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Porque el Espíritu también sopla en las cofradías

Porque el Espíritu también sopla en las cofradías 

Quinario 2013 077

No existe un solo camino para llegar a Dios, hay muchas maneras de acercarse a Él. Pero no solo somos nosotros los que caminamos hacia Dios, sino que Él nos busca y quiere encontrarnos en todas las situaciones posibles. Así lo intuía Ignacio de Loyola cuando afirmaba que "El mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación divina" (EE: 234). Y dentro de todos estos caminos por los que Dios deja que se le busque y por los que Él nos sale al encuentro, en los últimos años va tomando fuerza el de las hermandades y cofradías.

Aunque no se puede ser ingenuo y creer que este es un camino de rosas (ya que todos sabemos que el mundo cofrade es bastante folclórico y ambiguo), creo que tampoco se puede dudar de que por medio de las cofradías Dios se comunica y se da a muchas personas. Y entre ellas se encuentran muchos jóvenes cuya relación con la Iglesia es muy poca, o prácticamente nula.

Por ello creo que el Espíritu está queriendo decirnos algo valiéndose de este fenómeno tan curioso. Porque no deja de ser paradójico que en medio de una sociedad que se va secularizando y alejando del cristianismo, surjan movimientos que utilicen los símbolos más explícitos de la fe cristiana como señas de identidad.

No faltarán los que expliquen estos fenómenos equiparándolos a manifestaciones culturales o folclóricas, como tantas que tienen lugar en nuestro país. También habrá quien quiera verlo como un intento de resucitar otras épocas y otras espiritualidades (la mayoría de las cuales no solo no han sido vividas por los jóvenes cofrades, sino que ni siquiera tienen noticia de ellas). Otros, aceptando que dichas mociones puedan venir de Dios, las calificarán como pueriles, vacías o de segunda categoría, y por ello pretenderán llevarlas hacia una fe más adulta.

Pero el caso es que, sea como sea, este soplo del Espíritu parece que va creciendo ante el asombro de algunos y la alarma de otros. Y por ello creo que es responsabilidad nuestra, como Iglesia, tratar de leer este signo de nuestros tiempos, para poder acompañarlo y también para discernir lo que Dios nos quiere decir a través de él. Con ello, no quiero decir que todas las propuestas de cofradías y cofrades estén llenas de fe sincera y que no existan ambigüedades o vaciedades dentro de las mismas. Más bien creo que, conociendo todo ello, hemos de saber interpretar lo que hay de Dios dentro de ellas, en lugar de rechazarlas frontalmente.

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Personalmente, en mi experiencia con las hermandades me he encontrado con todo tipo de personas y por lo tanto de intereses hacia las mismas. Siendo cierto que hay gente que solo ve el folclore, no es menos cierto que en las cofradías he conocido a muchos cristianos de verdad, a los que su vivencia de la hermandad les ha acercado al Dios de Jesús y les ha hecho plantearse como podrían ayudar a otros a conocerle, a la vez que se han interesado por los pobres y los que sufren. Pero también en las cofradías he podido conocer a muchas personas, la mayoría jóvenes, que creyendo en Jesús, no acaban de formular su fe del todo y tienen a confundir y mezclar su experiencia religiosa con otro tipo de experiencias.

Sinceramente creo que delante de una realidad como esta, en la que algo nuevo está naciendo (aunque utilice moldes que pueden parecer muy viejos), no podemos quedarnos con los brazos cruzados, pero tenemos que ser muy cautos y sensatos a la hora de actuar. Me refiero a que si queremos ser cristianos consecuentes, no podemos permitirlo todo. Es decir, no podemos por ejemplo quedarnos de brazos cruzados ante conductas que rozan la idolatría, o despilfarros cuando hay gente a nuestro lado que se muere de hambre. Pero por otro lado no podemos rechazar frontalmente este tipo de prácticas, sino que más bien debemos conducirlas pedagógicamente, tal y como hizo Jesús con sus discípulos.

Pero sobre todo, creo que debemos de aceptar que dentro de todos estos movimientos está Dios actuando. Y que es Él el que desea comunicarse con las personas utilizando los medios que crea convenientes. Dios puede comunicarse de igual modo por medio de una imagen (como hizo con Santa Teresa de Jesús), como por medio de la más alta filosofía (como ocurrió con San Agustín). "El Espíritu sopla por donde quiere" y nosotros no podemos controlarlo. Nuestra misión es más bien "preparar y disponer nuestra alma para recibirlo" y procurar que pueda llegar a cuantas más personas mejor.

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