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Santa Bonifacia, un ejemplo para nuestra Hermandad .

La Junta de Gobierno informa que nuestra Hermandad tendrá una reliquia de Santa Bonifacia Rodríguez de Castro , gracias a las gestiones realizadas Ángeles Sánchez , Natividad Martín y Jesús López Martín. En las próximas semanas os anunciaremos cuando se realizará el acto de entrega. Queremos agradecer con  todo nuestro corazón y oración este regalo que supone un seguir avanzado paso a paso en nuestro caminar.

 Bonifacia Rodríguez Castro (1837-1905)

Bonifacia_Dibujo

Santa Bonifacia:

El compromiso con la mujer trabajadora pobre

La mayor parte de los hombres y mujeres que habitaron el siglo XIX español, como en cualquier época, no sintieron que estaban construyendo una página de la historia, sin embargo fueron protagonistas silenciosos de una realidad que se iba escribiendo con su crecimiento humano. Ahí, en esta encrucijada histórica y como una de tantas, reposa la vida de Bonifacia. Ella será testigo de esta época, participará de sus ilusiones y decepciones, se hará preguntas, buscará respuestas y luchará por allanar el camino en el mundo de la mujer trabajadora y pobre.

Nace en Salamanca el 6 de junio de 1837 en una humilde vivienda en la pequeña calle de Las Mazas, en el barrio cercano a la Universidad. Va creciendo en medio de la inseguridad que da la pobreza, cambiando con frecuencia de casa, según las coyunturas familiares lo permitían. Desde muy joven colabora en la sastrería de su padre, cuida de sus hermanos, sufre y se alegra con los suyos, asume las estrecheces y la dureza del trabajo. Cuando termina los estudios primarios, comienza a prender el oficio de cordonera insertándose así en el mundo del trabajo artesanal, sin más ambiciones que ganarse el pan con la habilidad de sus manos.

En noviembre de 1865 cuando se casa su hermana Agustina, instala un taller propio de cordonería, pasamanería y otras labores. En él comienza a hacer realidad en el día a día su experiencia de encuentro con Dios en el trabajo, al estilo de la casita de José en Nazaret.

En 1870 llega a Salamanca Francisco Butinyà, un jesuita nacido en una familia industrial catalana, hombre inquieto e intelectual, que estaba fraguando en su corazón y en sus escritos una respuesta al mundo del proletariado naciente, respuesta que sólo tímidamente se estaba atreviendo a buscar el catolicismo oficial. Bonifacia lo elige para que acompañase su proceso de fe. Más de una vez le había escuchado decir que el trabajo es una manera de hacer a las personas más libres e iguales, y en él se puede ser testigos del Evangelio, comprometidas con la realidad y eso era lo que ella quería vivir,.

Esta mujer sencilla y trabajadora hace también de su taller un lugar de acogida y de encuentro, donde, con un grupo de amigas se reunía los días festivos. A estos encuentros invitan a Butinyà y bajo su asesoramiento constituyen la Asociación de la Inmaculada y san José. En la casa de Bonifacia ponen la sede. Son tiempos confusos, las ideologías, iban y venían, y las soluciones a los problemas sociales y políticos se dilataban en medio de la confrontación. Ellas, mujeres sencillas no debaten las grandes cuestiones del momento, pero sí intentan construir pequeñas respuestas que mejorasen el mundo que tocaban.

Bonifacia en su proceso de fe se siente llamada a la vida religiosa y decide entrar en el convento de las Dueñas de Salamanca. Lo habla con Butinyà, pero él, que había conectado desde lo hondo con esta artesana sencilla y recta, que la había visto madurar y había contemplado su seguimiento de Jesús trabajador en Nazaret, y que estaba preocupado por hacer creíble a Dios en medio de la revolución industrial, le sugiere algo distinto: la fundación de un nuevo instituto de vida religiosa que diese respuesta a la situación de la mujer pobre que desde muy joven debía buscar empleo.

La situación ambiental era conflictiva, se estaba derrumbando la I República. La fundación debía apresurarse y así, el 10 de enero de 1874 las siete primeras Siervas de san José comienzan a hacer realidad el sueño en la propia casa de Bonifacia. Ella siente que aquello que había constituido su hogar, aquello tan cotidiano, tan vulgar incluso, se convertía en el espacio para una vocación, para un nuevo proyecto.

