gente, entiende profundamente lo que la gente vive, lo comparte lo hace suyo, y a partir de esa identificación invita a vivir la Buena Noticia. Lo expresa muy bien el Concilio Vaticano II:

 

“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado”[47].

El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores. Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las relaciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imágenes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra[48].

La Iglesia está llamada a recorrer este mismo camino de Jesús[49]. La Navidad, dice un teólogo llamado M. D. Chenu, es un tiempo para “frecuentar la frontera”. Como el mismo Jesús salio a la intemperie del mundo, así también los creyentes hemos de salir del reducto eclesial y entablar una verdadera relación de diálogo sincero, de igual a igual, con el que no cree. No como quien habla desde un lugar “seguro” al que está “fuera”, sino compartiendo la vida de los demás y, en el interior de esa vida compartida, siendo capaces de entender de verdad las reacciones del otro y siendo capaz a la vez de compartir con él las esperanzas y anhelos que a mí me mueven, y entre los que tiene un lugar clave la fe. Con razón, señala, el gran teólogo y mártir D. Bonhoeffer que el lugar del cristiano es el campamento del enemigo; no es la soledad, ni es el aislamiento, sino el poner la tienda de campaña, como Jesús[50], en el corazón del mundo[51].

Buena parte del pensamiento[52] de los siglos XIX y XX presentó a Dios como un ser lejano y distante y como rival del hombre, hasta el punto de que,  no el nacimiento, sino la muerte misma de Dios era condición indispensable para que el hombre adquiriera su auténtica estatura de único dios de este mundo. Pues ya veis: el Dios que se revela en Navidad no es el inquilino usurpador del piso de arriba, que nos impide subir a la terraza. Es el Dios que, sin dejar de serlo, se rebaja hasta la condición humana, asume la estatura de los pobres más pobres, se entrega hasta la muerte para dar la vida al hombre, para levantarlo hasta la inimaginable dignidad de hijo de Dios.

 

Esta es la Navidad. El Dios que mira con ternura al hombre y no sólo le tiende la mano sino que viene a vivir su vida. El Dios que se hace recién nacido, débil en Belén, y es anunciado a un grupo de gente de poca relevancia. El Dios que vive la vida humana sin ninguna otra arma ni criterio que el amor. El Dios que muere torturado y ejecutado en el suplicio infamante de los esclavos. El Dios que rompe las cadenas de la muerte y ofrece vida y amor infinitos. El Dios que es Dios con nosotros, Emmanuel[53].

Te acercaste con las manos extendidas y nos tomaste a nosotros de la mano. Ahora nos acoges. Nuestros corazones se llenaron de alegría cuando nos dijiste “estoy aquí junto a vosotros”. Pero la alegría nos inundó cuando nos dijiste que te quedabas “para siempre con nosotros”. Ahora nuestra alegría se desborda cuando nos acoges para vivir tú mismo “en nosotros[54].

Todo el nacimiento del Hijo de Dios está envuelto en un asombro de amor que podemos llamar alegre desconcierto o “pasmo” tal como admirablemente cantó San Juan de la Cruz en su Romance del Nacimiento:

Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía,
Entre unos animales
que a la sazón allí había.


Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía.
Y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
y lo cual del uno y del otro

tan ajeno ser solía[55].

Y se ha dicho que sólo se puede creer en el Misterio de la Navidad cuando, tras el asombro, seamos capaces de superar el escándalo. “Dichoso aquél que no se escandalice de mí”[56], dice Jesús. El escándalo depende del hecho de que aquel al que Juan proclama como “Dios” es el niño en un pesebre, el que mas tarde recorrería los caminos y aldeas de Galilea, del que decían los judíos “éste sabemos de dónde viene y quien es”[57] , alguien que va a morir en una cruz.

Decía despectivamente Celso: “¿Hijo de Dios un hombre que ha vivido hace pocos años? ¿Uno de ayer o anteayer?, ¿un hombre nacido en una aldea de Judea, de una pobre hilandera?”

“La Luz de la Navidad nos llama también a nosotros,

Jesús, hermano, hijo de María, Hijo de Dios.

Nos llama como llamó a los pastores desconcertados,

y como llamó  a los magos

para hacernos emprender aquel largo camino.

Porque en Belén,

en tu carne tan débil,

en tu rostro de niño que aun no ha aprendido a mirar el mundo,

nosotros vemos reflejado todo el amor de Dios.

En tu carne

está aquel amor, aquella ternura, aquella esperanza confiada

que sólo Dios es capaz de dar.

En tu carne, Dios se ha hecho uno de los nuestros

y eso es lo mas grande que nadie

haya podido llegar nunca a soñar.

