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II EXALTACIÓN DE LA NAVIDAD

II.-Isabel-Bernardo

II EXALTACIÓN DE LA NAVIDAD

 

HERMANDAD DE PENITENCIA DE NUESTRO PADRE JESÚS DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS Y MARÍA SANTÍSIMA DE LA CARIDAD Y DEL CONSUELO

 

Iglesia de los Padres Carmelitas Descalzos, Salamanca 12 de diciembre de 2009

 

por Isabel Bernardo Fernández

 

 

Padre Prior de la Iglesia de los Carmelitas Descalzos de Salamanca, don Santiago Guerra Sancho.

Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras y María Santísima de la Caridad y del Consuelo.

Autoridades.

Hermanos en Cristo.

 

Era el año 752 de la fundación de Roma y el año 42 del imperio de Octavio Augusto cuando en Belén de Judea, ciudad humilde de la Tierra de Israel, nace en un pesebre Jesús Emmanuel.

¡Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

¡Alegraos, hermanos! ¡Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor!

¡Alegraos, amigos! como yo me alegro pues, aceptando la invitación de esta Hermandad, he venido aquí, humildemente y con compromiso cristiano, para anunciarle y para celebrar su palabra. Para decir que, como en aquel día histórico y divino, volverán a escucharse los cantos gloriosos de los ángeles porque Dios hecho hombre va a nacer y ha de llover gracia sobre los hombres mientras duermen ya las flores el invierno y se hace la Luz en todos los caminos. Navidad en un mundo que ha de celebrar la vida, la familia, los sentimientos y, en esta parte de la tierra, el regreso del sol tras el solsticio de invierno para volver a encontrarnos y buscar nuestra razón de ser. Y como sucede cuando se habla o escribe de las cosas grandes, y también de las pequeñas, he de buscarle la entraña a la Navidad para sentirla en todo su significado, poniendo orden a mis pensamientos, conteniendo mis emociones y huyendo de todo aquello que no suene sino a vacío.

A todos los que están aquí quiero ofrecerles mi abrazo y darles la bienvenida a esta Iglesia de los Padres Carmelitas Descalzos, cobijo hoy de sueños y esperanzas mientras la noche permanece siendo esa negrura de enigmas con estrellas que nos vigilan desde cualquier punto del universo. Suplico la gracia y la protección de Nuestro Padre Señor Jesús Despojado de las Vestiduras y de María Santísima de la Caridad y del Consuelo para que ponga en mis labios las palabras precisas que merecen su Gloria y nada sea de temer en todo lo que aquí quede dicho. Salamanca de letras y de gentes, en una meseta de sequías y caprichos que diezman nuestras ilusiones. Salamanca de nuestro corazón difícil y solitario, ábrele los ojos al Niño porque una Estrella viene a posarse sobre la espadaña de nuestros sueños para anunciarnos el nacimiento de Jesús.

He escrito este pregón casi con los ojos cerrados porque estaba en mi deseo que no fuera sino un cuento de Navidad de mi misma, de mis sentimientos, un espacio donde buscarme con vivo anhelo. Y por eso, como en “La canción de Navidad” del célebre escritor Charles Dickens, he dejado que me visitaran los fantasmas de mi conciencia y que ocuparan el delicado espejo de mi corazón para mostrarme las imágenes de lo que fui, de lo que soy y de lo que finalmente seré. Y de este modo los fantasmas me han traído las preguntas, la fascinación y el pensamiento y, como bolas de frágil cristal las he ido colgando del árbol de este pregón, aún sabiendo que al igual que sucede en el cuento de Dickens, quedarán en las ramas del árbol espacios en blanco donde han brillado y sonreído ojos que yo amaba y ya se han ido, y que en la parte invisible de las ramas más bajas, se ocultará el tiempo de la vejez desde donde algún día habré de mirarme, aunque me sienta con corazón de niña e impregnada de fe y confianza infantiles.

Voluntariamente he decidido subsistir de forma optimista en este mundo tan incierto. Por eso huyo de la desesperanza y busco la protección de este Niño Dios que año tras año nos ha mantenido con la mirada embobada y nos llena de sueños. No todo en este mundo nos será impuesto mientras el corazón pueda decidir nuestra moral y nuestra verdad. Por eso hoy, lejos ya de aquellos años de la infancia, voy a llenar de nuevo el árbol de la ilusión y de la fe. Para de algún modo sentirme una vez más niña y vivir con la misma esperanza.