Butinyà les escribe unas constituciones rompedoras que nacían de la experiencia de Jesús, que siendo uno de tantos en una aldea de Nazaret dijo con su vida que ser persona es algo más que inmediatez y éxito y que la salvación de Dios pasa por la esencia misma del ser humano, por sus esperanzas y frustraciones, por sus manos y su mirada.Bonifacia_en_el_taller--644x362

La Congregación inicia su andadura dispuesta a hermanar oración y trabajo, en un escondido taller. Con la única pretensión de testimoniar en medio del mundo que es posible la fraternidad en el trabajo, construyendo espacios que ayuden a ser personas criticas y libres.

El Reglamento de los talleres que Butinyà les entrega será la concreción de su proyecto de vida. En él Bonifacia se mirara siempre y a él se mantendrá fiel, a pesar de las oposiciones y contradicciones, en su tarea de animar la comunidad. A lo largo de su vida se irá identificando con el estilo de José de Nazaret, consciente de que también ella estaba construyendo un hogar.

Bonifacia pone todo lo que tiene, al servicio de esta empresa: su casa, sus cosas, su persona. Conoce el trabajo, la privación y el esfuerzo, pero sabe que Dios la quiere ahí enraizada en la vida, creciendo desde el esfuerzo diario, construyendo desde su pequeña historia humana y sencilla.

Mientras tanto, los vaivenes históricos que sufre la Compañía de Jesús hacen que Francisco Butinyà sea expulsado de España en abril 1874. Su nuevo destino será Francia. Siente tener que dejar la fundación, apenas iniciada, en la que había volcado tanta ilusión y cariño. En Junio les escribe una carta en la que les anima a vivir a fondo el proyecto iniciado y les expresa como se siente parte, con ellas, de la obra emprendida. Bonifacia ya sola se empeñará en que todas vivan con fidelidad su llamada a hermanar oración y trabajo, preservando del peligro de perderse a las jóvenes que carecen de él, y potenciando la industria cristiana.

Con pocos medios pero con mucha ilusión se inicia el sueño que va a configurar la vida de Bonifacia, por el que va a luchar y el que moldeara su experiencia de Dios. Habían elegido una forma de vida novedosa que rompía los esquemas convencionales: era una Congregación que había optado por la clase trabajadora, que buscaba ser una mas entre ellas y proclamar que la vida diaria de Jesús de Nazareth podía ser algo mas que un relato para la imitación moral y convertirse en un modo de evangelizar y promocionar a la mujer trabajadora desde su propio lugar social.

En medio del caos generado por la anarquía y las revueltas de la España del momento, silenciosamente, Bonifacia pone su huella suave en la historia., sin estridencias, desde un taller de mujeres.

El 14 de enero de 1875 llega a Madrid Alfonso XII, restaurándose la monarquía en España. Se inician tiempos seguros. Se busca tolerancia y estabilidad. La Iglesia recupera su seguridad y prestigio El clero recupera sus planteamientos tradicionales. En marzo de 1875 llega como nuevo obispo a la ciudad Narciso Martínez Izquierdo. A lo largo de su gobierno intentará mejorar el nivel religiosos de su Iglesia con talante innovador y dinámico. Comprenderá y apoyará el horizonte de la fundación josefina, aunque no siempre estará acertado en sus decisiones frente a ella.

En 1875 se trasladan a la calle libreros. Ha aumentado el número de religiosas y con ello la complejidad y el pluralismo. La novedad del intento no cuaja en todas de la misma manera y comienzan las divisiones. El ideal de vida religiosa que en la sociedad se está imponiendo tiende a buscar estructuras seguras desde esquemas más institucionales que carismáticos. La fidelidad se convierte en un reto, pues ya sabe que los vientos de están volviendo en su contra. Está segura de que lo que sus manos curtidas están tejiendo nace de la hondura de Dios y está enraizado en la vida. Nada aparentemente sublime parece construir, pero encarna lo más genuinamente humano, lo pequeño y lo sencillo.

En 1878 es nombrado director de la Congregación Pedro García Repila, el hombre que entre bastidores irá acercando la fundación hacia la estabilidad y el prestigio, alejándola de sus orígenes. Esto supondrá la marginación de Bonifacia, su ocultamiento; las mentiras, la manipulación y la calumnia la irán rodeando. Se le cierran los caminos humanos, pero ella mantiene su esperanza puesta en Dios, serena y tranquila.

