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Recuerdos de una tarde

Primera Estación de Penitencia de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus vestiduras y María Santísima de la Caridad y el Consuelo.

459892_2966352678425_1249903331_32214538_1980059180_oDespués de una mañana de Domingo de Ramos en la que el sol lucía radiante, todos los que estábamos convocados por la Hermandad de Jesús Despojado a primera hora de la tarde, nos dirigíamos a la iglesia de la Purísima mirando al cielo, tratando de no ver las nubes que se estaban formando en el horizonte.

Una vez dentro de la iglesia, los gestos y las miradas transmitían ilusión, nervios y sobre todo fe. Ilusión al pensar que en unos pocos instantes se iba a producir la primera Estación de Penitencia de Jesús Despojado. Nervios precisamente por la novedad, porque no faltara nada, porque todo estuviera perfecto. Nervios por la amenaza de lluvia, ya que de ella dependía que se tomara la decisión de salir o bien de suspender la procesión. Y fe, porque más allá de la lluvia, la música, los inciensos, los adornos y demás, lo que allí nos convocaba a todos era la misma fe en Jesucristo muerto y resucitado, como bien nos recordó Don Jesús, el capellán, momentos antes de iniciarse la procesión.

Finalmente se decidió salir a la calle, por lo menos hasta la Catedral. Y así, a las cinco y media de la tarde, las grandes puertas de la Purísima se abrían y la cruz de guía, portada por la cofradía más antigua de Salamanca, abría la primera procesión de la más moderna de todas. Poco a poco los cofrades fueron saliendo del templo y llegó el momento en el que el paso se puso frente a la puerta. En el instante en que Jesús Despojado traspasó el dintel de la portada, la multitud que esperaba en el exterior rompió en aplausos y vítores, quizá con más euforia de la acostumbrada, pero es cierto que en ese momento se mezclaban la emoción del momento y la alegría porque finalmente la imagen del Despojado había podido salir a la calle.

Poco a poco fuimos recorriendo las calles que nos separaban de la Catedral. La amenaza de lluvia parecía querer darnos una tregua, pero con todo la hermandad no quiso arriesgar demasiado y por ello la procesión avanzó con paso firme. A pocos metros de la Catedral, en la Calle Calderón, la lluvia comenzó a caer, con lo que el desfile tuvo que entrar rápidamente en el templo.

Una vez dentro, los cofrades fueron poco a poco entrando en la Capilla del Santísimo para hacer una breve estación delante del Sagrario. Cuando el paso de Jesús Despojado llegó a la puerta de la capilla, tuvo lugar una sencilla pero profunda oración en la que los que participábamos en la Estación de Penitencia pudimos recordar el sentido de aquello que estábamos realizando. Tal vez en ese momento algunas de las personas que habían entrado a la Catedral a refugiarse de la lluvia entendieron el porqué de aquella procesión.

Tras la oración, no sabíamos si el tiempo iba a darnos de nuevo una tregua para terminar nuestra andadura por las calles de Salamanca, pero ya no nos importaba tanto como en la Purísima, pues habíamos podido salir a la calle a dar testimonio de nuestra fe y sobre todo rezar de manera individual y comunitaria ante Jesús en la Capilla del Santísimo de la Catedral.

Nos fuimos encaminando hacia la Puerta de Ramos, deseando ver si en el exterior continuaba lloviendo. Al salir nos encontramos con la agradable sorpresa de que si bien el suelo estaba mojado, las nubes habían desaparecido. Ya sin amenaza de lluvia, la imagen de Jesús Despojado de sus vestiduras pudo caminar con más calma por las calles del centro de Salamanca, deteniéndose de tanto en tanto para para recoger las preocupaciones y oraciones de aquellos que, con los ojos fijos en él, le contaban sus problemas, le hacían sus peticiones o le daban gracias por lo que había hecho por ellos.

Sin prisa pero sin pausa, fuimos recorriendo las calles principales de nuestra ciudad, unas calles de sobra conocidas por todos, pero que parecían nuevas al paso de la imagen del Señor. Quizá merezca la pena recordar lo que fue el último tramo de la procesión, puesto que para muchos fue el más bello y emotivo de todos. Me refiero a la vuelta a la Purísima, cuando la luz del sol ya se había apagado y no había tanta gente en las aceras, hechos que hicieron que la procesión fuera más íntima, recogida y sentida.

Y así, poco a poco llegamos a la iglesia de la Purísima. Una vez en la puerta, el paso miró de nuevo a la calle para que Jesús Despojado pudiera despedirse de todos los presentes. Con los sones del himno nacional, la imagen entró en el templo, cerrándose a continuación las puertas del mismo. Allí estábamos de nuevo en torno al Señor los mismos que nos habíamos congregado en su presencia a primera hora de la tarde. Pero ahora nuestros rostros eran diferentes, habíamos podido realizar nuestra Estación de Penitencia, habíamos rezado juntos, y sobre todo, ahora nos sentíamos más hermanos los unos de los otros.

No quisiera terminar esta pequeña crónica de la primera Estación de Penitencia sin agradecer a la Hermandad de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, la confianza y el cariño que ha depositado en la Compañía de Jesús a través de mi persona y las de mis compañeros jesuitas de Salamanca, invitándonos a participar en actos tan importantes como la bendición de la imagen, el Vía Crucis y la primera Estación de Penitencia. Estoy seguro de que no olvidaremos con facilidad los momentos vividos entre vosotros y también de que todas estas vivencias nos ayudarán a todos, jesuitas y cofrades a continuar siguiendo su ejemplo de despojo y entrega total por Dios y por los hermanos.

Daniel Cuesta Gómez sj

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