Así que: ¡Bien venidas vosotras, las que fuisteis aspiraciones, creaciones deslumbrantes de una ardiente fantasía al cobijo del acebo! ¡Bien venidos viejos proyectos y viejos amores, por volubles que fuereis, a los rincones entre las luces que hoy arden a mi alrededor! ¡Y que este árbol colme de dicha y alegría sus ramas y que se vuelva a escribir la historia desde el principio de los tiempos!

Sin embargo, hermanos, la Navidad no es un cuento. Los hombres hemos cometido demasiadas barbaries en el mundo como para ocultarle la mirada y hacer del mismo una historia a nuestro capricho. Aquello sólo sucedía cuando yo era niña, éramos todos niños, y el mundo de la realidad lo contemplábamos desde muy lejos con ojos llenos de sorpresa e inocencia. Pero el tiempo no se anda entreteniendo en el camino y acaba obligando a los hombres a medirle y mirarle con recelo, temerosos de volver sus ojos atrás y de que las agujas del reloj avancen imparables hacia lo que no podemos aprehender con nuestras manos. El mundo de la realidad nos llena de limitaciones ante las desdichas que sufren nuestros semejantes. Desearía con toda mi alma hacer desaparecer el miedo, el terror, el hambre, la violencia… pero sé que hablo de utopías. Sin embargo, me niego a dar la razón a quien afirma que en los nuevos tiempos la Navidad no tiene razón de ser porque desde el principio de la historia de la humanidad, el hombre vivirá entre la afirmación y la duda, y en su entorno se darán todos los contrasentidos y sinrazones. La comercialización de estas fechas en la nueva era no debe suscitar tales problemas espirituales y nuestra inteligencia debe permitirnos hacer Navidad sin hostilidad a nuestra forma de vida actual. El laicismo, lo pagano, no debe ser un agente hostigador que despierte profunda enemistad con nuestras conciencias o tradiciones. La sociedad multicultural no debe terminar con las prácticas confesionales de los pueblos, experiencias que siempre les mantendrán vivos en el espíritu y en la libertad. Y con esa libertad buscaremos la necesidad de la vida nueva y llegará la Navidad como “Eterna Primavera”. Un sentimiento de plenitud que nos integra en un orbe de vida superior, intemporal e inespacial. Una inmersión en lo más íntimo de lo que somos que trascenderá todos los límites territoriales y nacionales y no se extinguirá en los tiempos fugitivos del mero existir. Una forma diferente de mirarnos a nosotros mismos directamente a los ojos para poder vivir en paz .

Resulta extraño que las nuevas tendencias de las artes supremas inviten a la sociedad a reflexionar con imágenes vacías, objetos casi inexistentes, y fórmulas meta poéticas extrañas para acostumbrar a lo intangible, a lo “no revelado”, y sin embargo, aparte y humille al hombre que reflexiona para buscar a Dios. Una sociedad que se ampara en sus derechos de libertad de sexo, de libertad de expresión, de libertad política… y que ha de omitir a Dios de sus circunloquios. ¿No es ésta sino otra forma de dicha a la que no deberíamos renunciar y de la que no deberíamos avergonzarnos? ¿Por qué no atreverse a decir que las artes también están en Dios como lo están la vida, la luz, la noche y la música de los pájaros en la chopera, junto al río?

La sociedad contemporánea ha avanzado en la tecnología, en la ciencia y en el conocimiento del universo. Sin embargo, no ha dado respuestas a las principales y más temerosas preguntas del hombre: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?

El misterio del origen del hombre y del universo sigue sin revelarse y de ahí la necesidad de buscar a Dios porque Dios es respuesta y misterio. Por eso amigos, necesito buscar a Dios. Para saber que en algún punto del universo van a recogerse para siempre mis cenizas; necesito buscar a Dios para volver a ver los ojos de aquellos a los que tanto debo y me abandonaron dejándome llena de nostalgia y dolor. Necesito buscar a Dios para hallar el último y definitivo consuelo y entregarle de este mundo los escasos triunfos que tengo entre mis manos. Necesito buscar a Dios para que me lea el corazón como nadie será capaz de hacerlo en este mundo. Por eso he de dejarle nacer. Por eso he de celebrar su venida. Para reafirmarme en su misterio. Para recordarle mis dudas. Para arrodillarme ante Él y pedirle ayuda. Para recuperar la humildad y saberme cerca de los míos. Para creer que mi vida no es una simple ensoñación llena de molinos y gigantes donde mi lucha será un asunto baldío.