El 16 de agosto de 1881 se trasladan a la Casa de santa Teresa, un viejo caserón amenazado de ruina que ellas deben arreglar. La Asociación Josefina sigue en pie y mantiene una relación cercana con las Siervas de San José. El encuentro entre laicas y religiosas es una experiencia fresca, sencilla y cargada de profecía.

Butinyà, ya de vuelta en España, está viviendo en Girona y desde allí anima a Bonifacia ir a fundar a Cataluña, pues urgía una respuesta como la salmantina pero las circunstancias comunitarias no permiten el viaje: Butinyà decide comenzar allí él la fundación y así el 13 de febrero de 1875 nace la primera comunidad catalana.

La Congregación se va extendiendo por Cataluña y en 1882 Butinyà, propone a Bonifacia la unión de las casas catalanas con la de Salamanca. Bonifacia se lanza esta vez al viaje. Durante su estancia en tierras catalanas conoce a las hermanas de Cataluña e inicia las gestiones para la unión. A su vuelta visita a Butinyà en Zaragoza, donde repentinamente recibe una carta de su comunidad que viene firmada por Ana Muñoz como superiora. Bonifacia recibe así la noticia de su propia destitución en su ausencia. La situación cada vez es más dura.

Al regreso la acogida es fría, ya no se cuenta con ella y se la menosprecia. Humillaciones, rechazo, desprecios y calumnias recaen sobre ella para hacerla salir de Salamanca. La única respuesta de Bonifacia es el silencio, la humildad y el perdón. Sin una palabra de reivindicación o protesta, deja que se impriman en ella los rasgos de Jesús, silencioso ante quienes lo acusaban (Mt 26, 59-63).

Hasta que llega a tal punto que ve que la humildad y el perdón ya no son la respuesta, con que toma una decisión, le pide al obispo poder fundar en Zamora una nueva comunidad. Parten así Bonifacia y su madre el 25 de julio de 1883, la puerta de su casa se le cierra para siempre.

La Zamora de finales del XIX, que acoge a las Siervas de San José, es una villa tradicional de convivencia cercana y directa, de ambientes casi recoletos. Una zona preferentemente agrícola y ganadera, con un desarrollo industrial lento y reducido.

Las recibe a su llegada Felipe González, un sacerdote conocido por ellas en Salamanca que les había gestionado las cosas para la nueva fundación. Al llegar viven en su casa, no tienen nada. Bonifacia se siente débil, necesitada. Su madre es su gran apoyo, una mujer que, curtida por la vida, sabe dar ánimos a su hija sin esconder la verdad, pero también sin dramatizar.

El 2 de agosto llegan la novicia María Arroyo y la postulante Socorro Hernández, la que será siempre su amiga fiel. Los comienzos son duros, les falta casi el pan de cada día, pero no importa, quizá sea ésta la gran oportunidad de responder con fidelidad a la apuesta por el mundo trabajador y pobre desde una experiencia de vida religiosa.

En noviembre se trasladan a la calle Orejones, donde monta su taller. Las cosas comienzan a ir mejor, aumentan los encargos para esta sencilla industria. La correspondencia con Butinyà es frecuente... Ambos fundadores buscan sacar adelante este proyecto como sea.

En Salamanca el recuerdo de Bonifacia comienza a desdibujarse y los compromisos de la comunidad se van encaminando hacia la enseñanza. Detrás de todos estos cambios está García Repila, él concibe como un fracaso la dedicación al trabajo manual ya que cree que nunca alcanzarían las Siervas a competir en el mundo de la industria que está llegando.

Con Bonifacia lejos, rediseñan los perfiles del Instituto y el 12 de Agosto de 1884 el Obispo Martínez Izquierdo firma un documento que modifica las constituciones de 1882, escritas por Butinyà. Legitimándose así nuevas tareas para la Congregación, renunciando a preservar el peligro de perderse a las jóvenes que carecían de trabajo.

La comunidad zamorana, mientras tanto, sigue su camino. Los beneficios les permiten, a través de Butinyà, adquirir máquinas nuevas, ya que Bonifacia quería combinar sencillez y austeridad con modernidad.