Contemplándote aquí, acostado en el pesebre,

acompañado del amor de María y José,

queremos poner en tus manos

- manos pequeñas, que aun no saben coger las cosas –

nuestras ilusiones y nuestros temores,

nuestro deseo de fidelidad y también nuestro mal.

Y queremos poner también el mundo entero:

a los que queremos y a los que no conocemos,

a los de cerca y a los de lejos;

y, sobre todo, a los que mas sufren.

Tus manos Jesús, son manos para todos los hombres.

Porque en ti, en Belén, en tu carne,

Dios ha hecho suyo cada paso que dé cada hombre,

para que, por siempre,

los ciegos puedan ver, los cojos puedan caminar,

los cautivos recobren libertad,

y los pobres puedan oír la gran noticia de la liberación.

Que tu Luz, Jesús, nos ilumine siempre. Amén[58].

Muchas gracias.

 

 

Tomás Durán Sánchez

Vicario de Pastoral

Salamanca, a 11 de diciembre 2010



[1] Jn 1, 1-5. 9-14. 16-18. Citamos sólo estos versículos porque se acercan mas al Prologo primitivo, sin añadidos posteriores. Para ello, Cf. R. E. Brown, El Evangelio y las Cartas de Juan, Bilbao 2010, pp. 35-40

[2] Cf. R. Schnackenburg, ¿Dios ha enviado a su Hijo?, Barcelona 1992, pp. 7-19.

[3] Cf. Ga 4, 4

[4] Cf. Lligadas J, Navidad, Dios con nosotros, Barcelona 1993, pp. 11-16.

[5] Lc 2, 8-20.

[6] Mt 28, 5-6

[7] Lc 2, 12

[8] Himno de Laudes. Festividad de la Sagrada Familia.

[9] Lc 2, 14

[10] Kontakion, de Romanos el Melódico.

[11] Himno de Laudes. Solemnidad de la Natividad del Señor.

[12] Lc 2, 15

[13] Cf. Mt 11, 5; Lc 7, 22.

[14] Cf. E. Lohse, La alegría de la fe, Santander 2008, pp. 38-39.

[15] Lc 2, 11

[16] Lc 2, 16

[17] Lc 2, 20

[18] Fr. Ambrosio de Montesinos, Romance del Nacimiento de Nuestro Salvador.

[19] Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Natividad del Señor. Roma 2009

[20] K. Rahner, El Año Litúrgico, Barcelona 1966, p. 36.

[21] Mt 2, 1-12

[22] Cf, Lligadas J, obra citada…pp 16-23.

[23] Jn 1, 5

[24] Himno de I Vísperas de la Solemnidad de la Epifanía del Señor.

[25] Ml 3, 20

[26] Ex 24, 7

[27] Lc 1, 7

[28] Benedicto XVI, Homilía de la Vigila en la JMJ Colonia 2005. Colonia 2005.

[29]Cf.  Prieto Ramiro, R, Hoy…estoy a tu puerta y llamo (Cf. Ap 3, 20). Adviento Navidad 2010-2011, Madrid 2010, pp. 160-162.

[30] R. Schnackenburg, obra citada…p.54.

[31] K. Rahner, obra citada…p. 39

[32] Himno de Laudes para la Solemnidad de la Epifanía del Señor.

[33] K. Rahner, obra citada…pp. 42-43.

[34] Benedicto XVI, Homilía en la Solemnidad de la Epifanía del Señor. Roma 2009.

[35] R. Prieto Ramiro, El Buen olor de Cristo. Adviento y Navidad 2009-2010, Madrid 2009, p. 174

[36] Cf. Lligadas, J. obra citada…pp. 33-36.

[37] Himno de las I Vísperas de la Natividad del Señor

[38] Jn 1, 14

[39] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, 9

[40] Jn 1, 4.12

[41] Concilio Vaticano II, Decreto Ad Gentes, 3

[42] Cf. Mt 1, 24

[43] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 22

[44] Cf. Mt 25, 31-46

[45] Cf. Flp 2, 6-11

[46] Marcelino Legido, Misericordia entrañable, Salamanca 1986, p. 318

[47] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 22

[48] Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 32

[49] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 8

[50] Cf. Jn 1, 14.

[51] D. Bonhoeffer, Vida en Comunidad, Salamanca 1982, p. 9

[52] Cf. Mons. Ciriaco Benavente Mateos, Pregón para Navidad sin prisas, “se hacer saber…”. Pliego de Vida Nueva, nº 2688, 19-31 diciembre 2009.

[53] Cf. Mt 1, 23

[54] M. Legido, Le llamarán Emmanuel (Mt 1, 23). Aclamación al Señor para la hora del nuevo Éxodo. Navidad 1984.

[55] San Juan de la Cruz, Obras Completas, EDE, Madrid 1988, p. 57

[56] Mt 11, 6

[57] Jn 7, 27

[58] Lligadas, J. obra citada, pp. 69-70

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