Y para buscar a Dios tengo que hacer Navidad, celebrando el nacimiento de todas y cada una de las cosas que me rodean, sin tener que renunciar a ninguna de ellas porque, para bien o para mal, son obra de nuestras obras, fruto de la inteligencia que Él puso en cada uno de nosotros. Decía José Ángel Valente, una de las personalidades intelectuales más relevantes de la cultura europea del siglo XX, que muchos hombres han perdido el sentimiento de lo poético e ignoran hasta qué punto les rodea lo invisible y las criaturas espirituales que hacen denso el aire. Y es que si la literatura ha buscado sin descanso a Dios, ha sido la poesía uno de sus mejores lamentos, porque en su búsqueda o incluso en su negación, permanece el poeta buscándole hasta el día de la muerte y será en su misterio, donde halle el último hálito, el postrero verso. De ahí que mis poemas me estén señalando siempre su camino.

Hasta el mismo don Quijote, en su discurso sobre las armas y las letras, anuncia las buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres. Y éstas –dijo- llegaron con los ángeles, la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Y esta salutación enseñó a sus allegados, como joya que sin ella en la tierra, ni en el cielo, puede haber bien alguno. Y así podemos imaginar al Caballero de la Triste Figura y a Sancho, su escudero, camino del Portal, fascinados como los Magos por la Luz y a su encuentro, para darnos testimonio del Verbo hecho Carne.

En la Navidad del Arte y de las Letras todo se detiene y arde en la Luz de la Buena Nueva. En la Navidad del Pensamiento las imágenes son hechizos que abrirán la puerta a un camino nuevo para buscar la paz y el bien en la tierra y sus habitantes.

Deberíamos mostrarnos inquebrantables en la lucha por este bien, con voluntad, nobleza y sacrificio personal. Fuimos Quijotes del mundo y nos adueñamos de su espíritu soñador para hacer de nuestra vida, una aventura que mereciera la pena. Hoy parece que nosotros, Quijotes del siglo XXI, hemos olvidado las causas justas por las que merece la pena luchar y los sueños ya no son solidarios ni buscan la equidad. Hoy los Quijotes ya no se preocupan por el nombre del lugar donde deambulan, ni dónde están los gigantes. Hoy la lucha, casi virtual, se hace en el vacío, como autómatas solitarios e irreflexivos, muy lejos del concepto cristiano que abrigaba el corazón del Ingenioso Hidalgo y que le merecería la universalidad. Esa palabra divina de Cervantes que llegaría al mundo de todos los tiempos a través de su testaferro, el Caballero andante de la Fe.

Vivimos en una sociedad multicultural donde no debemos pretender la pureza cultural sino dejar que se llene de ansias el espíritu y que la fe aflore y quede el alma inquieta. Porque las respuestas llegan siempre desde la pregunta, desde la reflexión íntima. Sólo cuando el bien y el mal confluyan en la ambición del conocimiento y del saber, entonces lo principal y lo secundario se volverá Luz. Nuestra vida no está sometida únicamente a los instintos materiales. Además tenemos ambición de bienes espirituales, creencias, ideales, valores… Ahí está el contenido de nuestra vida, lo que quedará de nosotros cuando partamos hacia la Gran Noche de las Estrellas. Las religiones siempre serán un proyecto universal de vida. Buscar a Dios significa afirmarse en su misterio, significa reconocer nuestra presencia y dar sentido a la ausencia, la trascendencia más allá de nuestro propio nombre, de nuestra representación imaginaria en la idea humana. Ante cada afirmación de Dios, surgen las inseguridades, las dudas, las preguntas. ¿No significa esto sino confirmarnos como hombres? La Navidad no es un proyecto de poder ni de prestigio. Es un proyecto de corazón. Un proyecto además individual y preferentemente solidario que deberíamos recordarnos cada mañana. Porque la Navidad es un símbolo que explica sin palabras nuestro sentir, la Luz no usada de Fray Luis de León, el silencio sonoro de Juan de la Cruz. La gran metáfora del mundo y de la vida y la explicación también de la Cruz. Cruz como algo vivo que nos recordará que cuando caemos, tenemos que levantarnos. ¿Por qué no recordar ahora a Unamuno cuando al ver en arcilla lo que luego sería luego su busto, éste que ahora está en el Palacio de Anaya, marcó con su dedo una cruz en el pecho? Y lo hizo justamente al lado del corazón. Y es que don Miguel no se reconocía sin la necesidad de Dios dentro de él.