Su relación con Salamanca es mínima, a pesar de que Bonifacia les escribe con frecuencia. Es un silencio pesado, doloroso.Butinyà también está sintiendo el rechazo de su obra, los superiores no le permiten acompañar de cerca de las josefinas.

En este momento Bonifacia intuye que no puede contar con el apoyo de Salamanca, pero sí puede comenzar los trámites de la unión de las comunidades catalanas con la de Zamora, de la que ella es responsable.

En 1886 viaja hacia Girona acompañada por Socorro Hernández, sueña todavía con hacer posible un solo cuerpo. Pero la realidad poco a poco se impone y en sus gestiones realizadas a la vuelta en la Casa de Santa Teresa descubre que allí las cosas han cambiado mucho y que no desean el abrazo con Zamora y Girona. Con el tiempo las josefinas catalanas se convertirán en la Congregación de las Hijas de San José.

Después de superar diversas dificultades, Bonifacia y su comunidad consiguen habitar en 1889, una casa amplia en la calle de la Reina. A la inauguración de la nueva vivienda invitan a las Siervas de San José de Salamanca para compartir con ellas la alegría de ver que el camino se allanaba, pero le responden diciendo que la disfrutasen con salud. El acercamiento se hacía cada vez más costoso.

Por fin Bonifacia puede empezar a aterrizar el fin del Instituto que tanto había acariciado desde los orígenes. En el taller ya no sólo se trabaja para ganar el propio sustento, sino también para ayudar a labrarse un futuro a las niñas y jóvenes con las que compartían la casa, iniciando así una experiencia de acompañamiento, educativa y de promoción, en fidelidad a lo soñado en 1874.

El taller era el lugar privilegiado de encuentro entre las acogidas y las Siervas de San José, allí, entre todas y según las fuerzas y posibilidades de cada una, ganaban el sustento diario, hermanando oración y trabajo al estilo de Nazaret. Los domingos solían reunirse en la casa otras empleadas de hogar que buscaban espacios alternativos para el tiempo de ocio, para Bonifacia era importante luchar por valores auténticos, sin dejarse absorber por lo que era negativo en su sociedad por ello favorecía estos espacios que lo hiciesen posible.

Bonifacia, cordonera, en su taller de Zamora, codo a codo con otras mujeres trabajadoras, niñas, jóvenes y adultas, teje la dignidad de la mujer pobre sin trabajo, "preservándola del peligro de perderse" (Decreto de Erección del Instituto. 7 de enero de 1874). Teje la santificación del trabajo hermanándolo con la oración al estilo de Nazaret: "así la oración no os será estorbo para el trabajo ni el trabajo os quitará el recogimiento de la oración" (Francisco Butinyà, carta desde Poyanne, 4 de junio de 1874). Teje relaciones humanas de igualdad, fraternidad y respeto en el trabajo: "debemos ser todas para todas, siguiendo a Jesús" (Bonifacia Rodríguez, primer discurso, Salamanca, 1876).

Ella educa, acompaña y configura su comunidad desde lo que ella es, una mujer entera, sensible al mundo que la rodea, curtida por las dificultades, pero cimentada en una honda experiencia de Dios y de confianza en Él.

La casa madre de Salamanca se desentiende totalmente de Bonifacia y de la fundación de Zamora, dejándola sola y marginada, y, bajo la guía de los superiores eclesiásticos, lleva a cabo modificaciones en las Constituciones de Butinyà para cambiar los fines del Instituto.

El 1 de julio de 1.901 es aprobada por León XIII la Congregación. Las Siervas de Zamora se enteran por los sacerdotes que lo habían leído en el Boletín de la Diócesis y se acercaban a felicitarlas. Bonifacia no entiende lo que esta pasando, pero sigue buscando la manera de mantener los vínculos fraternos con Salamanca. El 15 de noviembre escribe una carta, firmada por toda la comunidad, a la superiora General Luisa Huerta, ésta le contesta el 7 de diciembre negando la hermandad entre ambas casas, dice que no se encontraba ningún documento que lo avalase y que nunca se habían relacionado. Había nacido ya la leyenda negra en torno a Bonifacia, se decía que había abandonado la Congregación.

De todas maneras Bonifacia se pone en camino hacia Salamanca para hablar personalmente con aquellas hermanas. Pero al llegar a la Casa de santa Teresa le dicen: "tenemos órdenes de no recibirla", y se vuelve a Zamora con el corazón partido de dolor. Sólo se desahoga mansamente con estas palabras: "No volveré a la tierra que me vio nacer ni a esta querida Casa de santa Teresa". Y de nuevo el silencio sella sus labios, de modo que la comunidad de Zamora sólo después de su muerte se entera de lo ocurrido. Se consuma la ruptura total entre ambas comunidades. Bonifacia comprende a su a pesar que, al menos mientras ella viva no se unirán. Pero tiene esperanza que, si no es posible mientras ella viva, lo será después.

A partir de este momento la vida de Bonifacia se va a llenar de silencio y esperanza. Siente el fracaso, el abandono, pero confía, sabe que la última palabra la tiene Dios y él dará algún día el sí definitivo a su obra.

El 8 de agosto de 1.905 muere Bonifacia en Zamora, murió como había vivido, con sencillez, teniendo a su lado a las mujeres que junto a ella hicieron posible la profecía de Nazaret. Como germen y herencia queda su pequeña comunidad, ellas son la mejor prueba de lo auténtico que aun en la debilidad, permanece. Ni siquiera este nuevo rechazo la separa de sus hijas de Salamanca y, llena de confianza en Dios, comienza a decir a las hermanas de Zamora: "cuando yo muera", segura de que la unión se realizaría cuando ella faltase. Con esta esperanza, rodeada del cariño de su comunidad y de la gente de Zamora que la veneraban como a una santa, fallece en esta ciudad siendo enterrada en el Cementerio de San Atílano.

El 23 de enero de 1907 la casa de Zamora se incorpora al resto de la Congregación.

Aunque el rechazo de Bonifacia Rodríguez por parte de las Siervas de San José durante los primeros años causo casi el olvido de su obra dentro de la Congregación, con el tiempo su memoria se recupero. La postuladora de la causa de canonización, Victoria López, señaló que su historia no fue fácil, «el proyecto era demasiado novedoso, y parte del clero de Salamanca no entendía la entraña evangélica del trabajo y de un carisma dirigido a la mujer pobre, por lo que Bonifacia fue excluida y falleció prácticamente apartada de la orden en 1905».

Pero las Siervas de San José recuperaron su memoria en 1936, la reconocieron como fundadora en 1941, y en marzo de 1945, en un acto de legitima justicia, sus restos mortales fueron exhumados en Zamora, envolviéndose en un sencillo lienzo y trasladándose a Salamanca. Volviendo la madre Bonifacia de esta forma a la ciudad que la vio nacer, a la primera casa que había fundado y a la obra que a mayor gloria de Dios había iniciado. El 8 de junio de 1954, a raíz de la solicitud del consejo general de las Siervas de San José, se abrió en Zamora el proceso de Canonización.

El 1 de julio de 2000 el Papa Juan Pablo II promulgó el decreto sobre las virtudes heroicas de Bonifacia, y el 20 de diciembre de 2002 se reconocía como milagros la curación de una chica ocurrida en Barcelona, y la curación repentina de un comerciante de 33 años que se estaba muriendo en una pequeña clínica de las Siervas de San José en Katanga (Congo).

El 9 de noviembre de 2003 Bonifacia Rodríguez fue beatificada por Juan Pablo II. El 27 de marzo de 2010, Benedicto XVI autorizó su canonización, siendo el mismo el que la eleva a los altares el 23 de octubre de 2011, estableciendo su fiesta el 8 de agosto.

Durante su Canonización, Benedicto XVI destaco como la primera santa de Salamanca, pese a criarse en el barrio Universitario, no proviene de su afamada Universidad, sino de un modesto taller de costura, convertido en imagen viva de la casa de Nazaret, ya que desde pequeña tuvo que trabajar para ayudar a la familia, pero que "faenar no era sólo un modo para no ser gravosa a nadie, sino que suponía también tener la libertad para realizar su propia vocación". Señalo además, que Santa Bonifacia Rodríguez de Castro fue pionera de la promoción laboral y educativa de la mujer en la segunda mitad del siglo XIX, yendo muy por delante de la mentalidad de su tiempo. "También le daba la posibilidad de atraer y formar a otras mujeres, que en el obrador pueden encontrar a Dios y escuchar su llamada y llevar a cabo su proyecto". Así nacieron las Siervas de San José, en medio de la humildad y sencillez evangélica".