Pesa, sin embargo, tanto la debilidad de este mundo que ha convertido la Navidad en un arma arrojadiza, casi letal, contra la propia humanidad. Y esta debilidad nos ha llenado de pobreza, de xenofobia, de racismo, de envidia, gigantes insaciables que se alimentan hoy, ayer y siempre con nuestras propias entrañas. Pero todos y cada uno de estos males estaban escritos. Dios conocía muy bien las debilidades de sus hijos y, a pesar de sus alertas, no pudo evitar que se cumplieran las Escrituras.

El mundo no es como nosotros lo soñamos. La Navidad está lejos del sueño que transmitiremos de generación a generación. Sin embargo no podemos renunciar a celebrarla porque nos negaríamos a nosotros mismos y a nuestras preguntas. La Navidad es un espejo en el que debemos mirarnos a los ojos y adónde llegarán como a las aguas de un río, las imágenes de nuestra vida y sus resultados en nosotros y, muy especialmente, en los demás.

Son muchos los que celebran la Navidad con una actitud de duda o, incluso, de negación. El nihilismo ha dominado como una bestia salvaje el mundo interior porque “lo que no se entiende, no existe” Pero también son muchos los que en silencio dan gracias al Señor desde la desgracia, la enfermedad, el hambre, la represión o la miseria. Las grandes vergüenzas de este mundo que se resiste a mirarse de frente y, por eso, ha preferido paganizar sus fiestas religiosas para crecer únicamente en lo superficial y cerrar los ojos al alma y otras necesidades humanas más espirituales.

Pero a pesar de todo, desde el contento, la nada o la desdicha, la Navidad nos devolverá el recuerdo del origen, en esta parte del mundo, cerca del solsticio de invierno donde todo será a partir de ahora ganar Luz.

La Luz que ilumina el árbol de mi cuento, el de este pregón al que estoy dando lectura delante de todos ustedes y donde ahora están brillando, con más fuerza que nunca, los ojos de los que ya no están conmigo. Aquellos ojos de mi abuela, por ejemplo. Cuando ella los recogía en silencio y oración ante el pequeño Niño de cerámica esmaltada y me apretaba la mano mientras mi perrita estaba recostada sobre mis pies porque, como decía don Tomás, el sacerdote que celebraba la Eucaristía y que hoy está en esta iglesia, Jesús quiso nacer entre hombres y animales. Los ojos siempre alegres y llenos de fe de mi abuelo, llenando de música y júbilo la casa porque era Navidad. Los de tantos amigos y conocidos que hoy me han devuelto en la memoria la tranquilidad de su voz, su sonrisa de siempre, sus abrazos. Y brillan también los de los que me acompañan en el presente. Los que seguirán haciendo Navidad a mi lado e irán construyendo el poema de mi vida. Y el futuro quedará chispeando siempre en lo alto, lejos de mí, muy lejos, siempre inalcanzable, como una estrella en la noche que me vigila y a la que no dejo de mirar.

Este ha sido mi cuentote Navidad, mi pregón, la lectura pública de mis sentimientos y el espacio adonde he venido a buscarme. Estos han sido los fantasmas de mi conciencia. Los que libremente me han llenado de preguntas y de maravillosas imágenes aparentemente perdidas en la memoria. Estampas que hoy quedarán colgadas en el árbol de esta Navidad para reavivar la necesidad del Misterio que a hombres y a animales nos fue revelado en nuestro distinto entendimiento. Y todos estos detalles se volverán casi sagrados y la Luz de la Estrella Guía se alzará como el canto de los ángeles para que yo salga a su encuentro:

¡Gloria a Dios en las alturas y Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

¡Alégrate, Salamanca, porque una Estrella se ha posado sobre tu piedra y aquí, en esta Iglesia de los Padres Carmelitas Descalzos, al amparo de  Nuestro Padre Señor Jesús Despojado de las Vestiduras y de María Santísima de la Caridad y del Consuelo, va a nacer el Niño Dios!

Queridos amigos, que la Navidad, Eterna Primavera, se haga en todos nosotros y trascienda toda lección civilizada y erudita que como tal la exalte.

He dicho.

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