Benedicto XVI subrayó asimismo que santa Bonifacia sufrió el "abandono y el rechazo, precisamente de sus discípulas" y que en ella asumió la cruz con "el aguante que da la esperanza, ofreciendo su vida por la unidad de la obra que creó".A pesar de que su vida no fue fácil, debido a las envidias, odios y recelos de las otras hermanas, que lograron destituirla de superiora y la obligaron a trasladarse desde Salamanca a Zamora, donde (en contra de lo que pensaban las otras religiosas) logró abrirse camino e inauguró nuevas casas y ayudó a las mujeres trabajadoras, dedicándose también a la educación.

La madre Bonifacia siempre respondió a las acusaciones con el perdón y el silencio. "La nueva Santa se nos presenta como un modelo en el que resuena el trabajo de Dios", dijo el Papa. "Le pedimos por todos los trabajadores, sobre todo por los que desempeñan los oficios más modestos y en ocasiones no suficientemente valorados, para que, en medio de su quehacer diario, descubran su mano amiga y den testimonio de su amor".

Las Siervas de San José continúan hoy su tarea en doce países con actividades de asistencia y educación, desde escuelas misioneras como la de Chiriaco en la selva de la Alta Amazonia peruana, hasta hospitales en Congo, talleres de bordado en Filipinas, misiones en Vietnam o lavanderías para la reinserción laboral de mujeres en Madrid.

Las reliquias de Santa Bonifacia

relicarios_bonifacia_005A pesar de ser canonizada hace poco, y considerarla como la primera santa nacida en Salamanca, Santa Bonifacia a día de hoy sigue pasando desapercibida para muchos de sus vecinos, quienes desconocen la labor y la lucha de una mujer, que en tiempos difíciles para el país y en contra de sus propios superiores, logra salir adelante. Desde la Congregación de Siervas de San José se intenta fomentar el culto a Santa Bonifacia. Para ello se estableció el otorgar reliquias procedentes del paño que, tras su exhumación en Zamora, fue utilizado para limpiar sus restos y envolverlos en el traslado a Salamanca, ya que tras más de cuarenta años, al abrir su sepultura, solo se encontraban ya los restos óseos, los cuales fueron introducidos en el Sepulcro que para ella, se habilito en la Casa de la Calle Marquesa de Almarza.

Gracias a las gestiones realizadas por Ángeles Sánchez y Natividad Martín, se consigue que la antigua Superiora General de la Orden y hermana de la primera, sor Maria Sánchez , que Salamanca empiece a recibir parte del lienzo referido, que custodiado en una de las casas que la Congregación tiene en Madrid, se utiliza para repartirlo en pequeños trozos por toda la geografía española y parte del mundo, junto con la copia de la causa de beatificación, teniendo de esta forma un recuerdo de la Santa que si bien no la acompaño en vida, si lo hizo en el acto de justicia que supuso reconocerla como fundadora de la Orden, y traerla de nuevo a la tierra que vio nacer, a la primera casa que fundó, y a la congregación que tantas veces le negó lo que legítimamente era suyo.

La primera reliquia que se entrega se hace en marzo de este año 2012 a la cofradía de la Vera Cruz Salmantina, institución cofradiera más antigua de la ciudad, quedando en poder de las Religiosas Esclavas del Stmo. Sacramento, quienes en clausura, siguen el modelo de Bonifacia de trabajar y rezar, salvo un pequeño pedacito, que en un relicario donado por parte de varios hermanos de la Cofradía, se conserva en las dependencias de esta. Al encontrarse la hermandad regida por una gestora, aun no se ha presentado oficialmente. Otras dos serán presentadas ahora, una para la Iglesia de San Sebastián, Parroquia que reúne ahora la feligresía del barrio universitario, y al cual pertenecía la familia de Bonifacia, la cual saldrá, DM, en el paso de la Stma. Virgen de la Salud, imagen de devoción de la feligresía en una procesión recientemente instituida. La otra quedara en posesión de la joven hermandad de Jesus Despojado de sus vestiduras, la cual se propone mirarse en el espejo de la Santa Bonifacia que en sus inicios encontró todo tipo de dificultades y sin embargo, supo sobreponerse a ellas e iniciar un proyecto que a día de hoy perdura. Sin duda un gran ejemplo para una Hermandad que comienza a caminar en estos tiempos convulsos que hoy vivimos.

Jesús López Martín.

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